Relato: DOMINGO

Llaman a mi puerta con dos golpecitos breves.

No espero a nadie. Me miro un segundo en el espejo del vestíbulo. Intento alisar mi pelo con los dedos y reordeno el chandal y la camiseta. Voy descalza. Mientras abro la puerta rezo para que no sea la vecina de abajo quejándose de que ayer regué las plantas a deshoras.

Dos mujeres mayores me sonríen un paso por detrás de mi felpudo. Son rubias, van elegantemente vestidas y me sonríen. Las dos llevan un bolso a la altura del codo y aprietan contra su pecho algo que me parece una agenda o un libro encuadernado en cuero.

En la fracción de segundo siguiente ya he adivinado lo que son.

– Buenos días, ¿tiene Vd. un momento para hablar de Dios? – la señora más cercana ha tomado la iniciativa mientras la otra se esconde detrás de ella.

– Pueees, es queee ahora mismo estoy con los niños y limpiando, no puedo pero gracias. – las últimas palabras las he dicho corriendo y mientras cerraba la puerta.

¿Qué niños? ¿Limpiando? ¿Por qué no he dicho la verdad? Ni que me fueran a morder. Podía haberles hecho pasar, a lo mejor les convencía yo de mi ateísmo practicante. Aunque la verdad es que daban un poco de miedo con esas sonrisas dentudas.

Vuelvo hacia el sofá mientras pienso en que debe ser penoso que te vayan cerrando puertas en las narices cuando vuelvo a oír llamar a la puerta.

“Como sean las testigas de las narices las mando al infierno!” Abro la puerta de golpe con cara atravesada de mala leche y lo primero que veo es una banderita ondeando ante mis narices. Detrás de la banderita hay un niño vestido con “zaragüelles” que sonríe mientras una mujer con un ostentoso vestido de fallera y la cabeza claveteada de agujas y peinetas sostiene una veintena de banderas como si fuera su ramo de Miss.

– ¡Sí, encima os voy a sufragar los petardos! – la puerta se cierra mientras los dos festeros me miran inmóviles, como si de una postal folklórica se tratara.

Paso por la cocina y cojo una lata de cerveza. Están empezando a tocarme las narices. Además no me acordaba que en un par de semanas la ciudad será un caos. Y este año no podré huir.

Los estampidos de los petardos y el olor a humo y pólvora suben desde la calle. Cierro el balcón buscando silencio.

Me siento en el sofá y retomo el periódico. Hoy espero leerme hasta el suplemento dominical, no tengo planes y el único ejercicio que me apetece hacer es el de pasar páginas.

El telefonillo de abajo vuelve a sonar. Hago caso omiso. Es domingo. Ni siquiera hay cartero.

A los pocos minutos llaman arriba. Insistentemente. Subo la música. “Si alguien me quiere localizar me llamarán al móvil”. He llegado a las páginas centrales, las que leo con más gusto, música y cultura.

A pesar del volumen sigo oyendo golpes. Estoy empezando a preocuparme. Quizás debería llamar a la policía, parece que quieren derribar mi puerta. Me acerco sigilosa hacía la entrada, oigo voces al otro lado…

Un hacha atraviesa la madera una y otra vez.

No me puedo mover.

La puerta se abre de golpe, no veo nada excepto un casco saliendo de un espeso humo.

Y entonces se produce la tragedia.

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