RELATO: RELAX

Se sentó en la camilla y esperó. Miró la silla donde había dejado su ropa perfectamente doblada, primero los pantalones, encima el suéter, y entre ambas prendas los calzoncillos, discretamente ocultos. Llevaba una pequeña toalla envuelta por la cintura, pero no dejaba de sentirse incómodo. El se sabía desnudo debajo de ella.

Un compañero le había dado su tarjeta, últimamente andaba bastante estresado y le recomendó el sitio. “Ya verás que bien te lo hace. Repetirás”. Y lo dijo tan convencido que no pudo resistirse, aunque el nunca antes había ido a un sitio de esos de masajes. Le daba un poco de vergüenza.

La puerta se abrió y mecánicamente se puso de pie. En realidad no sabía qué hacer ni donde se tenía que poner. La chica llevaba una bata blanca, corta y ceñida, que dejaba vislumbrar su más que generoso escote.

         Túmbate y relájate – le dijo suavemente mientras se dirigía al fondo de la habitación. Allí manejó un par de interruptores y al mismo tiempo que la fría luz blanca de hacía un segundo se convertía en una tenue penumbra, empezó a sonar una música suave de jazz en un tono bajo.

“Parece el cd de smooth jazz que compré el otro día para el hilo musical del despacho”. Se acomodó en la camilla y cerró los ojos. “Me dejaré llevar, será lo mejor. La chica parece muy profesional”.

Sintió el roce de sus manos sobre su piel y tuvo un ligero sobresalto.

– Chssssss, relájate, no pienses en nada ahora… – le susurró en voz baja.

Respiró hondo e intentó dejar su mente en blanco, disfrutar de las sensaciones, dejarse llevar por ellas.

La chica se había untado las manos con aceite y empezó a notar un dulce aroma a canela. Estaba masajeándole los pies. Los amasaba con sus manos, suavemente, al mismo tiempo que los apretaba contra su vientre. Notaba los pechos de ella a la altura de sus dedos, en cada vaivén.

Ahora estaba deslizando las dos manos sobre su pierna derecha, lo hacía con un suave movimiento ascendente, hacía la rodilla. Luego le daba suaves pellizcos mientras sus dedos bajaban otra vez hacía el tobillo. En cada viaje sus manos subían cada vez más arriba, cuando llegaron a la altura del muslo noto el roce de sus pechos sobre su piel y cuando la presión se hizo más fuerte al ampliar su recorrido hasta su ingle la toalla ya no podía ocultar el tamaño de su erección.

No se atrevía a abrir los ojos. Se mantenía completamente quieto, aunque estaba terriblemente excitado. Notó como la chica retiraba la toalla y no pudo reprimir un gemido de placer cuando ella le recorrió con la lengua toda su polla. Era tan hábil con su boca como con sus manos. Nunca le habían hecho una mamada así, la presión que ejercía con sus labios al bajar y subir mantenía su excitación al borde puro del orgasmo. Entonces la mantuvo unos segundos dentro mientras la masajeaba con su lengua contra su paladar. Notó que se la sacaba de la boca y aterrado abrió los ojos y miró hacía abajo, “Sigue, por favor, sigue”.

         ¿Te gusta? – volvió a recorrer su polla con la lengua, recreándose, lamiéndosela lentamente, rodeando el glande con la punta de su lengua…

 No podría aguantar mucho más, estaba a punto de correrse… ¿Pero porque ahora le daba palmadas en el hombro?

         ¡Perdona, te has dormido!, ya he acabado con tu espalda, date la vuelta que te masajee ahora por delante. Me alegro de que hayas conseguido relajarte al final, estabas muy tenso cuando he empezado.

En la fracción de segundo que tardé en darme cuenta de mi embarazosa situación noté una humedad pegajosa bajo mi toalla demasiado familiar para mí.

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