EL VIAJE INTERMINABLE

A mi me encanta viajar en avión, es algo infantil, significa que me voy lejos, mucho más lejos que en coche, muchísimo mas lejos que en tren. Mi último viaje en avión fue mi primer viaje transoceánico, y no sabía como resistiría la estrechez e incomodidad de los aviones durante las largas ocho horas que indicaba el billete que estaba mirando: hora de salida 13:00 horas, hora de llegada al aeropuerto José Martí de La Habana: 21:00 horas. Hacía la resta mentalmente, “si son ocho horas” pensaba, pero no me importaba, no me asusta volar, y tenía ganas de ver el océano desde arriba, “a ver si abren de una vez las puertas de embarque”.

13:15 horas. Seguimos en la sala de embarque, es la cuarta vez que llaman por megafonía al Sr. y Sra. Fernández y siguen sin aparecer.

14:00 horas. Abren la puerta y empezamos a entrar, ahora a encajarse en el asiento y aguantar. Una vez sentados y presentado el comandante que nos va a llevar hasta nuestro destino, nos pide disculpas por el retraso, pero no pueden haber maletas a bordo sin que los pasajeros que las han facturado hayan subido al avión, por lo que hay que buscarlas y volverlas a bajar. Parece ser que los Fernández no han aparecido. (Y yo me imagino el desastre de maletas en la bodega del avión, y los operarios buscando entre los montones, y que lo raro es que salgamos tan pronto).

Ultima generación en entretenimiento aéreo (por lo menos, para mí). Monitor incrustado en el asiento delantero con menú interactivo para la elección de películas, documentales, música, mapa del trayecto con un avioncito que iba marcando el punto de la ruta en que nos encontrábamos en cada momento (más o menos), altitud, temperatura interior, temperatura exterior (ni que se pudieran abrir las ventanillas). Los asientos reclinables en dos posiciones, la de despegue, y la otra, que es como acaba todo el mundo, un poco reclinado, porque en cuanto el de la primera fila reclina su asiento, se transforma en una ola que va recorriendo el avión de delante hacía atrás, no hay elección, bastante estrecho es el espacio entre butacas, pero tener de pronto la cabeza del delante a unos centímetros de tu nariz…

Nos sirven una mini-comida en esas bandejitas llenas de compartimentos, donde todo va envasado e intentas abrirlo y colocarlo sin pegar codazo al de al lado, y rezando porque el de delante no decida ponerse el asiento recto para comer ahora que más o menos lo has distribuido todo en la bandeja sin tirar nada, que lo peor son los mini-cubiertos de plástico que no cortan nada (pero todo sea por la seguridad aérea) y después de dos películas, una mini-merienda, un documental, varias horas de música de todo tipo (por lo menos había variedad en eso), una mini-cena, que yo creo que lo de dar de comer en los aviones es más por entretener que por alimentar… ¡por fin! Llegamos a Cuba, que por cierto maldices a todos los que se empeñan en pedirse ventanilla para pasarse todo el viaje roncando.

El viaje de vuelta (sin ventanilla tampoco) fue de noche. Salíamos a las nueve de la noche, me senté en mi asiento y vi como el resto del pasaje empezaba a elegir película con su mando, ahí empezaron los problemas, el anterior ocupante de mi asiento había incrustado (a la fuerza y no se como) el mando al revés en el pequeño compartimiento del reposa-brazos, y no lo podía sacar, ni yo, ni mi acompañante, ni el auxiliar de vuelo que se acercó a comprobar los cinturones, ni el otro auxiliar de vuelo al que llamó el primero… “no te preocupes, en cuanto despeguemos te lo arreglamos”, al final mi compañera de viaje, que es muy mañosa, pudo sacarlo, y me dispuse a elegir película (lo iba a tener difícil porque ya me había visto las únicas que valían la pena en el viaje anterior), pero mi monitor no se ponía en marcha, el de mi amiga tampoco, vuelta a llamar al auxiliar, que viene solicito y después de trastear un rato con los botones vuelve a llamar a otro auxiliar, sin ningún éxito tampoco, “no te preocupes, que cuando acabemos de repartir la cena, reseteamos desde control tu monitor y funcionará”. “Pues vale” pienso, y me coloco mi MP3 hasta que llegue el carrito a mi altura, que siempre parece que empiecen por la otra punta de donde estás sentado.

Acabó la cena, mi amiga se acurrucó para dormir (tiene una facilidad pasmosa para hacerlo en cualquier posición y situación, a mi me es imposible, de ahí mi desesperación ante las ocho horas de aburrimiento que me esperaban) y volví a llamar al auxiliar para ver si se acordaba de mi.

Resetearon mi monitor… el de mi amiga… y nada. Totalmente negro, nada, sin vida. Miraba alrededor, el avión en penumbra, salvo el resplandor azul que despedían los monitores encendidos del resto del pasaje, en casi todos el avioncito surcando el océano, los menos, aun despiertos viendo alguna película. Todos los asientos ocupados… intento dormir.

2:00 a.m. casi todo el pasaje durmiendo a pierna suelta, me levanto y camino hacía la parte trasera del avión. Le pregunto al azafato de guardia si me puede buscar otro asiento en que funcione el monitor siempre que no despierte a nadie para llegar hasta el, “no me importa si es en primera clase” le insinúo con una sonrisa encantadora (y cansada). Me pone cara de “va a estar mal” y se va a mirar si encuentra un sitio libre. Enseguida está de vuelta: “Lo siento, pero los únicos asientos libres son los que están en la última fila, pero hay un problema”, el problema mide unos dos metros y está roncando tumbado en los tres asientos centrales de la última fila.

“Da igual, déjalo, da pena despertarlo”, y me arrastro hasta mi asiento, resignada… me enchufo mi MP3 que guardaba para el posterior viaje en tren y cierro los ojos. “Tengo que acordarme de volar en business la próxima vez que haga un viaje tan largo” me digo totalmente perjudicada por la falta de sueño.

Llegamos a Madrid a las seis de la mañana, era demasiado temprano y no había dormido y aunque el viaje de vuelta se me hizo interminable, lo peor era precisamente eso, que había acabado, porque fue una semana increíble, pero eso es otra historia.

…. Y todo esto ha venido porque llevo dos noches soñando que vuelo… (sin avión).

 

 

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