LA CASA DE MI ABUELA (Recuerdos)

Cada quince días íbamos al pueblo. Ese domingo mi madre siempre madrugaba más que cualquier otro, preparaba una gran tarta de manzana y el desayuno de todos. Luego nos despertaba y empezaban las prisas por vestirnos mientras mi padre limpiaba y sacaba brillo al coche familiar, un SEAT 1430 de color blanco. Cuando bajábamos, pulcramente peinados, nos acoplábamos los cuatro hermanos en el asiento trasero, intentando no arrugar mucho nuestros vestidos de domingo, mientras mis padres discutían si pasar o no antes por casa del tío Rafael, o ir directamente a casa de la abuela.

Yo odiaba esas visitas de domingo. Sólo me gustaba ir a casa de la abuela. Acostumbrada a nuestro piso con sus apreturas, me encantaba esa vieja casa con chimenea, y muchos cuartos, y una escalera que llevaba al piso de arriba, donde estaban los dormitorios, con balcones que daban a una calle que casi desconocía los coches.

La casa tenía un patio que daba a lo que en su día fueron las cuadras, un gran territorio lleno de misteriosas jaulas y utensilios, de cuando mi abuelo tenía allí conejos, y gallinas… todavía olía a animal. Nos movíamos con cuidado y recelo, con esa mezcla de miedo a mover las telarañas que tapizaban los tarros y esa gran curiosidad por saber qué había dentro de ellos. Al lado estaba el baño, separado de la casa por el patio y el lavadero, a él accedíamos pasando bajo la gran planta de jazmín que enmarcaba la entrada y nos inundaba con su aroma, sobre todo a primera hora de la mañana, cuando el rocío incrementaba su frescor. Recuerdo los inacabables collares ensartando las florecitas blancas unas sobre otras.

Y el desván, lleno de trastos, libros polvorientos que parecían antiguos textos de colegio, cuadernos humedecidos a medio escribir. Esa cueva llena de tesoros estaba encima de las cuadras. Subíamos corriendo por las escaleras que había en el patio, mientras mi madre nos gritaba desde abajo que tuviéramos cuidado con la ropa. Pero sabíamos que ninguno se ocuparía de nosotros, demasiado ocupados en preparar el aperitivo, ese gran banquete que sólo disfrutábamos los domingos, cuando el resto de la familia acudía a casa de la abuela.

Pero lo que más me gustaba era ver cómo mi abuela preparaba la comida. Cuando llegábamos ya solía tener el pollo troceado en una fuente y el conejo, sin piel, descansaba sobre la pila, mientras se desangraba lentamente. Nunca he podido comer conejo, siempre se me aparecía la imagen del pobre conejo desollado. Luego montaba la leña y le prendía fuego. Me fascinaba y siempre que me quedaba sola intentaba atraparlo con la punta de alguna ramita. Hasta que ella volvía y me reñía, suavemente, porque mi abuela era así, discreta, con sus medias negras y su eterno luto, con sus gafas de pasta y su pelo cano con reflejos violetas. Nunca gritaba, sólo se deslizaba por la casa, como si el ajetreo que nuestras visitas producían no le perturbara en absoluto.

Todavía asocio el olor a leña a esas mañanas frías de invierno. En su patio. Mirándola trabajar.

La casa pronto se inundaba de gente, de tías, de vecinas, de primas, de amigas de juventud de mi madre que parloteaban y reían de una manera escandalosa. La sobremesa siempre se alargaba hasta la merienda. Todos traían algo. Café y todo tipo de pastas caseras.

Así pasaba el domingo, con muchos besos y “cuanto habéis crecido”, comida, gatos, bostezos, frío, juegos en la calle, algún que otro paseo… hasta que mi padre decía que se iba a hacer tarde, que nos quedaban casi dos horas de coche y que había que irse. Entonces había unos cuantos besos y abrazos más. Y el interminable camino de vuelta escuchando los resultados de la jornada del domingo en la radio del coche.

Un domingo, mi madre nos despertó más pronto de lo habitual. No nos vestimos de domingo y cuando nos montamos en el coche todavía era de noche. Mis padres no discutían adonde ir, estaban callados y miraban fijamente hacia la carretera, en silencio.

Entramos en la calle de mi abuela y mi padre aparcó detrás de un gran coche negro. Nunca había visto ninguno tan largo. Cuando mi madre bajo del coche ya estaba llorando.

Mi abuela se murió como había vivido, sin hacer ruido, sin quejarse, después de una corta enfermedad diagnosticada demasiado tarde.

Ese día miraba con curiosidad todo el ritual que se origina alrededor de la muerte sin entenderlo muy bien. Sin llorar, más sorprendida que triste.

Pero ahora la echo de menos. Tantos años después y me hubiera gustado conocerla más, saber de su infancia, de su vida, de su guerra, de su dolor y de sus alegrías.

Mi hija se llama como ella. Siempre me gustó su nombre.

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5 Respuestas a “LA CASA DE MI ABUELA (Recuerdos)

  1. Son muy tiernas estas remembranzas tuyas sobre los abuelos. Yo tenía diez años cuando perdí a mi abuela, a quien llamábamos “mamá”… tú texto me ha recordado el pensamiento que me acompaño durante todos esos días del velatorio, el entierro, las misas, “a nadie le importa, mira como el mundo sigue girando, mira como hay gente en la calle que sigue caminando, a nadie le importa… ”
    gracias

  2. Los recuerdos que nos narras se han ido entrelazando a los míos, y la casa de tu abuela materna ha ido pasando a ser la de mi abuela paterna, y el corral con las gallinas, y el misterioso y oscuro desván lleno de cachivaches y libros viejos, y los viajes en el renault 12 de mi padre, también con cuatro críos detrás, sólo que estando el pueblo a veinte minutos de Gijón, íbamos cada finde, y en verano nos quedábamos quince o veinte días, qué gozada, qué tiempos aquellos…

    Una vez vi a mi abuela decapitar una gallina con el hacha, sobre el poyo de madera que había en el gran patio trasero, junto a la huerta… Siempre recordaré aquel cuerpo desmochado, su danza frenética y sin sentido, y a mi abuela riéndose de mi cara de susto, jejeje

    Un beso, muchas gracias… Precioso relato!

  3. DD para los niños creo que la primera experiencia con la muerte es un tanto extraña. Nos sorprende al mismo tiempo que nos apena, y hay tantos extraños ritos que no entendemos…

    Odys son recuerdos bastante comunes. Ahora me gustaría que se hubiera conservado esa casa para que mis hijos pudieran tambien descubrir los mismos rincones que yo.
    Y lo de las abuelas con los animales es una experiencia única e irrepetible. Ahora los niños por no ver no ve ni trocear la carne. Un beso.

  4. Hola por fin estoy aqui de nuevo!!!
    Me estoy poniendo al dia de todas las cosas que has contado en estos ultimos meses…jajaja, largo trabajo tengo…

    Este relato es tan tan real, estoy segura de que hay muchisimas personas que tienen ese recuerdo no solo de su abuela sino de la casa llena de gente, con ese olor especial…en fin, que pena que la gente que queramos no sea eterna para poder disfrutar de ellos toda una vida.

    Un beso,

    Amanda

  5. ¡Cuanto tiempo Amanda! Me alegra verte por aquí.
    A veces nos damos cuenta cuando ya somos más mayores de las personas que no llegamos a conocer del todo y nos hubiera gustado.
    Un beso.

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