RELATO: BILLETE SIN VUELTA

Se ajustó los auriculares mientras el tren se ponía en marcha. Miró el asiento vacío a su lado y sonrío. Cerró los ojos y recordó. Recordó aquellos meses tormentosos, atropellados,  maravillosos. Se juntaron demasiadas cosas al mismo tiempo en su vida, pero nunca sería tan feliz como lo fue en ese momento, cuando volvió a encontrar a Jorge.

Se habían tropezado. Se habían reconocido. Se habían enamorado. Después de eso todo un torbellino de encuentros y desencuentros sacudió las vidas de ambos. Los dos tenían pareja, aunque ella hacía años que había dejado de sentir; en el fondo creía que se había tropezado con Jorge cuando estaba totalmente vacía, cuando podía volver a llenarse de nuevo.

Ahora mientras escuchaba música y miraba alejarse el paisaje a través de la ventana del tren rememoraba esos momentos tan mágicos, cuando él le demostró que también se había enamorado. Y recordaba su ansiedad cuando tuvo que hablar con su marido, cuando le tuvo que decir que se iba, que ya no le quería, con ese miedo que te deja la boca seca, el estómago pegado a la piel.

Miró por la ventana y se dio cuenta que sólo faltaban dos estaciones para llegar a la ciudad donde Jorge se iba a subir al tren para emprender el mismo viaje que ella. Habían decidido arriesgarse, querían estar juntos. Recordó sus palpitaciones cada vez que se iba a encontrar con él, recordó lo mucho que le molestaba no poder controlar las reacciones de su propio cuerpo cuando lo tenía enfrente, sabiéndose completamente vencida.

El tren entró en la estación y fue parando poco a poco, ella sintió cómo se le aceleraba el pulso, e instintivamente quitó su bolso del asiento de al lado para hacer sitio, y miró por la ventana hacía la gente parada en el andén. Lo reconoció enseguida, estaba de pie delante del edificio, no hizo ademán de acercarse y no estaba solo. Un chaval de unos nueve años estaba cogido de su mano, era guapo, y se le parecía. En ese instante comprendió que no subiría, y  lo miró, él ya la había visto a través de la ventana y sus ojos le contaban todo lo que no le podía decir con palabras. El tren se puso en marcha con una sacudida, y ella se quedó mirando su figura parada delante de la estación, cada vez más pequeña, mientras el tren iba acelerando su marcha alejándose de él. Sabía que no lo volvería a ver. Se recostó en el asiento y cerró los ojos para que nadie la viera llorar.

Ahora, veinte años después, mientras se acercaba de nuevo a esa estación todos esos recuerdos volvieron de golpe a su mente. Nunca se arrepintió de su decisión. Su nueva vida le dio muchas alegrías y algunas tristezas, pero la había vivido como ella había querido en cada momento. Volvió a amar casi con esa misma intensidad, pero nunca le olvidó.

Y ahora miraba de nuevo esa estación, que casi no había cambiado en todos aquellos años. Y mientras esperaba que el tren reanudara la marcha, se fijó en un hombre que estaba sentado en un banco, al lado de la puerta por donde la gente entraba y salía apresuradamente. Tenía el pelo cano y miraba fijamente el tren, como si quisiera ver lo que había en su interior. El tren se volvió a poner en marcha despacio, y cuando pasó a su altura se cruzaron sus miradas. Reconoció esos ojos, esa sonrisa que le dedicó mientras levantaba la mano en una despedida tardía. Pero esa mirada ahora era tan triste…

Se recostó en el asiento y cerró los ojos… tenía que continuar viaje.

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