Relato: LA VENTANA

Al principio no me había dado cuenta. Soy poco de fijarme en quién está al otro lado de las ventanas. Si me asomo a la calle es para mirar la vida que transcurre bajo mi balcón. Además sólo tengo una finca enfrente con menos alturas que la mía, y en el último piso no vive nadie.

Debido a mi trabajo estoy todo el día fuera de casa. Salgo temprano y vuelvo al final de la tarde, cuando el sol empieza a bajar y se hace más agradable la vida en la calle. Es el momento idóneo para contemplarla.

Desde mi cuarto piso observo cómo la gente entra y sale del supermercado que hay justo enfrente, dos jóvenes discutiendo frente al doner-kebab, el vecino chatarrero que va probando suerte en cada contenedor de la calle, un padre paseando tranquilamente junto a dos niños montados en bici y equipados con protecciones estilo Mad-Max…. Pero no suelo mirar hacia los balcones de abajo, ni hacía las ventanas, a pesar de su cercanía. Será por pudor supongo, y porque a mi tampoco me gustaría que me observaran.

Pero una tarde, cuando ya me retiraba hacía el interior de mi cuarto, lo vi. Estaba al otro lado de su ventana, en el edificio de enfrente, en el piso que siempre había estado vacío. Miraba hacía mi dirección, medio oculto por una cortina que se agitaba con el aire… Bajé las persianas y me desnudé tranquilamente, en la intimidad de la penumbra de mi habitación.

A la mañana siguiente, cuando subí las persianas para dejar entrar la luz no pude dejar de mirar hacía esa ventana. Seguía abierta, la cortina se movía por el aire, pero no había nadie al otro lado. Me vestí y salí hacía el trabajo. Con prisa, como siempre.

A partir de ese día no podía evitar echar un rápido vistazo hacía esa dirección cada vez que me acercaba a mi ventana. Por las tardes, cuando regresaba del trabajo y me disponía a bajar la persiana lo encontraba allí, mirándome. A veces desviaba la mirada pero casi siempre me la sostenía. Algunas veces me sonreía antes de que yo me ocultara.

La verdad es que comenzó a intrigarme, no me parecía el típico mirón. Era un chico guapo, y tenía una mirada algo triste, pero había algo en él que atraía mi mirada hacía esos profundos ojos que yo adivinaba negros.

Transcurrieron semanas en que dependiendo de mi ánimo me asomaba abiertamente o me escondía entre mis propias cortinas para espiarlo. A veces incluso dejaba mi cortina entreabierta mientras me paseaba semidesnuda por mi cuarto. Él estaba siempre a la misma hora, buscándome con la mirada, dejándose acariciar por la suave brisa de la tarde mientras me observaba.

Cuando una tontería se convierte en rutina se la echa de menos cuando se rompe. Mirar a hurtadillas por la ventana para ver si estaba me producía una extraña excitación, cierto nerviosismo, como cuando te cruzas en el instituto con el chico que te gusta. Así que cuando transcurridos cinco días la ventana siguió cerrada y con las persianas bajadas me di por vencida y olvidé el tema. Volvía a contemplar la vida en la calle con la tranquilidad de antes, sintiéndome segura de que yo era la única que observaba.

El domingo por la mañana me acerqué al kiosco a por el periódico. Conocía a la dueña de toda la vida, desde que de pequeña me compraba sobre-sorpresas y tebeos. Siempre cruzábamos alguna conversación banal, ella me preguntaba por mis padres, yo comentaba lo caro que se había puesto todo… ese día me acordé que ella vivía en la finca del misterioso chico y no pude evitarlo:

         Oye, ¿tenéis un vecino nuevo en el cuarto piso? Ése que ha estado tanto tiempo vacío…

         ¡Ay sí! ¡Pobre chico! Es un muchacho estupendo. Tenía una especie de ceguera, algo degenerativo y alquiló el piso hace unas semanas a la espera de su operación. Le intervinieron el lunes y desde entonces está en reposo, con los ojos cerrados. Su hermana le traía comida cuando acababa de trabajar… el pobre se pasaba las horas muertas asomado a la ventana, sin ver, pero le gustaba que le diera el aire en la cara…

Volví hacía casa riéndome de mi misma y prometiéndome que no volvería a hacer caso a mi excesiva imaginación.

A los pocos días fumaba un cigarrillo apoyada en el marco de la ventana de mi dormitorio. Acababa de llegar del trabajo, hacía calor y me había quitado el vestido. El aire que entraba refrescaba mi piel. Tenía la mano sobre la cinta de la persiana para bajarla cuando un movimiento frente a mis ojos llamó mi atención. La ventana de enfrente estaba abierta y el aire había agitado bruscamente la cortina dejando ver su interior. Vi unos ojos, negros y profundos, que me miraban, y un cuerpo desnudo… y esta vez pude comprobar que sí me veían.

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