Relato: EL ASCENSOR

No le gustaba nada ese ascensor. Había intentado ponerse en contacto con el presidente de la Comunidad para preguntarle si tenían previsto su cambio, pero no sabía que puerta era. En realidad todavía no se había tropezado con ninguno de sus vecinos, y el de la inmobiliaria no le había sabido dar más datos.

El edificio era de principios de siglo y el ascensor estaba instalado en el estrecho hueco de la escalera. En un principio le pareció una curiosa reminiscencia del pasado, elegante y original. Pero luego se fue agobiando con su lentitud, sus traqueteos, sus ruidos y sus paradas bruscas. Hacía meses que prefería subir andando a menos que fuera muy cargado, pero llevaba dos semanas de reposo por culpa de una lesión en la espalda y el médico le había prohibido utilizar las escaleras.

Estaba harto de pasar miedo mientras subía las cinco alturas en esa caja tan estrecha de madera y cristal. Le parecía un ataúd. Lo único bueno que tenía era que el hueco del ascensor no estaba tapado, solo una reja lo aislaba de la escalera, pero seguía sintiendo esa sensación de angustia en cuanto cerraba la puerta corrediza y pulsaba el botón.

Mientras cerraba las dos puertas de madera pensaba en las nuevas cabinas de puertas telescópicas y equipo de comunicación bidireccional. El “clac” que indicaba el anclaje de las puertas le sacó de su ensimismamiento. Luego siguió el cansino zumbido del motor que arrancaba su lenta marcha. Miraba a través del cristal y contaba los segundos con ansiedad, como si ascendiera hasta la superficie desde el más profundo de los abismos. Como si estuviera aguantando la respiración hasta llegar al final.

Aquel chirrido era nuevo. La cabina traqueteó. Cerró los puños como si pudiera hacer fuerza mental para ganar altura pero el aparato se detuvo cuando el rellano del tercer piso apenas le llegaba a la altura de los ojos.

Sacudió las puertas pero no se movieron. Pulsó el botón de la alarma. Un ridículo timbre resonó a través de la escalera. Intentó oír a través del cristal pero no oyó que nadie se acercara. Eran las diez, suponía que alguien volvería a lo largo de la mañana.

Se sentó en el suelo y maldijo el momento en que se le ocurrió bajar a dar un paseo para estirar las piernas. Se encontraba mejor y quería tomar un poco de aire fresco. Pensó en ir hasta el horno de la esquina, a por pan, en chándal, con un par de euros y las llaves. Y era lo único que tenía un pan y las llaves.

A las doce oyó el característico golpe de la puerta del patio al cerrarse. Se puso en pie esperando a su salvador. Oyó los pasos cuando ya estaban casi enfrente de sus ojos. Gritó y vio como se detenían frente a él durante un par de segundos. Luego pasaron de largo. No se lo podía creer. Aporreó el timbre de la alarma, más por desahogarse que porque pensara que alguien lo iba a escuchar.

Se dejó caer en el suelo, desalentado.

Miró el reloj, eran las dos del mediodía, tenía hambre y le dolía la espalda. Cogió un trozo de pan y empezó a mordisquearlo.

Se debió de quedar adormilado porque unas voces le hicieron abrir los ojos. Hablaban bajo, frente a las puertas de cristal. Por la rendija veía unos zapatos de mujer frente a unos mocasines de hombre. Volvió a gritar pero lo único que consiguió fue que se separaran cada uno hacía un lado.

Retrocedió hasta que su espalda tocó el fondo del ascensor. Intentó respirar pausadamente, sentía que se ahogaba. Quería pensar con claridad. Debían estar esperando al técnico, eso debía ser. Era sábado, y a lo peor tardaba un poco. Pero seguro que habrían llamado, aunque no le hubieran oído.

Se volvió a dejar caer en el suelo.

A las seis de la tarde ya no le quedaba pan. Tenía sed y unas acuciantes ganas de orinar. Había oído pasos, susurros  e incluso creyó ver unos ojos que le examinaban a través de la rendija. La medicación para la espalda lo tenía medio aturdido, pero lo que peor llevaba era el silencio. Ninguna palabra. Ningún ánimo. Nada, sólo silencio.

El frío del amanecer le despertó. Tenía la espalda agarrotada. Ni siquiera podía estirar las piernas sentado en el suelo. Miró hacía el frente y sus ojos se quedaron clavados en un botellín de agua mineral que había en el suelo. En la esquina izquierda. Inmediatamente subió la mirada hacía arriba, las puertas seguían cerradas. No había nadie al otro lado. Pero podía jurar que la botella no estaba antes. La cogió con cuidado y la abrió. Echó un largo y ansioso trago y la volvió a cerrar.

Cuando le sacaron los bomberos le dijeron que había tenido suerte. Llevaba una semana encerrado, sin comer. Y si no fuera porqué su jefe se extrañó de que no le respondiera al teléfono nadie le habría rescatado. El edificio estaba deshabitado desde hacía años, se extrañaron hasta de que esa antigualla de elevador todavía funcionara.

Envuelto en una manta térmica esperaba exhausto a que el sanitario acabara de examinarle pero no podía despegar sus ojos de aquel aparato. La cabina forzada, las puertas abiertas, los cristales rotos, como dientes. Si aquel objeto hubiera podido tener expresión, en ese momento le parecía que le estaba observando, herido… y con hambre…

 

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