† EDUARDO BENAVENTE, HACE 25 AÑOS †

Yo tenía 15 años, y él era un chico diferente, raro, de tez muy blanca y grandes ojeras. Oscuro e interesante, producía una extraña fascinación. Con su música podías ver el mundo a través de sus ojos, una visión irónica, despiadada y decadente, en un tiempo en que todo estaba cambiando tan deprisa que casi no daba tiempo a acostumbrarse antes de que algo estallara de nuevo.

La primera vez que oí hablar de él fue caminando por el Carmen, me tropecé con un par de compañeros de instituto, (de los diferentes, como yo), estaban escribiendo en una vieja pared con un spray “Autosuficiencia”, me paré, me hablaron de la canción, del grupo, emocionados… Aún guardo esos dos vinilos que han sobrevivido a trueques, ventas y cambios de estilo.

Años más tarde vendrían épocas siniestras, muchas noches, muchos grupos… pero siempre se le echó en falta, y para siempre Eduardo se quedó grabado en nuestras retinas, un vampiro post-punk de 20 años, alma mater de uno de los mejores grupos de aquel momento Parálisis Permanente, que tampoco sobrevivió a su muerte.

Paloma Chamorro estrena el mítico programa La edad de oro con la emisión de las imágenes que se grabaron con este grupo en un programa piloto y le dedica estas palabras: “Un músico pop es un mecanismo humano de fascinación. La extrañeza ante él es el pretérito del recorrido ante la fascinación. Pasado el momento de la sorpresa, el mecanismo debe permanecer intacto en su reducto, inviolable. A ese reducto, Goethe lo llamaba personalidad. El artista se diferencia del resto de los hombres porque construye y reconstruye su personalidad, es lo que le da derecho a formular exigencias en la vida y ante sus semejantes. Eduardo Benavente poseía personalidad en el sentido goethiano, veía el mundo con ojos diferentes y exactos. Su estética era despiadadamente heroica y piadosamente irónica. El signo de una inteligencia de primer orden es el que es capaz de detenerse sobre dos ideas contradictorias sin perder por ello la capacidad de funcionar. Debería entenderse que en las cosas no existe la esperanza, y sin embargo estar decidido a cambiarlas. Eduardo Benavente no era un alma lavada, sabía que la vida era un proceso de demolición de cosas no demasiado tangibles, la nieve es de una pureza engañosa. Le gustaba ser rápido, eficaz y preciso -esa frase podría haber sido su lema-. Eduardo Benavente murió en accidente de tráfico el 15 de mayo de 1983, benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia.

Y hoy también está lloviendo.

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