Relato: LA LÍNEA BLANCA

Apuro el café mientras Pedro me mete prisa. Héctor nos espera fuera, apoyado en su Chevrolet descapotable del 56 de color azul celeste. Son las ocho y media de la mañana pero la humedad es tan alta que al cruzar la puerta del hotel la sensación de calor nos deja sin respiración.

Resoplamos y nos dirigimos hacía el coche. Es toda una reliquia, y además funciona. Héctor nos “encontró” la primera noche que llegamos. Caminábamos por Vedado, buscando un club de jazz llamado La zorra y el cuervo, o algo así. Paró el coche a nuestro lado y se ofreció a llevarnos a un club “mucho mejor muchachitos”. No le costó mucho convencernos y en unos minutos recorríamos el malecón hacia la Habana Vieja con esa agradable sensación del aire en la cara.   

De eso hacía tres días y lo habíamos adoptado como nuestro guía oficial. Nos recogía por la mañana y nos acompañaba durante todo el día. Nos salía más barato que alquilar un coche y nos llevaba a sitios de los que no salían en los libros. Hoy partimos hacía Cayo Grande en la parte sur de la isla. Queríamos un sitio tranquilo donde poder bucear sin tropezarnos con las piernas de los turistas.

Nos montamos en el coche y Héctor arranca dejando toda una nube negra a nuestra espalda. Bajamos por la calle 23 hacia el malecón bordeando el puerto hasta enlazar con la Vía Blanca, una de las autopistas que salen de La Habana. Dos carriles en cada sentido, sin líneas de separación y un firme mejor de lo que esperábamos.

El tráfico es casi inexistente, pero tampoco podemos correr mucho con estos trastos. Pedro va sentado delante y aguanta la inagotable cháchara del cubano mientras yo me recuesto en el enorme asiento trasero. Con este calor sólo me apetece dormir.

Un golpe brusco me despierta. Me incorporo cuando Héctor está intentando aparcar el enorme Chevy en el arcén mediante la inercia del motor parado. No tengo ni idea de dónde estamos, y me da que aquí la asistencia en carretera no debe ser muy rápida.

Bajo del coche y me acerco a Héctor que está maldiciendo mientras examina el motor. Al levantar el capó me doy cuenta de que las tripas de este trasto están compuestas de múltiples deshechos de todo tipo. Lo asombroso es que hayamos llegado hasta aquí. Pedro y yo nos miramos, es nuestro primer tropiezo, nos encogemos de hombros y mientras él se va a intentar ayudar a nuestro amigo yo me voy a buscar una sombra.

Al cabo de un rato hay un enorme tractor y un viejo Cadillac parados en el arcén detrás de nuestro coche. Todos se afanan intentando reanimar nuestro automóvil que se niega a arrancar.

Yo me aburro y tengo calor. Me levanto  y miro a mi alrededor. Me interno en la vegetación que flanquea la carretera, necesito estirar las piernas pero el intenso sol que ya cae a esas horas hace que no me apetezca caminar sobre el asfalto.

Al rato llego hasta un claro que precede a un gran barranco, la profundidad del valle es tal que me produce vértigo mirar hacia abajo. La vegetación cubre la ladera de este profundo vacío y al fondo discurre, lejano, un serpenteante río. Es el valle de Yurumí, lo reconozco por el puente de Bacunayagua, viene en todas la guías turísticas. Reconozco que impresiona encontrárselo así, de repente. Me siento en el suelo y observo el paisaje. Naturaleza en estado puro como nunca la he observado.

El sonido de las ramas agitándose me envuelve, escucho sonidos de aves lejanas. Cierro los ojos. De pronto oigo un grito desgarrador que me sobresalta. Abro los ojos pero no veo a nadie, sin embargo ha sonado tan cerca… vuelvo a oírlo a mi derecha, es como si alguien estuviera cayendo en ese inmenso vacío. Recuerdo las leyendas sobre los nativos que preferían despeñarse y morir que ser esclavizados.

Me pongo en pie de un salto e intento situarme para volver sobre mis pasos sin perderme. Sin embargo algo en el fondo del valle me atrae irremediablemente, no me puedo mover, me quiero alejar pero siento que mis pasos se dirigen en el sentido contrario a donde yo quiero ir. Cada vez estoy más cerca del borde, la angustia me invade, siempre he tenido miedo a la altura, pánico a caer… y aquí no hay barandilla…

Cierro los ojos y decido dejarme llevar, no puedo resistirme más, sólo me apetece volar.

   ¡¡¡¡RAAAAAAAAFA!!! ¿DÓNDE TE HAS METIDO?

El grito me sacude como una descarga y salgo despedido hacia atrás. Corro como un poseso hasta la carretera donde Héctor y Pedro están montados en el coche en marcha. Pedro de pie sobre el asiento, voceando mi nombre.

Me miran con cara de asombro mientras salto dentro del coche y les grito que arranquen, que nos vayamos de allí. No entienden nada pero obedecen. Mi amigo mira hacia atrás, a la selva que he dejado a mi espalda, como esperando que una fiera monstruosa aparezca de pronto persiguiéndonos.

El recorrido del puente se me hace interminable, no puedo evitar pensar que la caída hasta el fondo del río es irremediablemente mortal. Intento relajarme y disfrutar del paisaje.

Vuelvo a oír el grito resonando dentro de mi cabeza. Me pongo el cinturón de seguridad y cierro los ojos. No sé porqué estoy rezando.

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2 Respuestas a “Relato: LA LÍNEA BLANCA

  1. Me siento mas a gusto aqui, mira tu… Pues eso que una sensacion de vertigo (y no de altura) muy bien descrita y terminada, sobretodo terminada. Beso

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