Relato: DOCTOR ROBERT

Últimamente me encontraba bastante decaído. Me habían despedido del trabajo, y mi novia me acababa de dejar,… vamos, lo normal. Terminé por buscar soluciones en el fondo de una botella de vodka, mientras le contaba mis problemas a cualquiera que se pusiera a tiro. Y así le conocí. Creo que era la cuarta ronda, aunque puede que fuera la sexta. Es que soy de Letras. El caso es que este tipo, en lugar de salir corriendo, aprovechó una ocasión en la que paré a coger aire… y me habló de él. Del Doctor.

Al día siguiente, sin pedir cita me presenté directamente en su consulta, a ver si tenía un hueco. Nada más cruzar la puerta de la sala de espera supe que tenía que haber llamado antes. No menos de cinco o seis personas de aspecto variopinto estaban esparcidas por las butacas y sofás que llenaban esa extraña antesala.

Me senté en una esquina y observé al resto de las personas que estaban esperando. Un tipo larguirucho de nariz ganchuda y gafas de pasta se estrujaba las manos mientras mecía ligeramente su cuerpo en un suave balanceo. En el sofá de al lado dos tipos greñudos con aire intelectual hablaban animadamente, mientras miraban nerviosamente la puerta de la consulta con bruscos giros de cabeza. En la butaca de enfrente había una misteriosa mujer vestida de negro que fumaba sin parar, llevaba puestas unas grandes gafas de sol que le ocultaban casi toda la cara, y la parte que quedaba al descubierto se mantenía arrugada en un mohín de asco.

Sonó un timbre y a los pocos segundos una cabeza de morsa apareció tras la puerta.

La puerta de la consulta se abrió y pude ver como un tipo con bata de médico y el pelo blanco se despedía cordialmente de un joven de melena rizada que lucía el torso desnudo bajo un chaleco de piel abierto. El chico me resultaba familiar pero no sabía situarlo. Cruzó la sala camino de la salida de una manera tan suave que parecía que flotaba en vez de andar.

La mujer de negro entró apresuradamente y cerró la puerta tras de si. El tipo larguirucho seguía frotándose las manos compulsivamente. Parecía realmente angustiado. Al cabo de lo que me pareció una eternidad se volvió a abrir la puerta. El doctor le dio dos besos a la mujer que salió de la consulta con una expresión de total y absoluta felicidad.

Los jóvenes no tardaron ni dos minutos. Entraron y salieron tan agitadamente que no me di cuenta de que el tipo de nariz ganchuda ya había entrado hasta que giré de nuevo la cabeza hacia la sala.

Éste se tomó su tiempo, se conoce que traía ganas de hablar, porque podía oír desde fuera un runrún delator parecido al ruido que te hacen las tripas después de una sobredosis de guacamole. Para hacer tiempo me fijé en los detalles de la sala de espera, que parecía haber sido decorada intentando que apareciesen los 16 millones de colores esos que dice el Windows que tiene. En las paredes había cuadros de arte pop, junto con fotografías retocadas y pintadas con colores vivos. Ahora que estaba solo me di cuenta que un fino hilo musical estaba puesto. Un sitar producía una relajante música de fondo con un sonido delicado y brillante.

Me puse en pie cuando escuché el sonido de la puerta al abrirse. El tipo que salió de la consulta no parecía el mismo que había estado sentado junto a mí, se le veía tan tranquilo cuando me sonrió al pasar junto a mí.

¿Doctor Robert? – me acerqué alargando la mano para saludarle.

Encantado, pase, pase a mi consulta – me empujaba suavemente hacía el interior.

El muestrario de drogas legales que había sobre su mesa habría sido el sueño de cualquier adicto. Anfetaminas, morfina, antidepresivos, heroína, inyecciones de vitaminas…

Dígame, ¿Cuál es su problema? – su sonrisa inspiraba una total confianza.

Hablé, y le conté, mientras el me miraba e iba separando pastillas y metiéndolas en un frasco, sin perder la sonrisa, asintiendo, contestándome y aislando todos aquellos problemas que me corroían por dentro. Me alargó una pastilla de color verde y un vaso de agua. Yo hablaba y hablaba, hasta que de pronto sentí como si mi cerebro se expandiera, a la misma velocidad que mi cuerpo dejaba de pesar, y mi angustia desaparecía. Una gran paz interior se apoderó de mí. Ya no me apetecía hablar, solo quería salir y disfrutar del sol, estaba seguro de que brillaba en todo su esplendor… “day or night I`ll be here anytime”…

El sol me cegó momentáneamente cuando salí a la calle. No lo recordaba tan brillante desde hacía tiempo. Me puse las gafas de sol y le sonreí.

Apreté el bote que mi mano encerraba dentro del bolsillo… “he´s a man you must believe”…

 

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4 Respuestas a “Relato: DOCTOR ROBERT

  1. Pues el día que lo estaba acabando para publicarlo (a toda prisa como siempre), me di cuenta de eso, que me gusta escribir en primera persona masculina. Será para distanciarme?
    Un beso, observador.

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