OPTIMISMO

Voy a intentar ser optimista después del post del lunes en el que Ana nos describe con cierto pesimismo (o hastío, o indignación… ya es difícil separar unos sentimientos de otros al contemplar la actualidad) esa realidad que nos rodea, tanto la cercana política, social o económicamente hablando, como la realidad global, este mundo en perpetua guerra y desigualdad en el que millones de personas intentan sobrevivir día a día a pesar de las zancadillas de unos pocos (quien dice zancadillas dice especulación en las bolsas con alimentos básicos, tráfico de armas, guerras encubiertas y desestabilización… y donde pone unos pocos pon unas cuantas corporaciones, multinacionales, grupos financieros y apellidos con mucho abolengo).

Pero para ser optimista tengo que apagar la televisión y elegir con cuidado las páginas de Internet que quiero abrir. Nada de noticias, ni corrupción, ni masacres, ni tragedias individuales o multitudinarias, y ya se que van a seguir ahí, pero a veces es necesario cerrar la puerta a la negatividad y pensar en otras cosas.

Escuchar música, diseñar recetas de cocina, planear donde escaparemos este verano, charlar con mis hijos de sus cosas, tan importantes y triviales a la vez que suponen un alivio ante las aburridas cavilaciones domésticas adultas. Todas esas pequeñas cosas que hacen que tengas ganas de seguir sonriendo sin sentir remordimientos por no poder cambiar el mundo.

Quizás mañana empiece una de esas curas de desintoxicación, unos días sin leer prensa digital, ni ver tertulias, pasando de largo los enlaces donde se hable de cualquier tema doloso y abriendo solo los que tengan un lindo gatito o un vídeo musical de YouTube. Bueno, y Instagram, que ahí son todo fotos bonitas.

Por lo pronto empezamos bien porque acabo de leer que seguramente Rita pierda la alcaldía.

Eso si me hace ser optimista emoticono

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Para Julio

Sí, soy feliz, estoy bien y me ha alegrado saber de ti, aunque sea de esta manera. Me gustaría poder preguntarte que tal estás, si ya ha pasado todo, si vuelves a ser feliz… pero estoy segura de que algún día volveremos a compartir un café, recuerdos y sonrisas, entonces me podrás contar… aunque tengan que pasar otros veinte años.

Mientras tanto… te quedan todos esos momentos enmarcados en fondo rojo.

Hasta siempre.

K.

AMIGOS

Hay una canción de Drexler que dice “… yo también pensaba que era feliz… antes”, y así me siento yo ahora, “que no es que estuviera tampoco pasándolo mal…” pero no creí que podría ser tan feliz como lo soy ahora.

Hace poco más de un año que alguien entró en mi vida. Poco a poco, sin prisa, sin planes,  dejándose llevar. Y parece que fue ayer, que no era nada serio, que sólo íbamos a ser amigos… pero no, se quedó y sigue ahí, formando parte de mi presente de una manera tan intensa y apasionada que no me imagino mi vida sin él.

Y con él llegaron sus amigos. Ya me habían avisado…”son un poco raros… se conocen casi desde el colegio y se llevan bien… cuando se juntan todos son más de cincuenta…”. Todavía recuerdo el primer día que me los presentó, en una de sus fiestas multitudinarias. Paella al sol, niños corriendo, perros por todas partes… perdí la cuenta a partir de la octava presentación, creo que es el número máximo de nombres que puedo asociar a una cara en un mismo día.

Y un poco raro si me pareció, tanto, que creí que era una exageración. Porque a lo largo de la vida conoces a mucha gente, los de las noches de fiesta que desaparecen cuando se hace de día, los del instituto que no vuelves a ver, los de la facultad con los que perdiste el contacto cuando te echaste ese novio tan absorbente, los amigos de tu exnovio que dejan de serlo cuando rompes con él… pero amigos amigos suelen quedar unos pocos, los de verdad, los que aunque no veas muy a menudo siguen estando ahí cuando los necesitas. Los que cuentas con una sola mano.

Pero ellos no, son un montón (todavía no he podido concretar el número exacto porque se mueven mucho), se conocen desde hace tantos años que parece mentira que todavía tengan cosas que contarse… y aún así se juntan, se ríen, salen, juegan, comen juntos casi todos los fines de semana, o cenan, o meriendan, o se peinan…. Y se adoran.

Me encantan.

Creo que hay algo en ellos que ha hecho que su amistad sobreviva todos estos años al paso del tiempo, a las rupturas, a las nuevas llegadas, a los niños… y es su especial manera de ser, optimista y vital, el saber apreciar lo que realmente te hace feliz en la vida… una tarde de risas, al sol, con una guitarra de fondo…  

Esta tarde también ha sido así para mí. Me he escapado del despacho, con remordimientos internos porque tengo mucho trabajo atrasado, pero lo necesitaba. Y verlos disfrutar de la tarde y de la amistad con la naturalidad de quien lo hace casi todos los días me ha producido una gran y sana envidia.   

En el coche, volviendo a casa, pensaba en mi trabajo, en mis horarios, en mis necesidades creadas, en lo que tengo y en lo que no… y me he dado cuenta de lo que realmente quiero, de lo que es importante para mi, del tiempo que se me ha escapado ya y no podré recuperar…

Y de todo el tiempo que me queda…

REGRESO

Anochece y vuelvo a casa. Por la parte superior de la ventana veo las luces de un avión que desciende. Me gusta cruzarme con ellos a esa altura de la autovía, cuando han iniciado la maniobra de aterrizaje y su panza con luces intermitentes ocupa casi todo el cielo encima de mí.

El avión me saca de mis ensoñaciones. Siempre que veía uno me preguntaba de donde vendría o adonde iría… con esa sensación de ligera envidia del que está atado a las responsabilidades, a las circunstancias, al tiempo… Pero hoy cuando el avión me ha sobrevolado no la he sentido.

Quizás es porque ahora mismo tengo la felicidad tan cerca de mí que sólo me apetecen las distancias cortas. Unos cuántos kilómetros para reencontrarme con el amor, los mismos que me devuelven de nuevo a los pocos días a casa, donde me espera más amor, del incondicional y absoluto.

Y hoy, moviéndome entre esos dos puntos, regresaba a casa, dejando otra casa atrás. Y siempre que hago el recorrido de vuelta, pongo la música alta e intento concentrarme en la carretera mientras mi cabeza se empeña en rebobinar, en recordar frases, miradas, sensaciones… alargando ese momento que está a punto de terminar. Y me dejo llevar por mi mente, disfrutando de estos últimos minutos, solo yo, la música y mis recuerdos.

El sonido de la llave en la cerradura hace que mi pequeño Buda se levante a recibirme. Un gran abrazo y una charla incontenida me acompañan por el pasillo. En el salón suena una guitarra.

Ya estoy de nuevo en casa. Aunque en mi cabeza todavía suena la última canción.

DIA DE REYES

Suena “Human” de The Killers. La cortina de agua no deja ver la carretera. Está diluviando y la autovía está casi desierta. Los pocos coches que circulan por ella lo hacen despacio y guardando las distancias.

Son las nueve de la noche de Reyes.

Lluvia, silencio, fuego en la chimenea, un beso. Música, una cerveza y la cena. Dormir muy juntos. Un te quiero entre sueños. El sol colándose a través de las ramas de un ciruelo. Zumo de naranja y croissant. Paseo sobre tierra mojada. Amor. Un buen libro. Arroz con verduras. Sofá, música y siesta. Ladridos lejanos. Conversación y unas fotos. Vuelve a ser de noche.

Tráfico intenso. Me esperan en casa. Ya no llueve, pero hace frío.

Suena “Human” de The Killers. Sonrío. Me ha encantado mi día de reyes.

SIDONIE

La felicidad esa noche tenía banda sonora con nombre propio. Sidonie cantaba al amor y yo sonreía. La gente que llenaba el local también sonreía, y cantaba. Era uno de esos momentos a los que solo le falta ralentizar la imagen para que formen parte de un anuncio de telefonía móvil.

Un tipo con barba y gafas de pasta bailaba, y sonreía. Estaba tan contento de estar allí que lo quería compartir con su amigo, que sostenía una cerveza con cara escéptica escondido tras unas interminables rastas. No se movía. Era prácticamente el único. Mientras su amigo danzaba a su alrededor, él movía la cabeza de un lado a otro. No sé si era un gesto de vergüenza ajena o de qué sabía de antemano que el grupo no le gustaba ni le iba a gustar.

La sala seguía llenándose de felicidad. Con cada canción parecía que se hinchaba más y más. Yo miraba a mí alrededor fascinada. En las salas pequeñas esa sensación es todavía más contagiosa, porqué no se pierde entre la multitud. Ves los límites de la sala, casi puedes ver los rostros de todo el público, y ver tanta gente feliz me asombra.

Aunque lo mejor era girarme y encontrarme con esos ojos azules que me sonreían sólo a mi. Fue una de esas noches que llenan mi maleta de momentos mágicos.

Nunca olvidaré ese beso con el sonido del sitar de fondo.

Fue un gran concierto. El grupo desplegó todo su encanto y repertorio. Desde sus canciones más psicodélicas del principio, pasando por Fascinado, Costa Azul y el último disco, El Incendio.

El tipo de las rastas seguía sosteniendo una cerveza, pero ahora también sonreía, y bailaba. Creo que Sidonie se ganó un nuevo fan.

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Feeling down 01 del álbum SIDONIE (2001).

Nuestro baile del Viernes del álbum COSA AZUL (2007).

VERANO

Hoy ha empezado el verano. Para variar en vez de un domingo casero con tres paquetes de pipas y la tercera entrega del Señor de los Anillos me habían invitado a comer una paella en el campo, así que me he levantado más pronto de lo que para mí es habitual en un festivo (mucho más pronto todo hay que decirlo) y tras desayunar y contestar el tercer grado al que me han sometido mis hijos (¿Quiénes van a estar? ¿Van a haber más niños? ¿De que edades? ¿La piscina tendrá mucho cloro? ¿Qué vamos a comer?…) nos hemos montado en el coche para salir de la ciudad.

Primera parada. Unos ojos azules a los que tenía ganas de ver, un picoteo y los niños disfrutando en la piscina mientras intentamos reponernos después de hinchar dos colchonetas a pulmón.

El que mis hijos aceptaran mi relación sentimental es algo que no me preocupaba hasta ahora. Ni me lo había planteado, no veía la necesidad de mezclar ambas cosas. Últimamente han coincido por diversas circunstancias y me he dado cuenta de que me gustaría que como mínimo no se resultaran extraños, que estuvieran cómodos, tampoco pido mucho más.

Por eso hoy era un día que esperaba a la vez que temía un poco. Mis hijos pueden resultar encantadores si se encuentran en su círculo, pero pueden volverse increíblemente huraños si se tuercen sus expectativas.

La segunda parada era el chalet donde íbamos a comer. Nada más cruzar la puerta, el primer vistazo me ha tranquilizado: piscina con tobogán y trampolín, una colchoneta elástica, un par de columpios, mucho cesped y hasta gallinas. Con un poco que lo intentaran, no se iban a aburrir.

Un baño refrescante. Buena compañía. Una guitarra que no ha dejado de tocar. Paella con caracoles y muchas risas.  Sobremesa con carreras y ping-pong. Una escapada para comprar helado con besos. El día estaba siendo perfecto.

Mi hija no ha parado. Varios baños en la piscina, muchos saltos en la colchoneta, carreras jugando al ping-pong con los mayores como si fuera una mas, sentada viendo tocar la guitarra, acariciando a los perros que se dejaban y observando las gallinas. Me encanta verla disfrutar de la vida. Relacionarse y pasárselo bien. Ha acabado roja por el sol y agotada, pero se ha divertido mucho.

Mi hijo… a ratos. Nada más comer ya se quería ir. Llega un momento en que parece tomar la solemne decisión de que ya no se lo va a pasar bien, y no hace el más mínimo esfuerzo por divertirse. Simplemente espera. Me mira y espera. Hoy he tenido suerte porque se había traído su consola, de lo contrario habría tenido a mi pequeño gran buda traspasándome la nuca con su mirada aniquiladora paralizante (es que pone cara de lanzar rayos por los ojos). Tras varios intentos de que se mueva, reaccione o juegue con su hermana, acabo por ignorarlo. Siempre había creído que los padres eran los aguafiestas de los hijos, pero a mí me ha tocado al contrario (por ahora).

Mi amor… simplemente ha estado genial. Intentando que ellos estuvieran cómodos y que yo me sintiera feliz, lo que no le resulta nada difícil. Me ha encantado ver a mi hija jugando al tenis contra él al final de la tarde. Me habría gustado prolongarlo hasta la noche, pero el creciente enfurruñamiento de mi hijo me pedía volver a casa. Tampoco hay que forzar las cosas. No pierdo la esperanza, supongo que algún día se relajará, aceptará que las sorpresas existen y los planes se cambian y comenzará a disfrutar de la vida. Total, le faltan dos años para la adolescencia y ahí seguro que se vuelve del revés.

Por lo demás, ha sido un inicio de verano estupendo. No es mi estación del año favorita, pero este año promete.