ONCE

Le encanta la música, en eso nos parecemos, así que cuando se sienta delante del piano, toda tiesa, con los auriculares casi escondidos en su densa melena la miro y sonrío, porque se desespera y repite varias veces que nunca le saldrá bien (aún no ha desarrollado el pensamiento positivo), pero vuelve a empezar una y otra vez hasta que lo consigue, y a mí me suena genial.

No es tan organizada como su hermano mayor, a veces se acuerda de los deberes en el ultimo momento con el consiguiente incremento del nivel de estrés familiar, pierde las cosas mas difíciles de perder (lo ultimo que no encuentra son sus chanclas de verano, desaparecieron una noche después de quitárselas para dormir), su memoria inmediata es algo defectuosa (uno de sus apodos caseros es Dory), puede preguntar hasta tres veces en medía hora a donde vamos, aunque yo haya informado previamente del itinerario antes de salir de casa, y se lo haya recordado cada vez.

Pero ese despiste encantador, sus pecas, su sonrisa de ratón, y ese corazón tan inmenso que tiene hace que no me pueda imaginar otra Mónica. Y sé que lo mejor está por llegar.
Aunque haya que pulirle un poco esos prontos…

Y para agradecerle esos once años que lleva haciéndome feliz le dedico dos de sus canciones favoritas, la primera, por la que siempre empezamos la ronda en The Beatles Rock Band.

Y para la segunda una de sus preferidas de Vetusta Morla, su último descubrimiento, su primer concierto en directo, donde contemplaba quieta y fascinada la magia de la música compartida al mismo tiempo por miles de personas. Un momento irrepetible.

Anuncios

QUIQUE

Once de la noche, hoy he malcomido y tengo un hambre que me muero. Mientras hacemos boca con una Sapporo (la marca de cerveza más vieja de Japón) analizamos el menú del Orient Express para no quedarnos con hambre.

Intentamos cenar con palillos para no desentonar, los gyoza se dejan coger, pero el plato de pad thai es más escurridizo y para el nasi goreng pedimos tenedor directamente. La charla y las otras dos Sapporo hacen que al final nos dejemos la mitad del segundo plato compartido. Directamente pasamos del postre.

Nos metemos en el coche, hace frío y llueve. Habrá que probar algo más fuerte, a ver si nos calentamos el cuerpo. Aparcamos en la puerta (Samuel siempre ha tenido este tipo de suerte) y entramos. Mientras buscamos un hueco en la barra mi amigo me da un codazo y me señala a un tipo muy delgado, de nariz ganchuda y pelo largo y desaliñado. Puedo sentir mis neuronas trabajando a doble velocidad de la normal. Lo conozco, de un pasado oscuro y borroso, pero estoy segura de que lo conozco, aunque me cueste situarlo. La búsqueda sólo me da un resultado, y me acerco hasta él sin pensarlo.

         Yo te conozco, tu trabajabas en La Marxa – me mira sin verme, con una leve sonrisa fijada en su cara, y sigue andando sin volverse.

         No está bien, parece ido – me dice mi amigo.

Nos tomamos un vodka rojo para entrar en calor mientras lo miramos flotar entre la gente, es casi transparente pero se recorre el local con determinación, cumpliendo alguna especie de misión que sólo él debe conocer. Es inevitable que la conversación derive hacia los amigos comunes que no volvieron de un mal viaje, o que se quedaron en él.

Cuando salimos está en la puerta, sólo, sonriendo.

         ¿Te llamas Quique verdad? – nos mira, sus ojos hacen un esfuerzo por reconocernos, pero solo asiente sonriendo.

         Tú trabajabas en La Marxa – Samuel me señala – con su hermana, ¿no te acuerdas de ella?

         Si… trabajé allí… hace mucho – me mira – lo siento… no me acuerdo… de mucho.

En ese momento dos tipos intentan entrar al local y Quique les cierra el paso.

         No podéis entrar. Hay mucha gente. Se tiene que vaciar un poco, hay 107 cabezas, no caben más.

Nos alejamos y lo dejamos allí, convenciendo tranquilamente a aquellos dos tipos de que no caben en el local, aunque a través de las ventanas se ve hueco suficiente para otras 20 cabezas más.

Samuel y yo nos miramos asombrados ¡Está contando cabezas! Eso es lo que hacía todo el rato, por eso no paraba de moverse. Supongo que así lo tienen entretenido.

Antes de subir al coche me giro y lo veo allí, en la puerta, todavía sonriendo, en su mundo. Se llamaba Quique y era un chico encantador.

En el coche suena Vetusta Morla.

Un día en el mundo. Vetusta Morla