CAMPAMENTO DE VERANO

Mañana mis hijos se van de campamento. Como tantos otros miles de niños a lo largo de este verano. Niños que van a petición propia, que repten del año pasado, a disfrutar de la naturaleza, a conocer, a descubrir… y niños que van obligados, porque aunque sea una experiencia vital muy buena para ellos, no hay otra opción, porque los padres trabajan, porque la otra opción es estar encerrados en casa de los abuelos todo el día, eso si hay abuelos con quien dejarlos… los míos son de este último tipo, aunque claro, yo les digo que deben ir por razones muy distintas, por supuesto. Ya van bastante a disgusto como para que se crean que quiero deshacerme de ellos.

“Te lo vas a pasar tan bien. Van tus mejores amigos, ¡seguro que será muy divertido!”. Intento convencerles, mientras recuerdo mis quince días de colonias a los once años, en un pueblecito de interior.

La primera vez que salía de casa. Por suerte iba con mi hermana, y un par de amigas de clase, pero yo tampoco quería ir. Como mis hijos ahora. Recuerdo los desayunos horribles de leche blanca (con nata) y galletas, las camisetas a rayas blancas y azules con falda a juego que sentaban horriblemente. La gimnasia obligatoria después de desayunar, la piscina de agua helada a la que acudíamos todas las mañanas, y los paseos por la tarde por la avenida del pueblo, arriba y abajo, y vuelta a empezar. Eran tiempos en que lo de los talleres de manualidades, los juegos para favorecer la psicomotricidad, y por supuesto el tan socorrido video o dvd todavía no se habían inventado. Pero he de reconocer que una vez pasados los primeros días, una vez aparcada un poco mi extrema timidez en la litera de arriba, donde yo dormía, me lo pasaba bien. Y en eso confío cuando enjuago las lágrimas de mi hijo, que lleva dos meses con la cuenta atrás, con la misma ilusión con la que aguardaban los jovenes su mili en Ceuta, y que me da las buenas noches como si fueran los últimos besos que me da en su vida.

Ahora, después de acabar las dos maletas, revolver armarios para encontrar las linternas, cantimploras y chubasqueros que llevan justo un año perdidos he repasado la lista de instrucciones que nos dieron y me he dado cuenta de que me he saltado la línea “marcar toda la ropa de los niños con su nombre”, pero miro las maletas cerradas, con toda la ropa plegada dentro y voy a confiar en la memoria de mis hijos para reconocer todas las camisetas y pantalones cortos que les compré ayer justo para esta semana…

Yo esta semana intentaré relajarme, tengo programadas unas 11 horas de trabajo diarias casi seguro, pero eso si, al final del día me podré desmayar sin tener que cuidar de nadie, que eso ya desestresa bastante. Y además aceptaré cualquier invitación a cervezas a partir de la puesta de sol…

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TENGO UNA CAJA

Tengo una caja, la tengo hace mucho tiempo, antes de mis hijos, antes de mi ex, antes de mi anterior ex… hubo un momento que hasta se me olvidó que la tenía, pero siempre reaparecía de nuevo. En ella guardaba recuerdos, solo los que yo consideraba lo suficientemente importantes como para no olvidarlos, en el fondo de la caja se amontonaban un par de cartas de mi primer amor, poemas y dibujos dedicados para mi, alguna foto, postales de una amiga desde Londres, cuando Londres estaba lejos, más lejos que ahora, entradas a todos los conciertos a los que fui, algún instante detenido en un pequeño objeto que solo tenía significado para mi y encima de todo esto, las cartas de un amigo, un amigo que me escribió hace mucho tiempo, cuatro cartas preciosas para mi aunque no lo supiera cuando las recibí… y fueron las primeras que encontré hace más de un año, la noche que volví a abrir mi caja y se volvieron a unir el pasado y el presente.

Hace poco la volví a abrir, tenía que guardar en ellas nuevos recuerdos, momentos plasmados en pequeños trozos de papel, escritos con trazos rápidos y tiernos, un cuaderno a medio escribir con muchas noches de insomnio en sus páginas, una fotografía en blanco y negro… lo metí todo mezclando el pasado con el presente, hasta que se confundieron con una misma letra las cartas, los momentos, los recuerdos… y la cerré, mientras una lágrima se me resbalaba por la mejilla y quedaba atrapada dentro, sobre una frase que decía “… con todo mi corazón, (que tu has hecho enorme)”.

 

The Beatles – Free as a Bird