DE VOCACIONES Y SALARIOS

Coincido totalmente con Ana en que la motivación para dedicarse a la política no debe ser la remuneración económica, sino la vocación del servicio público, de solucionar problemas, incluso como menciona Ana de alimentar un ego ansioso. Pero no por el dinero.

Yo durante unos años forme parte del AMPA del colegio de mis hijos, cuando los escolaricé y me di cuenta de la dejadez del equipo directivo no pude evitar involucrarme, así que con cuatro o cinco madres mas nos ocupamos de presentar escritos para que el ayuntamiento arreglara los baños de los niños que se embozaban continuamente, nos peleábamos en las Juntas generales con muchos padres para que aceptaran los presupuestos con las mejoras que habíamos conseguido ajustar aunque sus hijos mayores o los más pequeños no fueran a disfrutarlas directamente, preparábamos fiestas o actos que quedaban fuera del horario laboral de los profesores. La escuela de verano que tantos sudores nos costó (literalmente, porque no hay quien pague aquellas carreras a la una del mediodía para recoger la comida en una empresa de catering y llevarla al comedor del colegio con las temperaturas del mes de julio) se quedó para siempre, y el nuevo parque infantil, y la pintura mural que nos hicieron unos graffiteros en todo el muro interior del patio del colegio. Y muchas otras cosas más.

Fueron años de muchas horas robadas al trabajo o al tiempo libre para intentar mejorar el entorno de nuestros hijos, sabiendo además que las mejoras que consiguiéramos se quedarían para las siguientes generaciones. Y no me arrepiento del tiempo invertido, que no perdido, pese a los desagradables inconvenientes del cargo, sobre todo la ingratitud de muchos padres que llegan al insulto personal si no se satisfacen sus pretensiones por muy peregrinas que sean, o las acusaciones gratuitas que se van haciendo bola en la rumorología del patio de un colegio de que la Junta directiva se está quedando dinero, o consigue beneficios escolares para sus hijos, y tonterías similares.

Resumiendo y al hilo con la reflexión de Ana, creo que las personas que se dedican a la política lo deben hacer por vocación al servicio público, porque no hay sueldo que compense la exposición que tienen que sufrir a la crítica pública, tanto de los medios como de la ciudadanía, y que además es inherente al cargo, no tienen más remedio que someterse a ella, aguantarla y asumirla, siempre que no se llegue a la descalificación personal que para mi no tiene ninguna justificación, ya vaya despeinada una ministra, tenga coleta un eurodiputado o la nariz grande un portavoz.

Pero hablando de sueldos, no creo que lo políticos estén mal pagados. Soy consciente de las horas que dedican al trabajo y que es difícil desconectar de este tipo de trabajo, pero desde los 654€ al mes del Salario Mínimo Interprofesional con el que tienen que sobrevivir muchos trabajadores con contratos basura gracias a la nueva reforma laboral, o los mil y algo de la mayoría de mileuristas que tienen suerte de no haber perdido su trabajo en los últimos años, la visión de un sueldo base de diputado que puede rondar los 5.000 euros al mes entre dietas y pluses de comisiones y todas esas cosas que se inventan, hasta los 60.000-100.000 euros anuales que llegan a cobrar ministros, alcaldes, asesores, etc. es un pelín desorbitada. Porque hay muchos mileuristas que le tiran también muchas horas a su pequeña empresa, o que no pueden desconectar del trabajo porque no saben si van a poder pagar la seguridad social a final de mes, o porque tienen tanto trabajo acumulado y tanto miedo a que les despidan o no les renueven que hacen horas extraordinarias sin cobrarlas.

Así que el servicio público para mí esta lo suficientemente bien pagado como para recompensar todos sus inconvenientes, incluida esa hiperregulación que seguramente dejará fuera a cualquiera que busque enriquecerse a costa nuestra.

De los salarios del sector privado mejor hablamos otro día, porque ahí ya entraríamos en disertaciones sobre la excesiva importancia del dinero como demostración del éxito profesional en determinados sectores y sobre todo, las desorbitadas diferencias salariales que se pueden dar en una misma empresa entre un trabajador y un alto directivo.

Con lo poco que se necesita para ser feliz, si estuviera todo mejor repartido.

forges

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