NORMALIDAD

La vuelta a la normalidad, una de las frases más escuchadas en los dos últimos días… Yo ya no sé cual es mi normalidad.

Han sido dos meses en que mi rutina se ha vuelto tan del revés que ahora que he regresado a mi nevera, a mi cama y a mi mundo, me cuesta recuperarla, encontrar las cosas, dormir con la ventana cerrada para no escuchar los coches… me quedo mirando la pantalla del ordenador (por fin con cobertura) y no sé que buscar, por donde empezar…

Me tumbo en la cama y miro el ventilador del techo dando vueltas encima de mí y hago planes, aunque sé que luego no los cumpliré. Echo de menos otro dormitorio, más pequeño pero más grande a la vez, porque se podía ver el cielo desde la cama, y en las noches con luna no hacía falta otra luz para mirarse a los ojos.

Mañana es viernes, mejor dejo lo de centrarme para el lunes, que es un buen día para empezar propósitos, o apuntarse al gimnasio, o empezar fascículos…

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Relato: PIEZAS

Jueves. Mañana es viernes. Pronto vendrá el fin de semana. Otra semana más. Otro mes más. No sé cuanto tiempo llevo intentando poner orden en mi vida sin conseguirlo. Quizás años. Quizás siempre.

Salgo de casa. Llego tarde y tendré que coger el metro. Prefiero caminar que perder quince minutos intentando aparcar. Lo peor son los empujones, el olor de la gente, la suciedad…

Tribunal. He llegado. Salgo al exterior. Hace calor y me arremango. He tenido que ponerme una camisa de manga larga, ya no me quedaban de manga corta, ni una miserable camiseta limpia, ni mucho menos planchada.

Trabajo en una agencia de seguros. De nueve de la mañana a dos de la tarde. A las cuatro vuelvo otra vez, hasta las ocho, a veces las nueve de la noche. Depende de los clientes. Cada vez cuesta más convencer a la gente… pero hay que cumplir objetivos.

Desando el camino hacia casa. Todavía hace calor, el asfalto está recalentado. Bajo las escaleras hacia el andén. Más calor, peor olor que esta mañana.

Abro la nevera. Los envases y latas ordenados por tamaño y orden de caducidad. Así lo tengo todo a la vista. Ya no se me estropea nada, es lo único que llevo al día. Hago la compra por Internet, desde el trabajo, cuando me quedo solo, a mediodía. Comida preparada. Máximo 5 minutos de cocción en el microondas. No quiero perder más tiempo.

Miro la televisión mientras mastico las albóndigas, directamente desde el envase de plástico. Retransmiten un partido pero no identifico los equipos. Cambio de canal. Un tipo está persiguiendo a una mujer que chilla, lleva un cuchillo, la mujer chilla todavía más mientras la música va in crescendo. Demasiado ruido. Apago el televisor. Tengo sueño pero sé que no puedo dormir. Todavía no.

El piso es grande, antiguo, de muchas habitaciones y techos altos. Lo compré vacío, cuando me separé. Amueblé únicamente el salón y mi dormitorio. No necesitaba más. No quería visitas. Mis amigos me regalaron varios puzzles, para que me entretuviera, para que superara la tristeza por el abandono de mi mujer. Tardé en empezar el primero. Era de 6.000 piezas. Mapamundi antiguo. Todo un reto teniendo en cuenta que no había vuelto a hacer puzzles desde mi niñez. Escogí la habitación al lado de la entrada. Me costó meses. Días y noches de desesperación. Probando una pieza tras otra. Cuando miré mi tapiz de minúsculas piezas extendido sobre el suelo fui incapaz de romperlo para devolverlo a su caja.

En el cuarto contiguo hay 8.000 piezas que forman La Escuela de Atenas, de Rafael. Ese me fue más fácil por su colorido. Conocía la pintura y pude situarlas más fácilmente. Las 10.000 de La rendición de Breda, de Velásquez, sí se me resistieron. Los tonos del cielo, las lanzas… estuve a punto de abandonar, pero al final lo conseguí.

Con las 18.240 piezas del Retablo de Santa Columba de Van Der Weyden estuve un año. Cuando coloqué la última pieza lloré. Sus dos metros y medio ocupan la estancia más soleada de la casa. Es magnifico contemplar esos rojos, azules, dorados… los pliegues de los vestidos, las posturas hieráticas…

Tiro el envase y el tenedor de plástico a la basura. Me dirijo hacía lo que fue el dormitorio principal. Es lo suficientemente grande. Piezas de múltiples colores están esparcidas por el suelo, otras dentro de la caja. Hay trozos de cielo surcados por constelaciones de color rosa en la esquina derecha. Planetas y globos de colores parecen querer escapar a través del zócalo. Recorro con la vista los cuatro metros de la parte superior. De las 24.000 piezas he debido colocar unas 8.000.

Son las tres de la mañana. Lo he dejado por hoy. Llega un momento en que se me empiezan a mezclar los colores, se difuminan los bordes. Es el momento de dejarlo. Tengo que cuidar mi vista o no podré acabarlo. Miro el ventilador girando en el techo. La sombra de las aspas rompe los reflejos de luz que entran por la ventana. Un coche enfila la calle a ritmo de reggaeton. Cierro los ojos.

Suena el despertador. Tengo sueño. Hoy es viernes. Otra semana más.  Mañana podré dedicarle más tiempo.  Visualizo la imagen acabada. Un paisaje lleno de color, luz, tierra, mar, aire, espacio… se llama “Vida”.

Calculo que con cuatro horas diarias lo podré acabar antes de un año.

No sé lo que haré después.