Relato: LA CERRADURA

Rebusco en el bolsillo de la chaqueta por tercera vez. El contenido de mi bolso está esparcido encima del felpudo. Cartera, funda de gafas, kleenex, llaves del coche, llaves del trabajo… pero ni rastro de las llaves de casa. Intento hacer un esfuerzo mental para recordar, me duelen horriblemente los pies, y maldigo esa última copa que he tomado y que no me deja pensar con claridad.

Lo vuelvo a meter todo en el bolso y me levanto. Son las dos y media de la madrugada. Mañana tengo comida familiar y por eso he vuelto a casa pronto, nada peor que una resaca rodeada de sobrinos gritones y ruidosos.

El silencio que hay alrededor hace que el zumbido de mis oídos me esté ensordeciendo. Apoyo la espalda en mi puerta y me voy resbalando hasta que quedo sentada en el suelo. Necesito pensar. Saco mi móvil y repaso la agenda. Seguro que alguien me puede ayudar. Hace frío para quedarme aquí toda la noche.

Oigo pasos y cerraduras que se abren. Me pongo de pie en un acto reflejo. Una tenue luz roja se cuela por la rendija que ha abierto mi vecino. Se asoma tímidamente y cuando comprueba que soy yo, sale al rellano.

Me convence para que pase. “No te vas a quedar ahí toda la noche. Pasa, si llamas a un cerrajero ahora te va a costar una fortuna. Anda, tengo habitaciones de sobra”.

Entro tímidamente, agradeciéndole el detalle. Hemos charlado brevemente en muchas ocasiones mientras compartíamos ascensor, pero nunca he estado en su casa. Cierra la puerta a mi espalda y vuelve a darle varias vueltas a la cerradura de seguridad. En seguida pasa delante de mí y me guía hacia el interior. El suelo está cubierto de alfombras, las paredes de cuadros y tapices, la escultura de un santo a tamaño natural me mira desde una esquina con las manos tendidas hacía delante en actitud suplicante. El pasillo está plagado de arte en toda su longitud y cuando llegamos al salón la cosa no mejora. Más cuadros, esculturas, jarrones, figuritas, objetos que cubren todas las paredes hasta el último centímetro. Una cómoda estilo Luis XV al lado de una vitrina Art Decó… ni siquiera puedo adivinar de qué color están pintadas las paredes. Sabía que se dedicaba a las antigüedades.

El Sr. Pascual es un viejito discreto que vive solo. A veces le visita su hermana y un sobrino. Pero desde que cerró su tienda de antigüedades no suele salir mucho de casa. Es de una educación exquisita.

Me dice que padece insomnio y al oír ruidos en la puerta se acercó a la mirilla, por si eran ladrones. Mientras me cuenta con voz pausada me conduce hasta una de las habitaciones. Una enorme cama con dosel preside el centro de la habitación.

         Si necesitas algo no dudes en llamarme. Que descanses – se aleja arrastrando las pantuflas a juego con la bata a cuadros.

Me siento en el borde de la cama e inspecciono la habitación. Un señor con un gran mostacho me observa desde un gran cuadro en la pared de enfrente. El hombre tiene el gesto serio y una mirada penetrante. Es de esos retratos que da igual donde te encuentres, porque siempre te miran a los ojos.

En un rincón hay una palangana y una jofaina. A su lado un galán con espejo, su marco de madera esta tallado con sinuosas y elegantes ondas. Parece modernista. Mi imagen reflejada me devuelve una cara ojerosa y cansada. Me quito la ropa y me meto en la cama. Sabanas de hilo, ásperas y frías sobre un colchón duro. Me acurruco entre los chirridos de la cama que supongo añeja y me dejo vencer por esa languidez que produce el cansancio, poco antes de caer en el sueño.

 

 

Tengo sueños inquietos. Siento opresión en mi cuerpo, manos que me rozan y acarician, una mezcla de miedo y excitación. Un crujido me sobresalta, recupero levemente la consciencia, entreabro los ojos y en frente de mi está el cuadro, sólo que hay algo distinto en él, está vacío, sin nadie. Un fondo oscuro con cortinas negras. Cierro los ojos con la tranquilidad de estar soñando. De nuevo una oleada de calor que me sube por el cuerpo, siento una excitación tan intensa que empiezo a moverme acompasadamente, como si me masturbara sin tocarme. El orgasmo precede a mi sueño más profundo.

 

El Sr. Pascual toca suavemente a la puerta y se asoma discretamente.

– Me tengo que marchar, pero puedes quedarte un poco más si lo deseas…. Por cierto, he dejado tus llaves en la entrada, se te cayeron junto al ascensor anoche.

Miro mi reloj, aturdida. No recuerdo muy bien dónde estoy. Son las doce del mediodía. Me levanto y me visto. Mi ropa huele a tabaco y necesito una ducha. Me siento en la cama y mi mirada se vuelve a tropezar con la del hombre del cuadro. Ahora con más luz lo observo mejor, es un hombre de mediana edad, vestido con traje oscuro y con grandes bigotes, de porte imponente. Sólo que hay algo distinto en él…

Anoche no sonreía.

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7 Respuestas a “Relato: LA CERRADURA

  1. Sabes?. Lo comento con Ruth, una compañera 20 años más joven que yo y me dice…”pero si son el grupo que te dije el viernes que iba a verles en concierto en Durango…”. Qué pequeño es el mundo!

  2. Pues me alegro y espero no haberte quitado el sueño, quierodormir 😉
    .

    Es que esa noche estaba muy inspirada ;-). Un beso.
    .
    Hola Pedro ¿Te has equivocado de Blog? ¿O te refieres a Vetusta? ¡Pues yo no me lo pensaría, si no te pilla muy lejos (lo de ir a verles en concierto, me han dicho que vale la pena)

  3. Pues no alcanzo a comprender cómo cerró la tienda de antigüedades, con la de cosas interesantes que tenía el hombre… Art Decó, dices? Hummmmmm…

    Bueno, no está mal que lo sobrenatural nos dé una alegría al cuerpo, aunque sea de vez en cuando… que está la cosa mu pará!!!! 😀

    Un beso grande, porque hoy es hoy 😉

  4. Bueno, por lo menos se lo pasó bien Amanda. Besos.

    Jubilación supongo, Danny. Jaja, las alegrías al cuerpo vienen bien, vengan de donde vengan (hasta del otro mundo en un momento dado).
    Un besazo guitarrero (es que mis queridos amigos me regalaron ayer Guitar Hero, y llevo toda la tarde enganchada con la guitarra… mola un montón!!)

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