DIOSES, VIKINGOS Y ATEOS

Ayer veo en las noticias la imagen del alcalde francés Robert Ménard (vestido con la banda típica cual fallera mayor) escoltado por varios policías y visitando uno a uno a los sirios refugiados en su localidad para decirles literalmente “no sois bienvenidos en mi ciudad”, entre sus razones que están “islamizando” Francia.

Hoy leo que extremistas hindúes están amenazando a cristianos en Nepal pidiéndoles que se vayan del país, aducen que la influencia extranjera ha manipulado las decisiones del gobierno y los cristianos han corrompido el país.

En Arabia Saudí los católicos solo pueden rezar en sus casas, sin reunirse con otras personas, aunque sean parientes o amigos, o corren el riesgo de ser arrestados, encarcelados y expulsados. No se permite la religión no islámica.

Así podríamos llenar páginas, con más o menos fervor o extremismo.

Y yo, atea cada vez más convencida pero nada proselitista, allá cada uno con sus creencias mientras los demás practiquen la misma tolerancia, es decir, que dejen que cada uno crea o no crea lo que quiera, me asombro de que con la actual globalización que vivimos sigan habiendo las mismas disputas religiosas que hace siglos.

En casa hace unas semanas devoramos las tres temporadas de la serie Vikingos, destacar su gran fidelidad histórica, tecnológica y antropológica (ha sido creada por el canal History Channel) y entre muchas de las cosas que me han encantado de la serie (además de la mirada de Ragnar claro) ha sido su tratamiento de la religión en las dos sociedades protagonistas, como los cristianos llamaban paganos a los Vikingos por su adoración a dioses inexistentes y como los Vikingos rechazaban cualquier acercamiento a esos paganos que adoraban a un Dios falso.

Ambos consideraban pagano al contrario y desde fuera yo observaba como reproducían las mismas conductas con distintos rituales para conseguir exactamente lo mismo, morir en paz con sus dioses y reunirse con sus seres queridos en el otro mundo. Aunque por las descripciones el Valhalla debía ser mucho más divertido que el Cielo cristiano.

Por eso nunca he entendido porque si las religiones tienen en común hacer el bien, amar al prójimo, y todos esos preceptos y mandamientos a veces copiados o transformados de creencias antiguas y de raíces comunes no pueden respetarse tanto en el tiempo como en el espacio.

En nuestro país solemos ser tolerantes con otras creencias quizás porque también se vive la propia con cierto relajo y más por costumbre social que por auténtica fe, pero seguro que muchos se dejarían influir en un momento determinado por algún discurso extremista que empezará a culpabilizar de todos los males presentes y futuros a cualquier otra religión “invasora”.

Según nuestra Constitución somos un estado aconfesional, aunque en la práctica el Concordato firmado con la Santa Sede en 1979 mantiene demasiados privilegios jurídicos, económicos y culturales con la Iglesia Católica que además de ser completamente anacrónicos, son injustos para el resto de las confesiones que conviven en nuestro país, sean más o menos mayoritarias.

Y yo es que con todos mis respetos veo las multitudes llorosas intentando tocar la figura de un santo/santa sobre un pedestal y me producen el mismo desasosiego espiritual que cuando veo a los aficionados de un equipo de futbol llorar un gol del equipo contrario o a las fans de los Gemeliers gritando con la cara pintada.

Que no me lo creo.

ragnar

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