Relato: BUENO… ME TENGO QUE IR (O.K… I gotta go now)

Siempre que podía contaba esa anécdota. Nadie le creía pero él juraba por sus muertos que todo lo que decía era cierto.

Al finalizar el verano del año 2004 la empresa de seguridad para la que trabajaba le anunció que le trasladaban. Le faltaban pocos años para la jubilación y había hecho méritos suficientes para ganarse un buen destino. Desde el primer momento en que pisó las instalaciones que tendría que vigilar a partir de esa noche, le inundó una agradable sensación de paz.

Durante semanas no tuvo ningún problema, exceptuando las visitas de algunos intrusos que de vez en cuando intentaban colarse saltando la tapia que separaba las celebridades del mundo exterior. Solían ser curiosos que no respetaban los horarios en los que se podía entrar libremente y a los que bastaba con una amonestación y alguna amenaza de arresto para que se marcharan avergonzados.

Una vez el recinto cerraba al público aprovechaba para darse una vuelta por los jardines mientras observaba a los empleados de mantenimiento recoger herramientas y maquinaria. Sólo trabajaban a última hora de la tarde, para no estropear las fotografías de los turistas. Luego desaparecían.

A un lado estaban los estudios Paramount, con sus grandes naves y decorados a lo largo de todo el muro este. Por el lado contrario discurría Santa Mónica Boulevard, lleno de hoteles, restaurantes, clubs y mucha vida nocturna. Sin embargo, cuando empezaba su turno y llegaba al borde del gran lago artificial ya se había olvidado de que se encontraba en medio de una de las ciudades más grandes del mundo. Se sentaba en uno de los bancos y escuchaba el murmullo del agua, cerraba los ojos y se dejaba llevar por la misma brisa que agitaba las ramas de los frondosos árboles que le rodeaban.

Cuando todo el mundo se había marchado se encerraba en la garita de control donde vigilaba los monitores. Era un trabajo tranquilo así que cuando empezaba a aburrirse de observar las pantallas sacaba su revista de crucigramas y se dedicaba a intentar resolver los blancos, sus preferidos. Y nunca pasaba nada.

Hasta el 15 de septiembre. Se acordaba porque fue el día del cumpleaños de su mujer, habían cenado fuera y casi llega tarde. Esa noche, cuando empezó su primera ronda por el exterior, oyó música. Al principio creyó que venía de la calle, de algún coche aparcado al otro lado del muro, de alguna fiesta cercana… pero se oía desde dentro de los muros, al lado de la gran fuente. Y cuando se acercaba el sonido desaparecía.

Aguantó dos noches más. Escudriñaba los monitores pero en el exterior todo seguía tranquilo. Sin embargo escuchaba guitarreos a un ritmo desenfrenado, tonadas que le eran familiares pero que no reconocía porque parecían venir de muy lejos.

La tercera noche cogió su linterna y se dispuso a encontrar el escondite de los gamberros que parecían querer reírse de él.

Salió de las oficinas y se dirigió hacia el lago. Agarraba con fuerza la linterna mientras alumbraba donde pisaba, la música se oía cada vez con más claridad. Guiado por el sonido fue encaminando sus pasos hasta que creyó que en el próximo haz de luz descubriría a un grupo de jóvenes sentados en el césped con su equipo de música, riéndose de él, no entendía como no echaban a correr, debían verle llegar desde lejos. Empezó a inquietarse.

La piedra de mármol era tan negra que no la distinguió. Al caer la linterna iluminó una lápida cercana, había un extraño nombre “Dee Dee Ramone – september 18, 1952 – June 5, 2002” y un poco más abajo en letra más pequeña “Ok… I gotta go now”. Se volvió hacia la lápida que había provocado su caída, sobre el negro destacaban unas letras blancas: “JOHNNY RAMONE – October 8, 1948 – September 15, 2004”. La música le envolvía, no sabía si sonaba debajo de él, al lado… asustado alumbrada a su alrededor intentando ver algo, pero sólo escuchaba ese sonido infernal…

Un poco más lejos escuchó una voz que repetía rítmicamente “Hey, ho, let’s go!… Hey, ho, let’s go!…”

Soltó la linterna y echo correr. Nunca más volvió.

Dicen que en el Hollywood Forever Cemetery algunas noches se oyen lejanos sonidos distorsionados, una guitarra, un bajo y una voz… algo hace que suenen incompletos, como si estuviesen esperando… un batería.

 

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Este mes Joey Ramone habría cumplido 60 años por eso he decidido reeditar este relato que escribí para el Club de los Jueves hace casi tres años. Cualquier excusa es buena para volver a escucharlos…

 

Jeffrey Ross Hyman “JOEY RAMONE“, 19/05/1951-15/04/2001 descansa en el Hillside Cemetery de Nueva Jersey.

Douglas Glenn Colvin “DEE DEE RAMONE”, 18/09/1951-5/06/2002 y John Cummings “JOHNNY RAMONE“, 8/10/1948-15/09/2004 descansan en el Hollywood Memorial Cemetary. Los Angeles, California.

 

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FIEBRE DEL SABADO NOCHE

Cuando ese adolescente que todos llevamos dentro se empeña en dejarse llevar, es casi seguro que el supuesto cerebro maduro que intenta controlar nuestros actos pasará factura al día siguiente, valiéndose de otros órganos claro, aunque sólo sea para que la próxima vez nos lo pensemos un poco mejor.

Cervezas y vodka rojo, el Turmix, música cañera y buena compañía. Dos horas que pasan volando. Cambio de local, callejeamos por el Carmen… por fin encontramos el coche. Cruzamos una ciudad casi desierta.

Club de moda, gorilas en la puerta. Pasamos los cinco y sin pagar… por los pelos. Chaquetas al guardarropía y nos acercamos a la barra más próxima. Yo no hago caso de la música, es electrónica, no me gusta. Prefiero hablar, aunque haya que gritar un poco. Y así entre un viaje a Vietnam, un desamor reciente, probar el ron Flor de Caña y repetir, música, amistades rotas, nuestro próximo viaje, otro en el que me quieren liar, mirar alrededor y ver que las cosas al fin y al cabo siguen igual que hace años, pasan las horas.

Los juegos de luces le dan un aire de irrealidad al espacio, que se acrecienta cada vez que un espeso (y maloliente) humo es despedido desde la mesa de mezclas del Dj, ese es el momento en que aprovechamos para cambiar de ambiente, en la parte alta no hay humo. Tengo la impresión de que suena la misma música durante todo el rato, sin ninguna variación, con la misma y repetitiva sucesión de sonidos pregrabados, lo que me ayuda a perder la noción del tiempo, simplemente me olvido de que existe.

 

Recuerdo otras discotecas hace muchos años, cuando lo que sonaba era música de verdad, cuando los Dj te llevaban de una canción de The Cramps a otra de The Chameleons, pinchando toda clase de música sin ningún tipo de prejuicio, pop, after-punk, industrial… Tuve la suerte de pasar muchas horas en las cabinas de algunos de los mejores y siempre me fascinó su facilidad para manejar los vinilos y la mesa de mezclas mientras aguantaban los auriculares sobre una sola oreja, al borde la contractura, y durante sesiones de más de diez horas. Luego llegó el house, y se acabó una época.

Un recogevasos me pide paso, devolviéndome al presente. Lo observo alejarse y un recuerdo lejano me hace sonreír.  

.

Hace frío. Casi amanece. Volvemos a casa entre risas. Como adolescentes.

El domingo mi cerebro se encarga de que no olvide la noche anterior. Le ayuda parte del aparato digestivo por supuesto.

La pena es que tengo una memoria tan selectiva…

.

Y para contrarrestar tanta música no-música, voy a poner rock de verdad (para que veas que no me he vuelto tan blanda).

 

The Strokes. Reptilia.

Relato: “Ok… Me tengo que ir”

 

Siempre que podía contaba esa anécdota. Nadie le creía pero él juraba por sus muertos que todo lo que decía era cierto.

Al finalizar el verano del año 2004 la empresa de seguridad para la que trabajaba le anunció que le trasladaban. Le faltaban pocos años para la jubilación y había hecho méritos suficientes para ganarse un destino tranquilo. Desde el primer momento que pisó las instalaciones que tendría que vigilar a partir de esa noche le inundó una agradable sensación de paz.

Durante semanas no tuvo ningún problema, exceptuando las visitas de algunos intrusos que de vez en cuando intentaban colarse saltando la tapia que separaba las celebridades del mundo exterior. Solían ser curiosos que no respetaban los horarios en los que se podía entrar libremente y a los que bastaba con una amonestación y alguna amenaza de arresto para que se marcharan avergonzados.

Una vez el recinto cerraba al público aprovechaba para darse una vuelta por los jardines mientras observaba a los empleados de mantenimiento recoger herramientas y maquinaria. Sólo trabajaban a última hora de la tarde, para no estropear las fotografías de los turistas. Luego desaparecían.

A un lado estaban los estudios Paramount, con sus grandes naves y decorados a lo largo de todo el muro este. Por el lado contrario discurría Santa Mónica Boulevard, lleno de hoteles, restaurantes, clubs y mucha vida nocturna. Sin embargo, cuando empezaba su turno y llegaba al borde del gran lago artificial ya se había olvidado de que se encontraba en medio de una de las ciudades más grandes del mundo. Se sentaba en uno de los bancos y escuchaba el murmullo del agua, cerraba los ojos y se dejaba llevar por la misma brisa que agitaba las ramas de los frondosos árboles que le rodeaban.

Cuando todo el mundo se había marchado se encerraba en la garita de control donde vigilaba los monitores. Era un trabajo tranquilo así que cuando empezaba a aburrirse de observar las pantallas sacaba su revista de crucigramas, se pasaba horas intentando resolverlos. Sus preferidos eran los blancos. Y nunca pasaba nada.

Hasta el 15 de septiembre. Se acordaba porque fue el día del cumpleaños de su mujer, habían cenado fuera y casi llega tarde. Esa noche, cuando empezó su primera ronda por el exterior, oyó música. Al principio creyó que venía de la calle, de algún coche aparcado al otro lado del muro, de alguna fiesta cercana… pero se oía desde dentro de los muros, al lado de la gran fuente. Y cuando se acercaba el sonido desaparecía.

Aguantó dos noches más. Escudriñaba los monitores pero en el exterior todo seguía tranquilo. Sin embargo escuchaba guitarreos a un ritmo desenfrenado, tonadas que le eran familiares pero que no reconocía porque parecían venir de muy lejos.

La tercera noche cogió su linterna y se dispuso a encontrar el escondite de los gamberros que parecían querer reírse de él.

Salió de las oficinas y se dirigió hacia el lago. Agarraba con fuerza la linterna mientras alumbraba donde pisaba, la música se oía cada vez con más claridad. Guiado por el sonido fue encaminando sus pasos hasta que creyó que en el próximo haz de luz descubriría a un grupo de jóvenes sentados en el césped con su equipo de música, riéndose de él, no entendía como no echaban a correr, debían verle llegar desde lejos. Empezó a inquietarse.

La piedra de mármol era tan negra que no la distinguió. Al caer la linterna iluminó una lápida cercana, había un extraño nombre “Dee Dee Ramone – september 18, 1952 – June 5, 2002” y “Ok… I gotta go now”. Se volvió hacia la lápida que había provocado su caída, sobre el negro destacaban unas letras blancas: “JOHNnY RAMONE – October 8, 1948 – September 15, 2004”. La música le envolvía, no sabía si sonaba debajo de él, al lado… asustado alumbrada a su alrededor intentando ver algo, pero sólo escuchaba ese sonido infernal…

Un poco más lejos escuchó una voz que repetía rítmicamente “Hey, ho, let’s go!… Hey, ho, let’s go!…”

Soltó la linterna y echo correr. Nunca más volvió.

Dicen que en el Hollywood Forever Cemetery algunas noches se oyen lejanos sonidos distorsionados, una guitarra, un bajo y una voz… algo hace que suenen incompletos, como si estuviesen esperando… un batería.