Mi pequeño Buda

Mamá, ¿Por qué se fue papá?, ¿Por qué roncaba?” – la pregunta hace que se me caiga la fresa que estoy troceando. Llevamos unos días intentando superar unas noches más que difíciles, sencillamente largas, y cansadas. Mi hijo mayor lleva mal mi divorcio, al principio parecía que se lo había tomado bien, es el mayor, responsable y tranquilo, y pese a la tristeza de la desaparición de su padre de la rutina diaria, seguía siendo ese niño feliz que sonreía todo el rato, y que se reía, que reía mucho.

Mi pequeño Buda, siempre lo he llamado así, porque irradia felicidad y optimismo… pero hace unos meses empezó a estar más callado, a veces triste, y yo no me di cuenta al principio, pero dejó de dibujar que era lo que más le gustaba, de construir sus legos de tropezientas mil piezas, en el colegio se quedaba sentado en un rincón observando jugar a sus amigos, y un buen día empezó a llorar, tranquila y quedamente, sin grandes dramas, sin motivo aparente, solo le resbalaban las lágrimas por las mejillas mientras le temblaba la barbilla, y él con sus diez años de talla 12 intentando tragar saliva, que no se le notara, avergonzado, y yo no lo veía llorar así desde que era pequeño, mucho más pequeño, y no entendía nada, pero me sentía culpable.

Una noche se acercó a mi cama, arrastrando el pijama: “Mamá, es que cuando cierro los ojos me siento solo”. El sabía que no lo estaba, sabía que yo estaba allí, que su hermana también estaba allí, no pude consolarle y sabía que en el fondo estaba asustado, muy asustado, creo que se había dado cuenta de que su pequeño mundo, el que él había conocido hasta ese momento, se había roto, se había partido por la mitad. No pude consolarle, solo lo metí en mi cama para que durmiera a mi lado, y no se sintiera solo.

Nos costó varias visitas al psicólogo hasta que reconoció que echaba de menos a su padre, y aprendió a expresar sus miedos, a pedir lo que necesitaba, a aprender a crecer y asumir que no todo sale siempre bien. Y volvió a sonreír, era otra vez él. El día que nos dieron el alta, salimos de la consulta y nos fuimos a merendar para celebrarlo.

De eso hace un mes.

Hace una semana que no quiere dormir. Está convencido que no va a poder dormirse, y si está despierto en la cama llora, no quiere pensar, a ratos dice que es miedo, a ratos que se siente solo, y ayer después de intentarlo todo, de sentarme en su cama y hablar, de intentar que me cuente lo que siente, de hacerle reír… a las 3 de la madrugada mientras lloraba suplicándome con los ojos que no me fuera de su habitación, que no le dejará solo, me dijo: “Dos cosas: una, que sigo echando de menos a papá y dos, que quiero volver a ir a hablar con la doctora Raquel”. Y me lo volví a llevar a mi cama, para que él durmiera, porque yo solo podía mirarle dormir con el corazón roto por la impotencia de ser la causante de su tristeza, de una tristeza que yo nunca conocí a su edad, y que no se como aliviarle.

Por eso me ha sorprendido su pregunta, porque nunca ha querido hablar conmigo del tema, porque nunca me había hecho esa pregunta, tan sencilla y tan difícil de contestar.

Esta noche se ha dormido enseguida. No pierdo la esperanza.

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