SUEÑO

¡¡Madre mía!! Ya son casi las once y aún me falta por entregar la solicitud del master. Joder, joder, joder, y yo que creía que me daba tiempo de sobra y que me iba a escapar un rato. ¿Seré inocente?… donde está,… aquí.

Se quedó mirando las hojas manuscritas. Sus ojos pasaban rápidamente por los trazos apresurados, llenos de correcciones pero seguros. La mano izquierda pellizcaba su labio inferior mientras con el bolígrafo que tenía en la derecha aún añadía nuevas correcciones sobre el papel antes de pasarlo al ordenador.

Cogió la cazadora. Se disponía a salir y se volvió a acordar de ella. Últimamente apenas se habían visto y sabía que también ella estaba muy ocupada. Le había dicho, en las contadas ocasiones que habían hablado por teléfono, que tenía un montón de líos en el trabajo, pero por encima de esa sobrecarga, él sentía que algo no andaba del todo bien. No sabía muy bien porqué, pero últimamente parecía percibir una leve sensación de tristeza en su forma de hablar que no le dejaba tranquilo. Quiso quitárselo de la cabeza, y quitársela a ella también. Sólo un ratito pensó, y le pidió disculpas mentalmente por separarse de su eterna compañía. Pensó que si hubiese dormido un poco más, seguro que se sentiría más seguro y no se dispersaría tanto. Pero se sentía cansado. Había dormido tres horas escasas y a esas alturas de la mañana ya todo empezaba a espesarse más de la cuenta. Le pasaba de vez en cuando, ya hacía unas semanas que no, pero anoche volvió a ocurrir. Se acostó, se puso a leer un rato y luego dejó el libro e intentó dormir. Pero entonces ella se metió de nuevo en su cabeza. Estaba preciosa. Se acercó a sus labios y le besó. Era un beso suave, dulce y lleno de ternura, pero a la vez, le decía con ese beso todo lo que ella deseaba. Y entonces no pudo evitar sumergirse en un duermevela lleno de imágenes sexuales que le transportaban a otro momento y otro lugar. Y se marchó con ella, a su casa. Entró en el cuarto y la despertó con sus caricias. Ella le miró sorprendida y se abrazaron.

Hola – le dijo – te echaba de menos y no podía hacer otra cosa que no fuese venir a estar a tu lado, no podía hacer otra cosa que no fuese estar aquí mirándote.

¿Porque has tardado tanto? – su mano le acariciaba suavemente la mejilla, recorriendo de nuevo esos rasgos que sabía de memoria, que tantas veces había acariciado en su imaginación.

Lo siento cariño… – ella le puso un dedo en los labios y con la mirada le dijo que no importaba. Que ahora estaba allí, a su lado. Y era sólo para ella.

Sus labios se juntaron, suavemente al principio, como si se reconociesen. Besos dulces, lentos e interminables, hasta que las manos empezaron a buscar ansiosamente la piel del otro. Una mano que recorre una espalda, una lengua sobre un dragón, movimientos contenidos, una cadera que lentamente se abraza a otra en un vaivén acompasado y suave.

 

Amanece. Una tenue luz empieza a iluminar el cuarto. Siente frío, está desnuda. Contempla la almohada a su lado, vacía, la toca suavemente, como para cerciorarse de que no hay nadie a su lado. Se acurruca bajo las sabanas buscando de nuevo el sueño. Buscándolo de nuevo a él, aunque sabe que tardará en volver, cada vez más.

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