Relato: LA CASA DEL ABUELO

Salí del colegio y me dirigí hacia la casa de mi abuelo. Mis padres trabajaban hasta tarde y no querían que me quedara solo en casa, así que todas las tardes me arrastraba sin ganas hasta la casa del abuelo para que me cuidara, aunque a veces sentía que era yo quien cuidaba de él.

Era un apartamento oscuro y triste en un segundo piso sin ascensor. Cuando me acercaba al edificio no podía evitar mirar hacia arriba, hacia la torre que había en lo alto. Tenía grandes ventanales cubiertos con cortinas que siempre estaban cerradas. Figuras serpenteantes que parecían bajar deslizándose por la pared y enredarse en los balcones de piedra, sujetándolos. De pequeño me asustaba entrar en el patio. Agarraba fuerte la mano de mi madre y me dejaba llevar hacia el interior de esas dos puertas de madera oscura, tan altas, tan inacabables… hasta un largo y estrecho vestíbulo de techos muy altos que acababa en una escalinata con balaustrada de piedra.

Ahora con mis doce años ya no me asustaba tanto. Aunque cuando tocaba el timbre y esperaba a que mi abuelo estirara del cable que liberaba el pestillo, no podía evitar sentir un respingo en el momento en que la puerta se entreabría sola, como invitándome a pasar.

A mi abuelo tampoco le hacía mucha gracia tenerme por allí incordiando. Cuando tenía deberes estaba entretenido durante un buen rato, pero en cuanto los terminaba empezaba a deambular por la casa, que olía a rancio y humedad. Me aburría, no me dejaba tocar nada, aunque tampoco había mucho que tocar, estanterías repletas de viejos libros encuadernados con piel, de hojas amarillentas, con una letra diminuta y casi ininteligible para mí. Un par de habitaciones cerradas con llave, y la colección de insectos.

Eso era lo único interesante de la casa del abuelo. Cientos de insectos: moscas, arañas, mariposas, escarabajos… insertados por una fina aguja que los mantenía cautivos dentro de sus cajas de cristal. Me preguntaba si esa aguja era la que les causaba la muerte o ya estaban muertos cuando eran clavados allí. A veces tenía la sensación de que sí les liberaba de aquella fina espada que les atravesaba saldrían volando, o arrastrándose, llenando el suelo de montones y montones de bichos.

         ¡Cuantas veces te tengo que decir que no entres aquí! ¡Vuelve a la sala de estar y acaba tu lectura! – el abuelo golpeaba el suelo con su bastón, lo que le daba un aspecto todavía más amenazador.  

La lectura… el abuelo escogía textos clásicos y me los daba a leer mientras el se enfrascaba en libros todavía más antiguos y pesados. Yo hacía como que leía aunque la mayoría de las veces me perdía en mis propias ensoñaciones. Excepto aquella tarde…

Había acabado mis tareas, el silencio reinaba en la casa y el abuelo dormitaba en el sillón con un ejemplar vetusto encima de sus rodillas. Me acerqué sigilosamente y observé los grabados que aparecían en él, no sabía a que correspondían y la lengua en la que estaba escrito era completamente desconocida para mí. Me alejé de puntillas y salí al pasillo.

Me encaminé hacia la sala donde guardaba la colección de insectos, aguantando la respiración. Recordaba las baldosas que estaban un poco sueltas y las sorteaba con mucho cuidado. Pasé por delante de la cocina, una fría estancia con apenas una nevera vieja y una encimera de gas, aparte de un par de estantes donde se apilaban platos y vasos de loza vieja y descascarillada. No me gustaba merendar allí.

Llegué hasta uno de los cuartos que siempre estaban cerrados con llave. Una leve luz se colaba por la rendija. Me paré en seco. No me lo podía creer, nunca había visto esa habitación abierta. Ahora sólo tenía que alargar la mano, empujar levemente la puerta y ver que había dentro. Tragué saliva y extendí la mano. Poco a poco el hueco se hizo más grande, una tenue luz rosada iluminaba el cuarto, pero había otra cosa, era un sonido extraño, como si cientos de pequeñas patitas golpearan una tapa…

La puerta se cerró de golpe en mis narices. El susto me hizo pegar un salto.

– ¡Que haces aquí! ¿Ya has acabado la lectura? ¡Vamos, a la sala, que tu madre estará a punto de llegar!

El timbre sonó en ese momento. Mi abuelo se dirigió refunfuñando hacía la escalera para abrir. Algo me hizo mirar hacia el suelo, allí un escarabajo de un brillante color negro se deslizaba pegado al zócalo de la pared. Lo cogí y me lo metí en el bolsillo.

No estaba mal para empezar…

Mi madre parloteaba sin cesar mientras caminábamos de vuelta a casa. Yo sólo pensaba en mi abuelo, en su colección, en ese cuarto… y contaba las horas que faltaban para salir del colegio, para volver a esa casa. Yo también quería ser coleccionista.

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