UNIDOS

Lo miraba de reojo, y le odiaba. Siempre lo habían hecho todo juntos, y nunca le había importado compartirlo todo con él, era su hermano, pero ahora, que observaba como ella le admiraba no podía evitar odiarlo.

De los dos su hermano había heredado los ojos almendrados y la sonrisa fascinadora de su madre, mientras que a él le había tocado la nariz ganchuda de su padre, pero hasta ahora no le había dado importancia porque nunca le había gustado ninguna chica y observaba los juegos y coqueteos de su hermano con discreción e indiferencia.

Hasta que llegó ella. Se llamaba Estrella y trabajaba en el hospital donde habían ido a hacerse unas pruebas, era tremendamente guapa, atenta y dulce, y siempre estaba sonriendo. Fascinado, la seguía con la mirada mientras ella trasteaba con los tubos y las jeringas, bromeando con ellos. Esa misma mañana mientras le sujetaba el brazo para extraerle sangre y buscaba esos ojos que le sonreían, sintió su corazón desbocado como si se le fuera a salir del pecho, se ruborizó pensando que ella debió notarlo a través de las pulsaciones, pero no podía contener su emoción.

Pero su hermano no podía evitar coquetear con ella, era una especie de competitividad extrema, siempre le tenía que demostrar que lo preferían a él. Anoche antes de dormirse se lo pidió, casi se lo rogó, que no la cortejara, que ni le hablara… y no le había hecho caso. Así que esa tarde se había negado a dirigirle la palabra, miraba obstinadamente la pantalla del televisor mientras se tomaba su cena e ignoraba su inacabable parloteo.

Un capricho de la naturaleza, es lo que les había dicho un médico cuando eran pequeños. Su madre los llevó a un famoso cirujano para que les ayudara, y lo único que recuerda de aquella visita era que mientras jugaban sentados en el suelo compartiendo la misma espalda, el doctor les miraba con una mezcla de admiración y miedo mientras repetía esa frase, no se puede hacer nada… es un capricho de la naturaleza.

La cirugía había avanzado mucho desde entonces pero ningún médico se atrevía, “compartís sacro, cóccix y parte del sistema digestivo, no sabemos si encontraremos más complicaciones una vez iniciada la separación, pero yo de vosotros lo pensaría muy seriamente, tenéis veinticuatro años y mucha vida por delante, podéis vivir todavía muchos años más…” vivir, aquello no era vivir, se lo hubiera gritado aquella mañana al médico que tan amable y académicamente les había estado estudiando desde hacía semanas, pero su hermano se le adelantó “nos lo imaginábamos doctor, pero teníamos que intentarlo, no se preocupe, hemos aprendido a ser felices así, verdad?” y le miraba sonriendo, siempre tan encantador y optimista.

Recordaba la historia de Chang y Eng, la descubrió un día navegando por Internet y no pudo evitar sentir empatía por Eng, que estuvo tres horas unido a su hermano muerto hasta que le sobrevino su propia muerte, algunos dicen que de miedo. Durante muchas noches se despertó sobresaltado y solo se tranquilizaba cuando su corazón se calmaba y sentía los latidos de su hermano a través de su cuerpo.

Ahora, tumbado en la cama pegado a él, oía su respiración profunda y relajada, y esperaba. Hacía semanas que no se tomaba la pastilla para dormir que les habían recetado años atrás, cuando ya les era imposible dormir de un tirón toda la noche por la incomodidad de no poder moverse.

Abrió el cajón de su mesilla con cuidado de no despertar a su hermano, y mientras tragaba todas las pastillas que había conseguido esconder pensó que le gustaría soñar por última vez que corría, como cuando se dormía de pequeño, solo y libre.

Cerró los ojos, se acordó de Estrella y sonrió.

 

Anuncios

CUSTODIA (II)

La semana pasada escribí un post sobre mi “custodia” particular, o la falta de ella mejor dicho. Y es que me parece que actualmente es anacrónico dar la custodia de los hijos casi con exclusividad a la madre. Sin más, sin detenerse a analizar el daño que se hace tanto a los hijos como al padre, que de pronto pasan de convivir a “visitarse”.

Siempre me ha parecido horrible lo del régimen de visitas, me suena a centro penitenciario. Sé que hay que regularlo y fijar una norma, (es una pena que en los divorcios y separaciones el sentido común se pierda por el camino), pero no sé porqué una de las dos partes tiene que renunciar a la convivencia, crianza y educación de sus propios hijos.

A menudo los hijos se convierten en moneda de cambio para el rencor, la venganza y el odio. En ese punto los adultos perdemos los papeles y nos comportamos como auténticos niños malcriados. En ese punto es donde los jueces deberían actuar y obligar a un entendimiento sensato, no deben ser los niños quienes acaben en los psicólogos, igual son los padres los que necesitarían ayuda desde el momento en que no son capaces de llegar a un acuerdo amistoso para un tema tan importante en la vida de terceras personas, que en la gran mayoría de los casos se encuentran en medio de una guerra en la que no pueden intervenir (y aquí los daños colaterales salpican muchas veces a abuelos y resto de familia política).

En la actualidad casi todas las mujeres trabajamos, con lo que estamos en igualdad de condiciones de falta de tiempo que los hombres. Históricamente se daba la custodia a las madres precisamente por eso, porque ellas podían cuidar de los niños mientras sus exmaridos trabajaban y les pasaban la correspondiente pensión y manutención. En los peores casos para ellas tenían que mantener a sus hijos sin ningún tipo de ayuda. En los peores casos para ellos, tenían que seguir pagando la hipoteca de la casa, pasarle una pensión a la exmujer y la manutención a los niños, y volver a casa de los padres porque no les quedaba dinero para sobrevivir.

Y ésta siempre me ha parecido una situación injusta. Siempre he creído que en la mayoría de los casos el hombre salía perdiendo en las separaciones, incluso en aquellas en que se creía victorioso. No sólo por el tema económico, sino sobre todo, porque se perdían el presente de sus hijos, su día a día, sus tristezas y sus alegrías. No es lo mismo convivir que pasar un par de fines de semana juntos al mes. Ni de lejos.

Las mujeres… seguimos haciendo malabares con nuestra vida laboral y personal… casi como cuando estábamos casadas o emparejadas, pero con la sensación de soledad del corredor de fondo, sin poder compartir las dudas, las convicciones, los triunfos…

He leído que la situación ideal para la custodia compartida es que haya un domicilio fijo para los hijos y sean los padres los que cada quince días (o el período fijado por ambas partes) se muden de domicilio. Esto me parece completamente utópico e irrealizable en la mayoría de los casos, y ya me daría con un canto en los dientes con llegar a un intercambio cordial y amable sin tener que compartir menaje del hogar con tu ex. Creo que los padres y madres separados deberían fijar sus domicilios en el barrio donde sus hijos vayan al colegio y tengan sus amigos y su vida hasta ese momento, y que puestos a facilitar una sana relación post-separación, serían los hijos los que periódicamente cambiarían de una casa a otra. Lo demás… es casi de sentido común.

Los niños odian la sensación de mudarse cada fin de semana de una casa a otra, sobre todo porque la segunda casa (generalmente la del padre), no la sienten como suya porque nunca han vivido allí, porque no tienen sus “cosas”, sus juguetes, sus recuerdos. Y odian las maletas, tener que llevar y traer mochilas con ropa les hace sentir inseguros, como si no tuvieran casa fija.

Muchos padres se sentirían agobiados al principio con la responsabilidad de la comida diaria, la enfermedad inoportuna en momento punta de trabajo, la ingrata tarea de aguantar el cumpleaños de los amiguitos… y muchas mujeres se sorprenderían de lo capaces y responsables que son sus exparejas si les dejan.

No sé cuanto tiempo tardaremos en que la custodia compartida sea la que se conceda por defecto, la normal. Pero creo que en ese momento, y pese a que este tipo de custodia está reclamada mayoritariamente por padres separados que quieren ver más a sus hijos y la custodia única se lo impide, seremos las mujeres las que habremos avanzado un paso más en la igualdad. No creo que ningún género tenga la exclusividad del amor a los hijos.

Y nuestros hijos, casi seguro, nos lo agradecerán.

CUSTODIA (I)

No te necesito. Nuestros hijos sí. Por eso me sigo resistiendo a odiarte, pero reconozco que a veces tengo que contar muchos más números de los que desearía.

Sé que no te lo esperabas, que sufriste mucho, que todavía no me has perdonado. Pero ya no me importa. Hubo un momento en que me sentía tan culpable que no podía evitar cargar con todo. Ahora no.

Estoy cansada, y harta. Hoy le has vuelto a preguntar a los niños. Y no ha hecho falta que dijeras nada. Tu hijo ha adivinado por tu gesto tu desaprobación, y me ha querido proteger. Y eso me ha dolido. No quiero que los metas en tu rencor.

No entiendo como puedes sentirte el mejor padre del mundo viendo a tus hijos seis días al mes. A veces los acompañas a casa a su salida de inglés, apenas quince minutos algún día entre semana. No tienes tiempo de más, no renuncias a seguir perdiendo el tiempo con tus cosas, no puedes cenar un poco más tarde, sigues tan cuadriculado en tu vida como cuando te conocí, como cuando te dejé.

Sin embargo nunca te he dicho nada, procuro no juzgarte. He intentado darte todas las facilidades del mundo para que compartas más tiempo con ellos, pero nunca lo encuentras. Me has dicho que cuando necesite ayuda te la pida, pero siempre me juzgas… o trabajo demasiado, o salgo demasiado… Y no tienes derecho.

Soy yo la que vivo con ellos, veinticuatro días con sus noches, algunas con pesadillas. Son muchas visitas al médico, al dentista, al oftalmólogo… al psicólogo. Son muchas funciones de teatro, exhibiciones de judo y algunos partidos de baloncesto. Son muchas (todas) las reuniones del colegio, y las tutorías, y las asambleas. Son muchas tardes de compras para ellos, para mí, para otros, para nosotros. Por eso no me puedes decir que no me preocupo lo suficiente, que a veces los descuido.

Los abrazos al despertarme, las risas en la cena, el play back en la ducha, dibujar un mapa en la pizarra, saber que regalo les va a hacer ilusión… eso es lo importante para mí, y sé que para ellos. Lo que valorarán, lo que lamentablemente no les une a ti.

Y por supuesto, no me pidas más favores. Sin acritud. Pero no me apetece.

LOS EX

Siempre me he llevado bien con mis exparejas, cuando he podido he mantenido el contacto, y siempre que casualmente he vuelto a tropezarme con alguno me he alegrado sinceramente y nos hemos puesto al día. Sólo hay una deshonrosa excepción (todas cometemos errores y él era un descerebrado, así que me alegro no haberlo vuelto a ver nunca más).

Y sigo intentando mantener ese promedio, por lo que intento llevarme bien con mi ex marido. Porque siempre será el padre de mis hijos, así que aunque lo odiara, que no es el caso, intentaría llevarme correctamente bien con él. Pero no me basta con eso, con un intercambio educado de información sobre los niños, sino que me gustaría que los cuatro pudiéramos compartir momentos, esos momentos de los hijos que suelen ser irrepetibles.

Y a veces es complicado. Hemos pasado el primer año de adaptación, lo hemos superado con un bien alto diría yo, pero yo voy a por el notable. Eso incluye cenas con amigos comunes, e incluso salidas con nuestros hijos los dos solos. Ya ha habido unas cuantas y la cosa no ha ido mal del todo, pero sigo sin verlo cómodo, y no sé como ayudarlo.

Hoy ha venido a ver a los niños y no he podido evitar sacar el tema. Últimamente varía tanto su comportamiento conmigo que al final no sé como actuar con él cuando estamos con más gente. Y me he dado cuenta que él tampoco lo sabe. Que lo sigue pasando mal, que echa de menos a sus hijos, su casa, su vida… y me he vuelto a sentir culpable. Me he sentido mal.

Soy optimista. No sé si será este año, o el que viene. Si tendrá que volver a tener novia para ser feliz. Si le molestará que me empareje yo. Pero espero que alguna vez vuelva a confiar en mí.

Y de lo que estoy segura completamente es que ante cualquier problema de nuestros hijos siempre estaremos juntos.

Por ahora, eso me basta.