RENCORES

Yo nunca he tenido amigas íntimas, supongo que por mi condición de gemela. De pequeña si mi hermana se acercaba mucho a otra niña, es decir, que me dejaba más de cinco minutos para jugar con cualquier otra niña de la clase sin mí, me enfadaba y yo también me acercaba a otra niña que pasaba a ser mi “mejor amiga”. Eso iniciaba una guerra de celos un tanto infantil (claro, que éramos niñas) que podía durar días o semanas. Luego todo volvía a la normalidad.

Desde entonces no recuerdo haber tenido una amiga con quien compartir secretos e intimidades. Eso lo hacía (y sigo haciéndolo) con mi hermana. Y yo que siempre he rehuido los conflictos y que algún que otro inocente malentendido me ha causado problemas con alguna representante de mi sexo, prefería quedarme en el grupo de los chicos. Con ellos siempre sabía por donde iban. Mis mejores amigos siempre han sido hombres, que quizás era eso lo que me llevaba a algún malentendido…

El caso es que hace un par de años tuve mi primera mejor amiga. Estaba justo en el lugar adecuado en uno de los peores días de mi vida. Y me ayudó a superar malos momentos. Nos hicimos inseparables, realmente parecíamos novias. Creíamos que nuestra amistad era tan sólida, sana, madura y a la vez tan divertida y cómplice que iba a durar toda la vida. Compartimos días, noches, conciertos, amigos, compras, charlas, borracheras, confidencias… hasta que cometí el error de mezclar amistad y trabajo. Eso unido a un malogrado viaje compartiendo nuestros respectivos hijos me demostró que tampoco estábamos tan de acuerdo en todo. Las semanas siguientes a nuestra vuelta me siguieron demostrando que tampoco le importaba tanto mi amistad, porque no hizo nada por conservarla.

Intenté que mi “no-amistad” no interfiriera en el trabajo, pero por muy objetiva que quisiera ser fallaba, mucho y repetidamente. No cumplió nuestras expectativas ni de lejos. Y tampoco parecía que ponía mucho interés en conservar su puesto, con o sin amistad con los jefes. Así que llegó lo inevitable, su no renovación. Uno de mis peores momentos y a la vez una liberación. Desde el día que dejó el despacho no la había vuelto a ver. De eso hace dos meses.

Ayer nos tropezamos en el cine. De casualidad. Nuestras hijas son amigas. Afortunadamente estaba con otra madre que hizo que la situación no fuera tan violenta. Porque compartir palomitas y película con alguien que está intentando mirar para otra parte para que ni le dirijas la palabra es un pelín violento. Y yo además, y sin ánimo de fastidiar, la saludé y le pregunté que tal le iba. Su media sonrisa me sugirió unos cuantos epítetos que mejor no poner aquí. Pero yo se lo preguntaba en serio. Porque siempre me he querido llevar bien con mis ex, aunque sean amigas. Y porque, sobre todo, recuerdo los buenos ratos. Y fueron muchos.

Pero lo peor fue que mi hija llevaba deseando pasar una tarde a solas conmigo desde hacía semanas, y se la fastidiaron. Y no disfrutó de la película. Ni yo.

El resto de la tarde se me quedó un sabor de boca horrible. Y es que a mí el rencor me sienta fatal.

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4 Respuestas a “RENCORES

  1. Afortunadamente te sienta fatal. Lo horrible es sentirlo y acostumbrarse a él. Mientras el rencor sea de otros, el problema será para otros. El rencor es una piedra en el zapato.

  2. Pues si, pero cuando el rencor lo siento cerca de mí me molesta y si encima de rebote le pega a mi hija, entonces me mosquea… aunque sólo sea un ratito. Luego se me pasa 🙂

  3. Es difícil evitar que el rencor ajeno te afecte, por lo menos para mí (se ve que Pat tiene eso más controlado…). A mí me incomoda, y mucho. Probablemente porque, al menos en mi caso, es un extraño en mi vida. Quizás para muchos de los que lo sienten sea un compañero de viaje habitual, y por eso ni se molestan en evitarlo.

    Pues vale. Tampoco es plan de guardarles rencor por eso, no? 🙂

  4. Pues eso, mejor intentar que nos resbale. Aunque a veces cueste. Pero si dejamos que entre…. igual se queda!
    Y la gente que no es rencorosa es mucho mucho más feliz ¿a que sí? 🙂

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