Relato: 红 HÓNG (ROJO)

Me daba vergüenza reconocerlo y no se lo había dicho a ninguno de mis amigos. Lo hice una noche de insomnio y cierta desesperación.

Estaba en casa vagando por el ciberespacio cuando un anuncio me llamó la atención, no era la típica página de contactos, alguna vez había entrado en una de esas secciones y nunca conseguía acabar de rellenar las interminables encuestas  las que me sometían.

Esto era distinto, había una serie de nombres en clave y cuando pulsabas sobre alguno de ellos aparecía una descripción de sus habilidades. Pero no contaban si les gustaba más la playa o la montaña. Si querían hijos en un futuro. Si eran solteros o divorciados. Ni sus autores favoritos.

Me llamó la atención un nombre que parecía chino y que estaba sombreado en rojo:

Hóng: Hombre. 35 años. Educado y complaciente. Todo tipo de tareas domésticas. Especializado en cocina oriental. Experto en shiatsu. Maestro de meditación zen. Sólo mujeres. Imprescindible completar el cuestionario. Se contactará si supera  la selección.

Me quedé impresionada y abrí el formulario de contacto. En él solicitaban además de una fotografía y mis datos personales, todo tipo de detalles: trabajo actual y horario, tipo de vivienda, cuantos viajes al año, preferencias gastronómicas, hábitos sexuales, si tenía animales domésticos… Estaba tan intrigada por el tipo de servicio que ofrecía, que rellené todos los campos esperando que al final me indicara algún dato más, por lo menos lo que costaba un hombre así. Pasaron varias pantallas que cumplimenté obedientemente y al pulsar el último Aceptar de repente se cerró mi explorador. Intenté volver a entrar pero todo fue inútil. “Internet Explorer no puede mostrar la página web”, fue todo lo que conseguí. Así que renegando apagué el ordenador.

Intenté buscar esa página un par de veces pero no conseguí encontrarla de nuevo, así que pasadas unas semanas acabé por olvidarlo.  

Una tarde, mientras decidía si bajaba a comprar o volvía a pedir comida preparada, sonó el timbre de la puerta de casa.

Cuando abrí la puerta me encontré con un hombre joven, alto, con la cabeza totalmente rasurada y rasgos orientales. Vestía un pantalón y casaca de color rojo oscuro que realzaba su pálida piel. Sonrió y se inclinó.

 

– Soy Hóng – dijo mientras me miraba a los ojos con una profundidad que  me produjo una sensación de serenidad inmediata.

 Entonces me acordé.

Lo hice pasar y cerré la puerta. Los días siguientes me demostró todas y cada una de sus habilidades, tanto las que yo conocía por su anuncio como las otras, las que nunca hubiera imaginado que un hombre pudiera enseñarme.

Había contactado con el último sirviente que quedaba en la red.

De eso hace años, y todavía no sé su verdadero nombre, pero siempre que llego a casa, al abrir la puerta me inunda ese dulce olor a canela que deja al preparar mi postre favorito, cierro los ojos y sonrío.

Le sigo pagando religiosamente… todas las noches.

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