8 de marzo

Princesa-Leia

REFORMA O REVOLUCION

Cuando era joven, inocente e idealista (por ese orden) estaba convencida de que podríamos cambiar el mundo. Ese sistema que repartía la riqueza de una manera tan injusta no podría sobrevivir mucho tiempo, porque era antinatural y abusivo. Simplemente no era justo y acabaría extinguiéndose, mutando naturalmente en un nuevo orden más igualitario y equilibrado.

Han pasado muchos años desde entonces, demasiados para contarlos, y nuestro sistema sigue igual de podrido. Nunca una gangrena duró tanto sin matar el cuerpo que la soporta.

Entonces creía, igual que aquellos pensadores de la ilustración del XVIII, que el pensamiento moderno, los avances científicos y tecnológicos y el laicismo estatal (si, hasta en eso tenía esperanzas), o sea la razón humana, podría combatir la ignorancia, la superstición y la injusticia y construir un mundo mejor. Crecí con la transición, y aquella época de libertades recién ganadas supongo que influyeron en la idea de que se podía reformar el sistema poco a poco, por medio de las urnas, de las ideas y del diálogo.

Ahora creo que hace falta algo más radical, más contundente, una revolución que agite no solo conciencias, sino aquellos pilares del sistema que sustentan los peores vicios de nuestro actual sistema económico y político: corrupción, codicia, mentira… los que ostentan el poder no van a renunciar a sus privilegios así que todos los que estamos por debajo de ellos, esa gran mayoría hasta ahora silenciosa somos los que tenemos que desafiar a los que mandan, a los que lo hacen desde el poder político y económico, los que mantienen a toda costa sus prebendas, aprobando leyes que blindan sus prerrogativas, monopolios y fortunas.

Por eso no creo que se pueda reformar el sistema desde dentro, desde las actuales instituciones existentes porque están demasiado corrompidas y vendidas al poder económico y los intereses privados de unos pocos. Los que ostentan el poder político ahora acabaran situados en los sillones de los consejos de las grandes empresas mañana.

Creo ahora más que nunca que la revolución se debe iniciar desde abajo. De manera pacífica pero constante, que nuestros pequeños cambios, esos que Ana defendía, vayan transformando poco a poco a la sociedad y con ella a un sistema más justo y equitativo para todos. No hay que dejarse arrastrar por la resignación o el escepticismo, las movilizaciones sociales están demostrando que sirven para algo, ahora somos una sociedad más crítica e informada, así que no dejamos que nos manipulen con facilidad.

Podemos empezar por cambiar cosas en nuestro pequeño mundo: elegir el consumo responsable sin caer en la compulsión y el desenfreno que la publicidad nos quiere vender a cambio de una falsa felicidad, comprar en los comercios del barrio para mantenerlos vivos en vez de dar de comer a las grandes superficies y multinacionales, poner nuestros ahorros o simplemente nuestras nóminas en bancos éticos que sean transparentes y solidarios, educar a nuestros hijos para que en el futuro sean solidarios y responsables con su entorno… hay tantas pequeñas cosas.

Convencernos de que con menos se puede ser más feliz.

 

INDIGNACION

Ayer cuando volvía a casa en mi coche escuchando las noticias tuve la sensación descorazonadora de que no había nada que hacer, que toda aquella energía desplegada en tantas plazas no había servido para nada, que la inmensa mayoría seguía teniendo miedo a arriesgar, revelarse, cambiar…

Esta última semana ha sido intensa y emocionante. Cuando el jueves por la tarde me acerqué a la Plaza del Ayuntamiento con mis hijos esperaba encontrar gente concentrada, por lo menos unos cientos, pero cuando cruzamos la calle Lauria hacia la parte central de la plaza y empezamos a buscar hueco por donde asomarnos me di cuenta que aquello superaba hasta la mejor de mis expectativas. Prácticamente toda la superficie central ocupada por un círculo de gente sentada en el suelo que sacudía constantemente las manos en alto en señal de aprobación a lo que allí se estaba diciendo, y varias filas de personas de pie que llenaban los huecos entre los puestos de flores que la bordean.

Allí había miles de personas. No me lo podía creer. Sin siglas, ni partido político que tirara de convocatoria, solo el boca a boca e Internet, y un montón de gente de todas las edades intentando cambiar algo, por fin despertaba la conciencia colectiva.

Intenté escuchar pero la megafonía no era suficiente para los que estábamos al final del todo, así que dimos una vuelta completa, intenté explicarles a mis hijos que hacían todas esas personas reunidas y nos impregnamos de ese aroma tan especial que tiene la sensación de rebeldía e inconformismo y que hacía tantos y tantos años que no había respirado. Reconozco que me costó alejarme de allí.

Estaba deseando compartir esa sensación con alguien muy especial y la noche siguiente pude hacerlo, con concierto de por medio, pero estuvimos en la plaza. Y la emoción se contagiaba, incluso para mi, que como muchos otros de mi generación hemos visto pasar otros momentos en los que parecía que íbamos a cambiar el mundo, aunque luego la realidad nos demostraba que no, que el sistema es aplastantemente poderoso. Pero nunca se pierde la esperanza, sobre todo si es compartida.

Y hoy, después de oír multitud de análisis, leer un montón de gráficas y porcentajes, ver regocijarse en la alegría de la victoria a los lideres ganadores, entonar el mea culpa a los esperados perdedores y comprobar con alegría que las plazas siguen llenas y la indignación permanece, tengo asumido que el cambio es posible. Sin prisa pero sin pausa.

Y que mejor imagen para ilustrar este post que la fotografía que un amigo tomó en la Plaza el viernes por la mañana, la que se convirtió en pocas horas en la representación del espíritu de toda esta revolución espontánea.

Jacobo Méndez Díez. Plaça 15 de Maig