EL MAL PERDER

A mí me toca el segundo día de clase, porque esto es como abrir el plástico y respirar ese inconfundible olor a libro nuevo, a papel sin estrenar, y hojear con ilusión esas imágenes y esos textos que imaginábamos tanto nos enseñarían, con la diferencia de que en el colegio acabábamos odiándolos por aburridos, cargantes y sospechosamente inútiles, y aunque en nuestro caso Euler no nos examina, yo no puedo evitar sentir cierto miedo a la hoja en blanco.

Pero todo es empezar, como cuando nos pedían una redacción sobre nuestras vacaciones, y continuando con el tema que inició Ana el lunes sobre el tremendo batacazo de la delegación olímpica en Buenos Aires lo que más me ha llamado la atención es nuestro mal perder, o más bien, el mal perder de nuestros políticos.

Sinceramente deseaba que nos rechazaran, no porque no me guste el deporte, que las olimpiadas es de las pocas retransmisiones deportivas que suelo ver, sino porque comparto con Ana la opinión de que si no hay dinero para cubrir las necesidades básicas de dependencia, sanidad, educación y todas esas pequeñas infraestructuras que por falta de presupuesto no se mantienen (aceras, piscinas municipales, etc.) pues no debería haber dinero para esa gran operación de marketing llamada Olimpiada que disfraza intereses económicos de amplios sectores y que sospecho siempre nos cuesta dinero a los contribuyentes y no es tan rentable como nos quieren hacer creer con tremendos beneficios venideros gracias a la gran imagen internacional de organización, simpatía y profesionalidad que habremos transmitido.

Y eso es precisamente lo que no hemos transmitido. Bueno simpatía si, por lo menos la alcaldesa de Madrid recitaba su discurso con una gran espontaneidad y amplia sonrisa, aunque los miembros del COI no hayan entendido lo que ella intentaba decir. No les culpo por no haber concedido a Madrid ser sede olímpica, además de las serias razones esgrimidas en el artículo de Ana más de una bromita habrá circulado entre ellos diciendo que con ese dominio de los idiomas de los representantes madrileños a saber si los velocistas extranjeros iban a acabar practicando en la piscina olímpica salto de trampolín.

No lo entiendo, ¿ningún asesor de imagen se percató de que tres de las personas que estaban sentadas en la rueda de prensa y posteriormente iban a “vender” la participación madrileña no tenían el mínimo dominio del inglés que se necesita para hacer una intervención pública? Desde luego si tenían alguna duda, que creo que no, esto fue el remate final.

Pero no. La culpa no es ni de nuestra gestión del dopaje, ni de la crisis económica por la que atravesamos y que ha hecho que presentemos un proyecto olímpico bastante austero, ni de que la imagen de nuestros políticos esté por los suelos, no, ni siquiera del terrible espectáculo del pasado domingo retransmitido en directo para todo el mundo. La culpa es del COI que son unos traidores imprevisibles.

En esto, como en casi todo, parece que seguimos sin saber perder.

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