TECNO-ADICTOS

Anoche necesitaba más que nunca un podcast para dormir, últimamente es la única manera de desconectar con las cifras que me bailan en la cabeza, remanentes del trabajo. Así que busco un audio de historia, a ser posible de voz monótona y contenido poco apasionante para desmayarme lo antes posible. El caso, es que cuando puse el móvil en modo avión y le di al play pensé en lo complicado que era antes poder encontrar algo que escuchar a ciertas horas de la noche, o del día, y lo fácil que lo tenemos ahora, cualquier cosa, en cualquier momento.

Pat hablaba del sentirse visual lectora en esta era audiovisual, y yo también me siento así, a veces hasta anacrónicamente, sobre todo cuando miro a mi alrededor en el metro y me veo rodeada de ibooks. Pero reconozco que me costaría renunciar al nivel de tecnología del que gozamos en este momento y que poco a poco se ha ido colando en nuestras vidas, a veces hasta casi dominarlo.

Anoche, reflexionando sobre esto me vino a la memoria cuando mi hermana gemela y nos asomábamos a la ventana de nuestra habitación, que daba a un patio de manzana a espiar la televisión de unos vecinos del edificio de al lado, tenían televisión en color, y a nuestra casa todavía no había llegado, así que nos quedábamos tontas mirando los colores de los trajes que lucía en pantalla Sissi (si la emperatriz, soy de esa generación). Entonces nos parecía que no podríamos ver nada más asombroso.

Pero sí, no sólo podemos seguir asombrándonos con el “ahora más difícil todavía” de los televisores, smartphones y ordenadores que van renovando sus prestaciones tan deprisa que no da tiempo de que se estropee el modelo anterior para que ya este obsoleto para los nuevos sistemas operativos, si no que hay funciones que hace veinte años me habrían parecido de ciencia ficción y sin las que ahora no podría vivir. Poder consultar en Google cualquier duda al momento y que en cuestión de segundos obtenga una respuesta es algo adictivo a la par que inquietante (y no vamos a entrar en el poder de la información que daría para mucho).

Saber cuantos minutos te quedan para que salga el próximo metro para evitar tontas esperas en el andén. El tiempo que va a hacer dentro de unas horas. Si el concierto ha cambiado de sala en el último momento. Ese correo electrónico que esperabas. Información. Mucha información, incluso de la que no sirve para casi nada.

Y esto no ha hecho más que empezar. Hace unos días veía un reportaje sobre lo que está por venir, comunicación verbal con el ordenador, realidad aumentada y hologramas que nos harán pasar de lo real a lo virtual sin darnos cuenta, por no hablar de la revolución que supondrá la impresión 3D a largo plazo.

Me encantaría poder llegar a comunicarme con mi ordenador como en 2001 hacían con Hal9000, es decir, cuando los ordenadores sean capaces de desarrollar una inteligencia digamos “emocional” y no den respuestas automáticas pregrabadas. Eso ya lo hace la aplicación Siri de mi móvil, y aunque mi hija consigue casi cortocircuitarla a base de preguntas imposibles, no es lo mismo.

Aunque igual en ese momento deberíamos empezar a preocuparnos.

hal9000

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