LA FRONTERA

Aquella noche el concierto era especial, no sólo por el grupo, que era uno de mis preferidos desde su primer disco en el 85, sino porque iba a encontrarme con amigos que hacia un montón de años que no veía. Y tenía muchas ganas de volver a verlos.

Helena llegó puntual, locuaz y sobre todo, cool, muy guapa. Hacía más de veinte años que no la había visto pero parecía que solo dos días antes se nos hubiera hecho de día en Chocolate. Pedimos una tabla de ibéricos para tres pero todavía no sé si es que ella es vegetariana o que tenía tantas cosas que contar que no podía perder el tiempo en masticar… pero me encantó.

Manolo y Luisa aparecieron enseguida. Reencontrar a mi querido excuñado fue una alegría. Lo miraba y no me lo creía. También hacía muchos años desde la última vez. Fueron muchos pisos compartidos y muchos buenos momentos. Al poco rato me parecía estar de nuevo con aquel psychobilly con el tupé más puntiagudo que nunca vi. A Luisa no la esperaba y me encantó que viniera, no sé que tiene pero es una de las personas más dulces que he conocido.

Rosa, tras algunas vueltas intentando aparcar su coche llegó tan acelerada como siempre. La verdad es que no la recuerdo de otra manera. Cuando la conocí me pareció la chica más extrovertida que había conocido nunca, siempre estaba bailando, riendo, hablando… nunca te aburrías con ella cerca. Los hermanos Dalton son imprescindibles en mis recuerdos del pasado, cuando Declive era mi segunda casa. Y cuando la volví a ver hace un par de meses la miraba incrédula, porque parecía que no había pasado el tiempo, que todo seguía igual.

Con Samuel no perdí el contacto, y para mí nunca ha cambiado, sigue siendo aquel chico atento, alto y guapo que llenaba su ocho y medio de peña para ir donde fuera, a la Isla, Bravata, Chocolate… Era increíble la cantidad de gente que cabía en aquel coche. Conocía  a todo el mundo y se llevaba bien con todos, skins, rockabillys, punks… lo veo entrar en La Marcha con aquella sombra llamada Babe que siempre le acompañaba. A él le tengo un cariño especial (si no fuera por él…).

Juanjo tiene la misma sonrisa encantadora que cuando tenía aquella cara de niño, pero nunca le había visto con una melena tan larga. Mara está igual de guapa que siempre. Inma yo diría que está todavía mejor (será la paz interior). Arturo está estupendo… si no me fallaran tanto las neuronas y pudiera cubrir algunas lagunas mentales podría decir que está como hace 20 años, pero es que no me acuerdo.

Fue una época en la que vivíamos de noche, noches que se alargaban durante días. Un momento intenso, en el que nos creíamos tan únicos y distintos que no nos importaba nada más, teníamos nuestra música, nuestra estética, nuestra gente… Hubo momentos malos, y duros, pero sin embargo los recuerdo como los mejores años de mi juventud, los más intensos, los más interesantes.  

Algunos no vinieron al concierto-remember. Otros (demasiados cuando los enumeramos en la cena) ya no volverán. Pero los que estuvimos nos lo pasamos genial. La Frontera tocó como en sus mejores tiempos y fue un lujo poder disfrutarlos desde tan cerca. Aunque lo de menos… era el concierto.

Del resto… casi no me acuerdo. Demasiadas “Desperados”.

La resaca fue realmente horrible, menos mal que seis ibuprofenos y mucho amor consiguieron hacerla desaparecer a lo largo del día. Lástima de neuronas…

Y que bien sonaba La Frontera en el Camaro, con las ventanillas bajadas…

SR. MOSTAZA

Se hicieron de rogar, no media hora, o tres cuartos, sino diez días. Concierto en la sala El Loco la noche de Reyes. Bien, buena manera de empezar el año. Cancelación. La sala tiene “problemas” con el Ayuntamiento y no puede hacer conciertos. Nueva fecha, parece que los problemas se solucionan. Nueva cancelación. Personalmente creo que a la Doña no le gustó verse retratada por Tonino en la susodicha sala, y no se lo perdona, a fecha de hoy todavía no tienen los permisos necesarios y han tenido que suspender los conciertos de esta semana.

Por fin anunciaron fecha definitiva en una nueva sala. Y no podían haber elegido otro día más apropiado, mi cumpleaños empezaría más o menos a mitad de concierto, que más podía pedir… bueno pedir, pedimos varias rondas de cervezas y chupitos en la barra, pero yo hoy iba a hablar de la actuación…

Y el concierto fue, como siempre, sencillamente genial. Presentaban (con muchas ganas) nuevo disco “Podemos sonreír”. Letras irónicas e inteligentes, melodías alegres, los excelentes coros de Paco Tamarit, el piano, siempre presente y la aguda locuacidad de Luis Prado entre canción y canción. Flotando… multitud de influencias musicales compartidas que hacen de cada concierto una experiencia única… aunque ya sea el cuarto que veo de la banda en un par de años.

Estupendas canciones con un montón de referencias a momentos y situaciones cotidianas, guiños generacionales… y una increíble calidad musical. Y si los temas propios causan furor entre el público, para que hablar de la que se arma con sus versiones de Video Killed The Radio Star, Lady Madonna…

Hablando de flotar… ha sido mi primer concierto libre de humos y he de decir que es un gustazo poder ver con claridad el escenario, que no te piquen los ojos y no tener que airear toda la ropa al llegar a casa. La sala había habilitado un pequeño balconcito en una de las salidas de emergencia donde se podía salir a fumar, y pese a su pequeño tamaño, no es que hubiera que hacer cola para acceder a él. Parece que la prioridad era la música…

Y mi cumpleaños… acabó tan bien como empezó. En buena compañía, con amigos, al sol, una estupenda tarta de chocolate… y mucho amor.

Os dejo con las dos canciones que más me gustan de su anterior disco. “Somos poco prácticos” y “Todo me recuerda a ti”, una de sus pocas canciones tristes, o como dice Luis Prado “la canción más triste que he oído nunca”, y si lo dice el autor…

DE NUEVO SEÑOR MOSTAZA

Sábado. Por fin. Llevo una semana esperando el concierto, y la compañía.

Llegamos a la sala Wah-Wah con el tiempo justo pero todavía no han comenzado. Tomamos posesión de un trozo de barra y comenzamos la ronda de cervezas. En media hora Rebeca Jiménez sube al escenario y comienza su actuación, media banda Mostaza la acompaña. Sonaba bien, pero no le presté mucha atención, la verdad. Estaba en otras cosas.

Me acuerdo de un concierto al que no pude acudir y mando un sms. Ya he deshecho el empate. Gano 2-1.

Cuando Luis Prado sube al escenario y comienza a anunciar su actuación con su particular y divertido estilo, la sala está a rebosar y no podemos movernos. Para no repetir temas os remito a la del Escocés, que hizo una muy buena crónica del concierto en Madrid.

Sonaron muy bien, cantaron todos los temas que tenían que cantar y algunos más. Como siempre, sus versiones de “Waterloo” o “Video Killed the Radio Star” hicieron saltar al personal. No me acuerdo muy bien del resto de repertorio porque las rondas de cerveza alternadas con la de vodka rojo me producen unos recuerdos un tanto borrosos. Sé que me divertí un montón, me reí todavía más, disfruté con la música y me quedé con ganas de hacer una locura…

Claro, eso se paga. Y esta mañana (seguramente una hora después de lo que yo creía por lo del cambio de hora) me desperté con el clavo en mi cabeza. Puse todas mis esperanzas en la única pastilla de ibuprofeno que tenía en casa y el antifaz de frío para las jaquecas nivel 10, pero un par de horas después el clavo seguía allí, cada vez más profundo. No había nada que hacer, sentía el domingo perdido (precisamente este) y me juraba (otra vez) no volver a beber vodka rojo nunca más.

Pero no. Ha sido un domingo fantástico. Gracias a las endorfinas (y a tí). Estoy segura. Millones de ellas que al liberarse han hecho que el dolor desapareciera. No hay nada como encontrar una piel que te corresponda…

Y de fondo la música de Rodrigo Leâo. Músico portugués, miembro fundador del grupo Madredeus. No había oído nada de este compositor y reconozco que éste, su sexto disco, Cinema, del 2004, me ha enamorado.

Os dejo una canción, Deep Blue. Pero os recomiendo el disco entero. Con buena compañía y luz suave. O con los ojos cerrados y dejándote llevar. De cualquier manera, es un disco simplemente bello.

 

(Gracias por descubrírmelo)

 

QUIQUE

Once de la noche, hoy he malcomido y tengo un hambre que me muero. Mientras hacemos boca con una Sapporo (la marca de cerveza más vieja de Japón) analizamos el menú del Orient Express para no quedarnos con hambre.

Intentamos cenar con palillos para no desentonar, los gyoza se dejan coger, pero el plato de pad thai es más escurridizo y para el nasi goreng pedimos tenedor directamente. La charla y las otras dos Sapporo hacen que al final nos dejemos la mitad del segundo plato compartido. Directamente pasamos del postre.

Nos metemos en el coche, hace frío y llueve. Habrá que probar algo más fuerte, a ver si nos calentamos el cuerpo. Aparcamos en la puerta (Samuel siempre ha tenido este tipo de suerte) y entramos. Mientras buscamos un hueco en la barra mi amigo me da un codazo y me señala a un tipo muy delgado, de nariz ganchuda y pelo largo y desaliñado. Puedo sentir mis neuronas trabajando a doble velocidad de la normal. Lo conozco, de un pasado oscuro y borroso, pero estoy segura de que lo conozco, aunque me cueste situarlo. La búsqueda sólo me da un resultado, y me acerco hasta él sin pensarlo.

         Yo te conozco, tu trabajabas en La Marxa – me mira sin verme, con una leve sonrisa fijada en su cara, y sigue andando sin volverse.

         No está bien, parece ido – me dice mi amigo.

Nos tomamos un vodka rojo para entrar en calor mientras lo miramos flotar entre la gente, es casi transparente pero se recorre el local con determinación, cumpliendo alguna especie de misión que sólo él debe conocer. Es inevitable que la conversación derive hacia los amigos comunes que no volvieron de un mal viaje, o que se quedaron en él.

Cuando salimos está en la puerta, sólo, sonriendo.

         ¿Te llamas Quique verdad? – nos mira, sus ojos hacen un esfuerzo por reconocernos, pero solo asiente sonriendo.

         Tú trabajabas en La Marxa – Samuel me señala – con su hermana, ¿no te acuerdas de ella?

         Si… trabajé allí… hace mucho – me mira – lo siento… no me acuerdo… de mucho.

En ese momento dos tipos intentan entrar al local y Quique les cierra el paso.

         No podéis entrar. Hay mucha gente. Se tiene que vaciar un poco, hay 107 cabezas, no caben más.

Nos alejamos y lo dejamos allí, convenciendo tranquilamente a aquellos dos tipos de que no caben en el local, aunque a través de las ventanas se ve hueco suficiente para otras 20 cabezas más.

Samuel y yo nos miramos asombrados ¡Está contando cabezas! Eso es lo que hacía todo el rato, por eso no paraba de moverse. Supongo que así lo tienen entretenido.

Antes de subir al coche me giro y lo veo allí, en la puerta, todavía sonriendo, en su mundo. Se llamaba Quique y era un chico encantador.

En el coche suena Vetusta Morla.

Un día en el mundo. Vetusta Morla

QUE EL TIEMPO NO TE CAMBIE

Cae una fina lluvia en Valencia y por fin ha llegado el gran día, llevo esperándolo desde que me enteré que Tequila volvía a reunirse para tocar y deseándolo desde que los conocí hace veinticinco años.

Mi socio y yo hemos empezado los previos hace una hora, primero en el despacho entonándonos con Tequila a todo trapo en cuanto se han ido los últimos clientes y empleados, luego debajo del despacho, en el bar de siempre, mirando al cielo y rogando que dejara de llover.

Nos reunimos con el resto de amigos y nos dirigimos hacía la Plaza, sigue lloviendo pero no se suspende. Cuando entramos el primer grupo ya está tocando, Guille Milkway o lo que es lo mismo, La Casa Azul, acaba de empezar a tocar. Pop electrónico y divertido que hace bailar a todo el mundo, es ese tipo de música que te hace sacar el abba que todos llevamos dentro (es decir, que bailas haciendo el bobo, pero riéndote mucho).

Con el siguiente grupo intentamos acercar posiciones hacía el escenario. Me quedo pegada a cada paso que doy, la lluvia es fina e intermitente, no me molesta, pero el suelo es ya toda una capa de barro amarillo. Miro consternada mis botas nuevas, que hace un momento eran negras. Mi socio se parte de risa, y se me pasa el disgusto.

Los Orxata Sound System (se nota que son del país), mezclan música tecno, reggae, ska, hip-hop y lo que se tercie. Aunque no les hice mucho caso porque que durante su actuación estuve saludando a unos amigos que encontré y haciendo diversas colas (cervezas, lavabos, cervezas…). Incluso me perdí la lipotimia de mi amiga y su salvación de ser pisoteada entre el barro por parte de mi socio (no podía ser otro).

Y por fin Tequila entra en escena. No estaban todos, faltaban Julián Infante y Manolo Iglesias fallecidos hace unos años, y Felipe Lipe que se retiró de la gira en el último momento. Pero estaban Ariel y Alejo. A Ariel no he dejado de verlo nunca, le he seguido en solitario, con Los Rodríguez, y de nuevo en solitario, su música forma parte de muchos de mis momentos. Pero a Alejo nunca lo había visto en directo, y tenía grabada en mi cabeza la imagen de ese chico delgaducho que vestía pantalones de pitillo de colores chillones y bailaba como Mick Jagger, con esa voz suya tan personal. Y allí estaba ahora, con unos pantalones verdes pitillo, moviéndose un poco menos, pero con su inconfundible voz, dando gracias a los presentes por aguantar la lluvia sin paraguas.

El concierto fue genial, sonaron muy bien, cantaron todos sus clásicos y la gente saltó, coreó, y bailó todas sus canciones. A nadie le importó la lluvia que caía cada vez con más fuerza, y cuando acabaron queríamos más, hicieron un único bis, con un “Salta” apoteósico ante un público enloquecido.

Salimos empapados, embarrados y contentos. Mi socio (que se salía) y yo (muerta de la risa) alargamos un poco más la noche, hasta que no pudimos más. Fue una noche memorable, uno de esos conciertos que nunca se olvidan, como aquel de hace un año en Barcelona… (Casi con la misma resaca).

Y os dejo con las dos versiones de un mismo tema, “Que el tiempo no te cambie”, un directo de este año 2008 y una actuación de 1980. Yo creo que no hemos cambiado tanto ¿no?

 

Y para los que no conocen a La Casa Azul, les dejo uno de sus éxitos: Revolución Sexual. (Y se la dedico a Quino que una vez dijo que le gustaban).

CAMPAMENTO DE VERANO

Mañana mis hijos se van de campamento. Como tantos otros miles de niños a lo largo de este verano. Niños que van a petición propia, que repten del año pasado, a disfrutar de la naturaleza, a conocer, a descubrir… y niños que van obligados, porque aunque sea una experiencia vital muy buena para ellos, no hay otra opción, porque los padres trabajan, porque la otra opción es estar encerrados en casa de los abuelos todo el día, eso si hay abuelos con quien dejarlos… los míos son de este último tipo, aunque claro, yo les digo que deben ir por razones muy distintas, por supuesto. Ya van bastante a disgusto como para que se crean que quiero deshacerme de ellos.

“Te lo vas a pasar tan bien. Van tus mejores amigos, ¡seguro que será muy divertido!”. Intento convencerles, mientras recuerdo mis quince días de colonias a los once años, en un pueblecito de interior.

La primera vez que salía de casa. Por suerte iba con mi hermana, y un par de amigas de clase, pero yo tampoco quería ir. Como mis hijos ahora. Recuerdo los desayunos horribles de leche blanca (con nata) y galletas, las camisetas a rayas blancas y azules con falda a juego que sentaban horriblemente. La gimnasia obligatoria después de desayunar, la piscina de agua helada a la que acudíamos todas las mañanas, y los paseos por la tarde por la avenida del pueblo, arriba y abajo, y vuelta a empezar. Eran tiempos en que lo de los talleres de manualidades, los juegos para favorecer la psicomotricidad, y por supuesto el tan socorrido video o dvd todavía no se habían inventado. Pero he de reconocer que una vez pasados los primeros días, una vez aparcada un poco mi extrema timidez en la litera de arriba, donde yo dormía, me lo pasaba bien. Y en eso confío cuando enjuago las lágrimas de mi hijo, que lleva dos meses con la cuenta atrás, con la misma ilusión con la que aguardaban los jovenes su mili en Ceuta, y que me da las buenas noches como si fueran los últimos besos que me da en su vida.

Ahora, después de acabar las dos maletas, revolver armarios para encontrar las linternas, cantimploras y chubasqueros que llevan justo un año perdidos he repasado la lista de instrucciones que nos dieron y me he dado cuenta de que me he saltado la línea “marcar toda la ropa de los niños con su nombre”, pero miro las maletas cerradas, con toda la ropa plegada dentro y voy a confiar en la memoria de mis hijos para reconocer todas las camisetas y pantalones cortos que les compré ayer justo para esta semana…

Yo esta semana intentaré relajarme, tengo programadas unas 11 horas de trabajo diarias casi seguro, pero eso si, al final del día me podré desmayar sin tener que cuidar de nadie, que eso ya desestresa bastante. Y además aceptaré cualquier invitación a cervezas a partir de la puesta de sol…

Número Impar

 

Acabo de llegar ahora mismo de cenar con unos amigos, nuestros hijos son amigos y afortunadamente, entre afinidades y otros vicios, nosotros también, así se soporta mejor la salida con niños, cuando entras en un restaurante, taberna, tasca o terraza y los camareros miran horrorizados sin intentar disimular la que se les viene encima, tres matrimonios con sus respectivos hijos (2 de media por pareja).

El caso es que yo me separé hace un año, y claro, ahora yo soy el número impar, para repartir la cuenta, para contar las plazas…, y aunque, seguramente son imaginaciones mías en una noche complicada, en una muy difícil semana, dentro de un difícil mes, en un más que lamentable año, hoy me sentía también como una especie de número primo, incordiante e indivisible, y aunque los chistes fáciles sobre mujeres separadas me los hacen mis amigos para animarme… a veces me hacen sentir como si mi condición hubiera cambiado al no tener mi pareja complementaria al lado, (y que conste, que yo estoy tan a gusto sin tener que preguntar a un marido inapetente que le apetece cenar de la tan sabida carta de bocadillos de autor), pero a veces me siento rara (que no sola), o me hacen sentirme rara, es como si el mundo estuviera hecho para los diestros, para los que ven, y para los que estén casados/emparejados/o lo que sea.

Además, a la hora de pagar la cuenta siempre pasa lo mismo “¿dividimos por persona? O por parejas?, no por familias….” Y yo me dejó llevar, porque siempre fui de letras.