AMIGOS

Hay una canción de Drexler que dice “… yo también pensaba que era feliz… antes”, y así me siento yo ahora, “que no es que estuviera tampoco pasándolo mal…” pero no creí que podría ser tan feliz como lo soy ahora.

Hace poco más de un año que alguien entró en mi vida. Poco a poco, sin prisa, sin planes,  dejándose llevar. Y parece que fue ayer, que no era nada serio, que sólo íbamos a ser amigos… pero no, se quedó y sigue ahí, formando parte de mi presente de una manera tan intensa y apasionada que no me imagino mi vida sin él.

Y con él llegaron sus amigos. Ya me habían avisado…”son un poco raros… se conocen casi desde el colegio y se llevan bien… cuando se juntan todos son más de cincuenta…”. Todavía recuerdo el primer día que me los presentó, en una de sus fiestas multitudinarias. Paella al sol, niños corriendo, perros por todas partes… perdí la cuenta a partir de la octava presentación, creo que es el número máximo de nombres que puedo asociar a una cara en un mismo día.

Y un poco raro si me pareció, tanto, que creí que era una exageración. Porque a lo largo de la vida conoces a mucha gente, los de las noches de fiesta que desaparecen cuando se hace de día, los del instituto que no vuelves a ver, los de la facultad con los que perdiste el contacto cuando te echaste ese novio tan absorbente, los amigos de tu exnovio que dejan de serlo cuando rompes con él… pero amigos amigos suelen quedar unos pocos, los de verdad, los que aunque no veas muy a menudo siguen estando ahí cuando los necesitas. Los que cuentas con una sola mano.

Pero ellos no, son un montón (todavía no he podido concretar el número exacto porque se mueven mucho), se conocen desde hace tantos años que parece mentira que todavía tengan cosas que contarse… y aún así se juntan, se ríen, salen, juegan, comen juntos casi todos los fines de semana, o cenan, o meriendan, o se peinan…. Y se adoran.

Me encantan.

Creo que hay algo en ellos que ha hecho que su amistad sobreviva todos estos años al paso del tiempo, a las rupturas, a las nuevas llegadas, a los niños… y es su especial manera de ser, optimista y vital, el saber apreciar lo que realmente te hace feliz en la vida… una tarde de risas, al sol, con una guitarra de fondo…  

Esta tarde también ha sido así para mí. Me he escapado del despacho, con remordimientos internos porque tengo mucho trabajo atrasado, pero lo necesitaba. Y verlos disfrutar de la tarde y de la amistad con la naturalidad de quien lo hace casi todos los días me ha producido una gran y sana envidia.   

En el coche, volviendo a casa, pensaba en mi trabajo, en mis horarios, en mis necesidades creadas, en lo que tengo y en lo que no… y me he dado cuenta de lo que realmente quiero, de lo que es importante para mi, del tiempo que se me ha escapado ya y no podré recuperar…

Y de todo el tiempo que me queda…

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RENCORES

Yo nunca he tenido amigas íntimas, supongo que por mi condición de gemela. De pequeña si mi hermana se acercaba mucho a otra niña, es decir, que me dejaba más de cinco minutos para jugar con cualquier otra niña de la clase sin mí, me enfadaba y yo también me acercaba a otra niña que pasaba a ser mi “mejor amiga”. Eso iniciaba una guerra de celos un tanto infantil (claro, que éramos niñas) que podía durar días o semanas. Luego todo volvía a la normalidad.

Desde entonces no recuerdo haber tenido una amiga con quien compartir secretos e intimidades. Eso lo hacía (y sigo haciéndolo) con mi hermana. Y yo que siempre he rehuido los conflictos y que algún que otro inocente malentendido me ha causado problemas con alguna representante de mi sexo, prefería quedarme en el grupo de los chicos. Con ellos siempre sabía por donde iban. Mis mejores amigos siempre han sido hombres, que quizás era eso lo que me llevaba a algún malentendido…

El caso es que hace un par de años tuve mi primera mejor amiga. Estaba justo en el lugar adecuado en uno de los peores días de mi vida. Y me ayudó a superar malos momentos. Nos hicimos inseparables, realmente parecíamos novias. Creíamos que nuestra amistad era tan sólida, sana, madura y a la vez tan divertida y cómplice que iba a durar toda la vida. Compartimos días, noches, conciertos, amigos, compras, charlas, borracheras, confidencias… hasta que cometí el error de mezclar amistad y trabajo. Eso unido a un malogrado viaje compartiendo nuestros respectivos hijos me demostró que tampoco estábamos tan de acuerdo en todo. Las semanas siguientes a nuestra vuelta me siguieron demostrando que tampoco le importaba tanto mi amistad, porque no hizo nada por conservarla.

Intenté que mi “no-amistad” no interfiriera en el trabajo, pero por muy objetiva que quisiera ser fallaba, mucho y repetidamente. No cumplió nuestras expectativas ni de lejos. Y tampoco parecía que ponía mucho interés en conservar su puesto, con o sin amistad con los jefes. Así que llegó lo inevitable, su no renovación. Uno de mis peores momentos y a la vez una liberación. Desde el día que dejó el despacho no la había vuelto a ver. De eso hace dos meses.

Ayer nos tropezamos en el cine. De casualidad. Nuestras hijas son amigas. Afortunadamente estaba con otra madre que hizo que la situación no fuera tan violenta. Porque compartir palomitas y película con alguien que está intentando mirar para otra parte para que ni le dirijas la palabra es un pelín violento. Y yo además, y sin ánimo de fastidiar, la saludé y le pregunté que tal le iba. Su media sonrisa me sugirió unos cuantos epítetos que mejor no poner aquí. Pero yo se lo preguntaba en serio. Porque siempre me he querido llevar bien con mis ex, aunque sean amigas. Y porque, sobre todo, recuerdo los buenos ratos. Y fueron muchos.

Pero lo peor fue que mi hija llevaba deseando pasar una tarde a solas conmigo desde hacía semanas, y se la fastidiaron. Y no disfrutó de la película. Ni yo.

El resto de la tarde se me quedó un sabor de boca horrible. Y es que a mí el rencor me sienta fatal.