Otra noche en blanco

Anoche no venía el sueño, de nuevo no podía dormir, y eso que lo llamé, lo tenté, intenté reconducirlo, pero en seguida noto cuando se va a resistir, cuando se va a quedar allí abajo, al borde de mi cama, pero sin subir, sin entrar lánguidamente en mi mente, con esa suavidad que te va robando la consciencia sin darte cuenta…

Hace poco aunque no me podía dormir enseguida, cuando lo hacía era con esa sonrisa boba que te da la felicidad del enamoramiento, es uno de los sueños más dulces, porque aunque tarde en llegar, no importa esperar… vuelves a saborear esos momentos que recreas una y otra vez en tu cabeza, hasta llegas a adornarlos con las propias fantasías que nunca sucedieron, pero que si introduces con éxito en los recuerdos llegan a formar parte de ellos, como si hubieran pasado de verdad.

Ahora, superado el insomnio del desamor y las lágrimas de la autocompasión me cuesta conciliar el sueño, pero por motivos más vulgares y cotidianos, principalmente se deben a la intendencia doméstica mezclada con todo lo que no he podido acabar hoy en la oficina, y lo que debería terminar mañana. Soy capaz de estar anotando mentalmente en el hemisferio izquierdo la lista de la compra, mientras con el derecho intento pegarme un post-it mental con la llamada telefónica que debo hacer al día siguiente sin falta y las doce tareas que he dejado en negrita en el outlook. La lástima es que mi cerebro debe resetearse todas las noches, porque al día siguiente se me vuelve a olvidar por quinta vez en una misma semana comprar champú y bolsas de basura, y por supuesto, solo me acuerdo de llamar a ese cliente a las 2 de la madrugada, nunca en la franja horaria que va de las nueve de la mañana a las ocho de la tarde (que digo yo si le molestará mucho que le llame de madrugada para ver si tiene arreglada la fuga de agua…)

Y, en resumen, el primer insomnio, hacía que me despertara feliz, somnolienta porque soy de mucho dormir, pero sonriente (con esa expresión de a que huelen las nubes), pero este segundo insomnio, el de que no llego, solo consigue que cuando suene el despertador meta la cabeza debajo del edredón, para esconderme, como cuando de niña creía que si me tapaba los ojos los demás no me veían… para desaparecer… porque se que este día será casi tan terrible como el de ayer, y además tengo una reunión, y a los niños les toca piscina… y además… (lo reconozco, todavía no lo he superado).

Entonces me enchufo a Sidonie mientras me ducho “…tu no estás, y no hay café, es hermoso existir…”

Y vuelvo a sonreír.

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