Relato: TOURNEDÓ

Ya no puedo mirarla, desde la boda no aguanto ni su olor ni su presencia, me dan arcadas solamente de imaginarla cerca pero no puedo evitar sentirme atraído por ella, me sigue gustando.

Había ido al banquete sin ganas, era un compromiso de trabajo y ningún socio podía ir ese sábado, así que había desempolvado uno de mis mejores trajes y me había mentalizado para perder uno de mis escasos días libres. La ceremonia se celebraba en una Masía entre huertas, al aire libre, algo que últimamente está de moda entre los que no se quieren casar por la Iglesia pero no quieren renunciar al paseo entre flores a ritmo de marcha nupcial. Llegué poco antes de que acabara y me quedé por el final observando al resto de invitados.

El caso es que en mi invitación ponía que mi mesa asignada era la nº 12 y cuando me dirigí hacía allí me llevé la grata sorpresa de ser el único varón que iba a sentarse en ella. Cinco mujeres que rondaban la treintena, guapas y elegantes, saboreaban una copa de vino y reían, y aunque soy normalmente tímido enseguida me hicieron sentirme cómodo. Parecía que no iba a ser una tarde tan pérdida.

Empezaron a llegar las bandejas, entrantes de degustación de minúsculo tamaño y largo nombre, imposible de recordar. Me dí cuenta del hambre que tenía cuando me zampé la primera docena sin apenas notar peso en el estómago. Ellas seguían bebiendo, riendo y jugueteando con sus cubiertos y la comida. Aunque se acabaron entre alabanzas la Ensalada de jamón de pato y foie con naranja que a mí me pareció más bien escasa, casi ni tocaron el Crujiente de merluza, eso sí, las botellas de vino llegaban y se vaciaban casi al mismo tiempo, y mientras yo comía y sonreía, ellas seguían riendo.

Cuando sirvieron el Tournedó de Ternera Blanca con Salsa de Setas creí estar en el paraíso, nunca había probado un plato tan deliciosamente elaborado, mi cara de satisfacción y mis gemidos de placer gastronómico hicieron que todas me quisieran regalar sus platos con aquellos filetes redondos y coronados por una nube de salsa que ninguna de ellas iba a probar. “No nos cabe nada más… nos guardamos para el postre…” me decían riendo mientras empujaban sus platos hacia mí.

Y me los comí todos, los seis contando el mío. Luego vino el sorbete, y el postre, Esmeraldas de chocolate con láminas de rosquillas, y la tarta nupcial, las copas…

El domingo lo pasé entre la cama y el baño, vomitando lo que a mí me parecía un volumen tres veces superior al que había ingerido el día anterior. La cabeza me estallaba y los retortijones no me dejaban ni estar de pie. Realmente creí morir.

Ahora no puedo ni ver la carne, no solo la ternera, lo he intentado con cerdo, caballo, hasta pollo… en cuanto mis mandíbulas empiezan a masticar la textura fibrosa de la carne algo en mi interior se rebela y las arcadas me impiden continuar. Llevo días alimentándome de pseudo hamburguesas vegetarianas, de tofu y soja, para no desfallecer, porque odio la verdura, y el pescado, yo soy carnívoro, me gusta la carne.

Miro a través del cristal de la carnicería la precisión del cuchillo separando los filetes de la pieza de carne, casi puedo sentir el sabor del solomillo… y en mi cerebro se mezclan lejanas risas con una atroz nausea.

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