RELATO: LA CALLE DEL RECUERDO

 

         Venga, nos conocemos desde hace muchos años. No todos pueden elegir, sobre todo porque estas glorias suelen ser póstumas – el hombre que tenía a su lado había desplegado un gran plano. En él, las calles de la pequeña ciudad donde había nacido estaban divididas por colores y sectores.

Nunca imaginó cuando la abandonó hacía dieciocho años que volvería a ella siendo una celebridad. Para ella escribir era su trabajo, su pasión. Vender ejemplares le servía para seguir haciendo lo que le gustaba. Las veinticinco ediciones de su última novela le habían asegurado su futuro, pero también la habían metido en una vorágine mediática a la que no estaba acostumbrada y con la que no se sentía cómoda.

         Pero si a mí estas cosas me dan hasta vergüenza – sin poder evitarlo mis ojos buscaban una calle en el barrio viejo, una calle que hacía muchos años por la que no pasaba.

Conocía a Pedro desde que eran pequeños, habían ido juntos al colegio. Ahora era el Arquitecto municipal y le había estado enseñando todas las obras que había proyectado desde que llegó al cargo.

         Vamos mujer, no todos pueden tener una calle en su ciudad. Por supuesto te rogaría que no escojas ninguna que tenga otro nombre ilustre, ni las avenidas nuevas que acabamos de proyectar, éstas de aquí – señalaba unas grandes vías cortadas por rotondas con un gran paseo de zona verde en medio.

Pero ella ya sabía que calle quería, y no tenía el nombre de nadie, ni era nueva. Todo lo contrario, era casi tan vieja como la ciudad. Era tan antigua como sus recuerdos.

         ¿Ésta? ¿La calle del Recuerdo? Pero si es muy pequeña… – mi mirada le convenció de que no me interesaba otra – Está bien. Supongo que no habrá problemas, de todos modos los trámites duraran unos días, hay que aprobarlos en pleno.

         No tengo ninguna prisa. Voy a quedarme una semana por aquí, para visitar a la familia y descansar un poco. Últimamente no he pasado dos noches seguidas en el mismo sitio.

Pedro hizo unas anotaciones en su agenda y después de prometerme que me llamaría para tomar algo y hablar de los viejos tiempos se disculpó por su mucho trabajo y me acompañó hasta la escalinata que descendía hasta la puerta principal del Ayuntamiento.

No me hacía ninguna ilusión el acto público, ni la banda, ni las fotografías, ni siquiera lo de que mi nombre fuera grabado en una placa y pronunciado hasta que perdiera totalmente su significado. Era otra cosa la que me hacía sonreír.

Calle del Recuerdo nº 4. Sabía que él seguía viviendo en la misma casa. Recordaba la noche antes de marcharme, un último beso en su portal, “Te quiero”. “Te esperaré”. “Te escribiré”. “No te olvidaré”. Palabras antiguas que nunca había olvidado. Promesas que no se cumplieron, cartas que nunca llegaron.

Ahora sí que me recordaría. Siempre que rellenara un formulario, que pidiera una pizza, que cogiera un taxi, que renovara el carnet.

Tampoco era tan malo eso de ser famosa.

 

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