ONCE

Le encanta la música, en eso nos parecemos, así que cuando se sienta delante del piano, toda tiesa, con los auriculares casi escondidos en su densa melena la miro y sonrío, porque se desespera y repite varias veces que nunca le saldrá bien (aún no ha desarrollado el pensamiento positivo), pero vuelve a empezar una y otra vez hasta que lo consigue, y a mí me suena genial.

No es tan organizada como su hermano mayor, a veces se acuerda de los deberes en el ultimo momento con el consiguiente incremento del nivel de estrés familiar, pierde las cosas mas difíciles de perder (lo ultimo que no encuentra son sus chanclas de verano, desaparecieron una noche después de quitárselas para dormir), su memoria inmediata es algo defectuosa (uno de sus apodos caseros es Dory), puede preguntar hasta tres veces en medía hora a donde vamos, aunque yo haya informado previamente del itinerario antes de salir de casa, y se lo haya recordado cada vez.

Pero ese despiste encantador, sus pecas, su sonrisa de ratón, y ese corazón tan inmenso que tiene hace que no me pueda imaginar otra Mónica. Y sé que lo mejor está por llegar.
Aunque haya que pulirle un poco esos prontos…

Y para agradecerle esos once años que lleva haciéndome feliz le dedico dos de sus canciones favoritas, la primera, por la que siempre empezamos la ronda en The Beatles Rock Band.

Y para la segunda una de sus preferidas de Vetusta Morla, su último descubrimiento, su primer concierto en directo, donde contemplaba quieta y fascinada la magia de la música compartida al mismo tiempo por miles de personas. Un momento irrepetible.

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TRECE

Mañana hará trece años que estamos juntos. Trece años en los que hemos compartido muchos momentos preciosos y mágicos. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi su cara, me llamó la atención el intenso rojo de sus labios sobre su piel blanca, y me ganó desde el primer instante en que me miró con sus grandes ojos almendrados.

Todos estos años han pasado tan rápido que me cuesta pensar que mi pequeño Buda ya se ha convertido en un preadolescente de talla XL Sólo cuando su metro sesenta y cuatro se abalanza sobre mi para abrazarme como cuando era pequeño me doy cuenta de que está a punto de transformarse, que casi no le queda nada de niño, quizás algún miedo, de esos que se ahuyentan con una pequeña luz por la noche, pero poco más.

Espero que los malos momentos le hayan hecho más fuerte, que le hayan preparado para el mundo adulto en el que le queda poco para entrar. Sé que por lo menos le han ayudado a comprender que nada es inamovible, que todo puede cambiar, y que los cambios se superan.

“Soy muy feliz”, y mientras me lo dice por tercera vez en pocos días vuelvo a ver al niño sonriente que siempre estaba contento. Y yo también soy feliz.

Este creo que ha sido su último cumpleaños acompañado, han pasado los años de ludotecas, meriendas en el parque, cine y merienda en el burguer, laser-game, bolera… No creo que me pida que le organice su 14 cumpleaños, ahora empieza el momento “amigos”… y yo encantada.

Creo que me he ganado unas vacaciones en cuanto a fiestas infantiles se refiere.

Mañana le daremos Mónica y yo sus regalos y alguna sorpresa, pero esta noche le dedico una canción de su grupo y película favorita.

Aunque estos días se me acumulan las felicitaciones… así que está es para otro Acuario muy especial que también cumple años.

LENNON

Era el Beatle preferido de mi hermana, tanto que sus dos primeros novios eran igualitos a él. El primero, Jota, tenía su misma mirada de miope, pero el segundo… Jaime, era clavadito. Los mismos ojos de miope que Jota pero además alto, delgado, con pelo largo, gafas redondas, indumentaria hippy y le gustaba tocar la guitarra. Un buen tipo además. Creo que mi hermana acabó rompiéndole el corazón.

A mí me gustaba más Ringo, aunque nunca encontré a ningún chico que se le pareciera. Y sentía una especial simpatía por George Harrison, me encantaban sus canciones dentro de los álbumes, tenían algo especial.

Pero Lennon era otra cosa. El más rebelde dentro del grupo y el más auténtico fuera de él. Cuando se separaron teníamos cinco años, así que en realidad estábamos más cerca de su trabajo en solitario, que nos encantaba tanto o más como los discos de The Beatles, así que cuando esa mañana de diciembre nuestra madre nos dijo mientras desayunábamos que un loco había matado a ese músico de los Beatles que tanto nos gustaba, no nos lo podíamos creer. Sentimos incredulidad y pena, mucha pena, como si lo conociéramos.

Nos fuimos hacía el Instituto conmocionadas. Recuerdo las imágenes en televisión con una multitud de gente cantando a la luz de las velas frente al edificio Dakota. Si hubiera pasado hoy supongo que se hubieran llenado cientos de horas en programas de televisión y se hubieran vendido toda clase de recopilatorios con sus discos.

Ahora con 70 años es probable que nos habría seguido regalando grandes canciones y que tal como está el mundo, habría tenido unas cuantas causas perdidas por las que luchar en los últimos 30 años en que no ha estado con nosotros.

Aunque en realidad, nunca nos ha dejado.

Y como homenaje, que mejor que la canción que le compuso George Harrison cuando murió, All Those Years Ago.

THE BEATLES

Tenía once años y estaba de visita en casa de mi tía Lina, prima-hermana de mi madre, viuda y moderna (para lo que eran aquellos finales de los 70 en este país). Me gustaba ir a su casa, era un segundo o tercer piso de un edificio antiguo en el centro. Sin ascensor, oscuro y húmedo, pero misterioso. Nada que ver con nuestro soleado ático en lo que entonces eran las afueras de Valencia, ella tenía unas habitaciones con techos altísimos y grandes ventanales de madera que daban a unos balcones con balaustrada, una habitación que olía muy fuerte donde pulía joyas y un enorme cuarto de baño con baldosas pequeñitas cuadradas formando dibujos y una gran bañera con patas. En realidad, todo en esa casa me parecía grande.

No sé porqué aquella tarde abrió el armario trastero que había al principio del pasillo de su casa, cogió esos dos pequeños discos y nos los ofreció a mi hermana y a mí. No conocíamos al grupo pero nos daba igual, un regalo era un regalo. En casa oíamos música a través de un aparatoso magnetofon Telefunken que no recuerdo de donde había sacado mi padre. Teníamos cintas de los Pekenikes, de villancicos y de cuentos hablados. Pero también teníamos un pequeño tocadiscos de esos portátiles que le habían regalado a mi madre en un concurso de Mirinda, creo que solo teníamos el disco de Karina que venía con él.

Mi madre opuso un poco de resistencia pero salimos de allí con nuestros dos singles bajo el brazo. No sé si su hijo se dio cuenta de la desaparición de estos discos alguna vez, quizás años más tarde cuando a la muerte de su madre tuvo tanta prisa por deshacerse de todo, incluso de su abuela… pero entonces, se lo tenía merecido.

Yo los guardo como un auténtico tesoro. 45 r.p.m. año 1967 – Strawberry Fields Forever (cara A) y Penny Lane (cara B), el otro contiene All you need is Love (cara A) y Baby, you`re a Rich man (cara B). Son mis canciones preferidas.

Y The Beatles empezaron a sonar en casa. Nos apropiamos del tocadiscos y poco tiempo después, cuando mi padre compró un equipo de alta fidelidad… también acabó definitivamente en nuestra habitación.  

Así que aunque en ese momento, cuando los escuché por primera vez, The Beatles hacía años que se habían separado, pasaron a formar parte de nuestro nuevo mundo musical. Mi hermana y yo compramos todos sus discos, desde su primera época, la de la Beatlemania, hasta su evolución a la psicodélica, incluida una rareza de su gira de Hamburgo, cuando aún iban de rockers con tupés y cuero negro.

Algunas de las canciones favoritas de mis hijos son suyas, y cuando hace un año me regalé The Beatles Anthology casi lloré al acabar el último DVD, la última foto fija, su final…

Hace hoy 40 años…

Por todo eso, me cuesta elegir la canción para poner música a este post… aunque me quedo con aquella extraña canción que me fascinó en cuanto la escuche por primera vez.

DE NUEVO SEÑOR MOSTAZA

Sábado. Por fin. Llevo una semana esperando el concierto, y la compañía.

Llegamos a la sala Wah-Wah con el tiempo justo pero todavía no han comenzado. Tomamos posesión de un trozo de barra y comenzamos la ronda de cervezas. En media hora Rebeca Jiménez sube al escenario y comienza su actuación, media banda Mostaza la acompaña. Sonaba bien, pero no le presté mucha atención, la verdad. Estaba en otras cosas.

Me acuerdo de un concierto al que no pude acudir y mando un sms. Ya he deshecho el empate. Gano 2-1.

Cuando Luis Prado sube al escenario y comienza a anunciar su actuación con su particular y divertido estilo, la sala está a rebosar y no podemos movernos. Para no repetir temas os remito a la del Escocés, que hizo una muy buena crónica del concierto en Madrid.

Sonaron muy bien, cantaron todos los temas que tenían que cantar y algunos más. Como siempre, sus versiones de “Waterloo” o “Video Killed the Radio Star” hicieron saltar al personal. No me acuerdo muy bien del resto de repertorio porque las rondas de cerveza alternadas con la de vodka rojo me producen unos recuerdos un tanto borrosos. Sé que me divertí un montón, me reí todavía más, disfruté con la música y me quedé con ganas de hacer una locura…

Claro, eso se paga. Y esta mañana (seguramente una hora después de lo que yo creía por lo del cambio de hora) me desperté con el clavo en mi cabeza. Puse todas mis esperanzas en la única pastilla de ibuprofeno que tenía en casa y el antifaz de frío para las jaquecas nivel 10, pero un par de horas después el clavo seguía allí, cada vez más profundo. No había nada que hacer, sentía el domingo perdido (precisamente este) y me juraba (otra vez) no volver a beber vodka rojo nunca más.

Pero no. Ha sido un domingo fantástico. Gracias a las endorfinas (y a tí). Estoy segura. Millones de ellas que al liberarse han hecho que el dolor desapareciera. No hay nada como encontrar una piel que te corresponda…

Y de fondo la música de Rodrigo Leâo. Músico portugués, miembro fundador del grupo Madredeus. No había oído nada de este compositor y reconozco que éste, su sexto disco, Cinema, del 2004, me ha enamorado.

Os dejo una canción, Deep Blue. Pero os recomiendo el disco entero. Con buena compañía y luz suave. O con los ojos cerrados y dejándote llevar. De cualquier manera, es un disco simplemente bello.

 

(Gracias por descubrírmelo)

 

Relato: DOCTOR ROBERT

Últimamente me encontraba bastante decaído. Me habían despedido del trabajo, y mi novia me acababa de dejar,… vamos, lo normal. Terminé por buscar soluciones en el fondo de una botella de vodka, mientras le contaba mis problemas a cualquiera que se pusiera a tiro. Y así le conocí. Creo que era la cuarta ronda, aunque puede que fuera la sexta. Es que soy de Letras. El caso es que este tipo, en lugar de salir corriendo, aprovechó una ocasión en la que paré a coger aire… y me habló de él. Del Doctor.

Al día siguiente, sin pedir cita me presenté directamente en su consulta, a ver si tenía un hueco. Nada más cruzar la puerta de la sala de espera supe que tenía que haber llamado antes. No menos de cinco o seis personas de aspecto variopinto estaban esparcidas por las butacas y sofás que llenaban esa extraña antesala.

Me senté en una esquina y observé al resto de las personas que estaban esperando. Un tipo larguirucho de nariz ganchuda y gafas de pasta se estrujaba las manos mientras mecía ligeramente su cuerpo en un suave balanceo. En el sofá de al lado dos tipos greñudos con aire intelectual hablaban animadamente, mientras miraban nerviosamente la puerta de la consulta con bruscos giros de cabeza. En la butaca de enfrente había una misteriosa mujer vestida de negro que fumaba sin parar, llevaba puestas unas grandes gafas de sol que le ocultaban casi toda la cara, y la parte que quedaba al descubierto se mantenía arrugada en un mohín de asco.

Sonó un timbre y a los pocos segundos una cabeza de morsa apareció tras la puerta.

La puerta de la consulta se abrió y pude ver como un tipo con bata de médico y el pelo blanco se despedía cordialmente de un joven de melena rizada que lucía el torso desnudo bajo un chaleco de piel abierto. El chico me resultaba familiar pero no sabía situarlo. Cruzó la sala camino de la salida de una manera tan suave que parecía que flotaba en vez de andar.

La mujer de negro entró apresuradamente y cerró la puerta tras de si. El tipo larguirucho seguía frotándose las manos compulsivamente. Parecía realmente angustiado. Al cabo de lo que me pareció una eternidad se volvió a abrir la puerta. El doctor le dio dos besos a la mujer que salió de la consulta con una expresión de total y absoluta felicidad.

Los jóvenes no tardaron ni dos minutos. Entraron y salieron tan agitadamente que no me di cuenta de que el tipo de nariz ganchuda ya había entrado hasta que giré de nuevo la cabeza hacia la sala.

Éste se tomó su tiempo, se conoce que traía ganas de hablar, porque podía oír desde fuera un runrún delator parecido al ruido que te hacen las tripas después de una sobredosis de guacamole. Para hacer tiempo me fijé en los detalles de la sala de espera, que parecía haber sido decorada intentando que apareciesen los 16 millones de colores esos que dice el Windows que tiene. En las paredes había cuadros de arte pop, junto con fotografías retocadas y pintadas con colores vivos. Ahora que estaba solo me di cuenta que un fino hilo musical estaba puesto. Un sitar producía una relajante música de fondo con un sonido delicado y brillante.

Me puse en pie cuando escuché el sonido de la puerta al abrirse. El tipo que salió de la consulta no parecía el mismo que había estado sentado junto a mí, se le veía tan tranquilo cuando me sonrió al pasar junto a mí.

¿Doctor Robert? – me acerqué alargando la mano para saludarle.

Encantado, pase, pase a mi consulta – me empujaba suavemente hacía el interior.

El muestrario de drogas legales que había sobre su mesa habría sido el sueño de cualquier adicto. Anfetaminas, morfina, antidepresivos, heroína, inyecciones de vitaminas…

Dígame, ¿Cuál es su problema? – su sonrisa inspiraba una total confianza.

Hablé, y le conté, mientras el me miraba e iba separando pastillas y metiéndolas en un frasco, sin perder la sonrisa, asintiendo, contestándome y aislando todos aquellos problemas que me corroían por dentro. Me alargó una pastilla de color verde y un vaso de agua. Yo hablaba y hablaba, hasta que de pronto sentí como si mi cerebro se expandiera, a la misma velocidad que mi cuerpo dejaba de pesar, y mi angustia desaparecía. Una gran paz interior se apoderó de mí. Ya no me apetecía hablar, solo quería salir y disfrutar del sol, estaba seguro de que brillaba en todo su esplendor… “day or night I`ll be here anytime”…

El sol me cegó momentáneamente cuando salí a la calle. No lo recordaba tan brillante desde hacía tiempo. Me puse las gafas de sol y le sonreí.

Apreté el bote que mi mano encerraba dentro del bolsillo… “he´s a man you must believe”…

 

SEÑOR MOSTAZA VS LADYTRON

A pesar de parecer el título de un cómic no es más que el resumen de mi fin de semana. Dos conciertos completamente distintos entre sí que únicamente compartían una cosa, el local donde tuvieron lugar.

El viernes era el concierto más esperado para mí. Actuaba el Señor Mostaza, grupo liderado por Luís Prado, pianista que ha colaborado con grupos como MClan, Ariel Rot y Quique González, entre otros. Y es que a pesar de ser valencianos, no había tenido oportunidad todavía de escucharlos en directo.

El grupo tiene un repertorio muy bitelesco, con influencias de Madness, The Kinks, The Who, ELO, Supertramp…. resumiendo, un sonido donde el piano es protagonista, las letras divertidas y tragicómicas, unos acordes y coros impecables.  Y así empezó el concierto, con Luís Prado haciendo reír al personal entre canción y canción, y el personal disfrutando de cada tema, tanto de su último trabajo “Somos poco prácticos” como de sus dos anteriores discos, “Mundo Interior” y “Pianoforte EP”, trabajos que recomiendo muy mucho.

Acabó el concierto, y cómo el amigo con el que fui conocía al grupo desde su época de Instituto tuve la suerte de conocer a Luis Prado, que parece ser ese tipo de personas que aúnan inteligencia y sentido del humor, con una cordialidad pasmosa. Vamos, que la noche, que no acabó ahí por supuesto, fue perfecta.

Os pongo “Ahora comprendo bien”, una canción de su anterior trabajo “Mundo Interior”, ya la puse en un anterior post pero es que no he encontrado ninguna otra canción por la red que tenga tan buen sonido e imagen. Os dejo en el enlace son su espacio en MySpace y os recomiendo la canción “Somos poco prácticos” (y “Ser vulnerable”, y “Todo me recuerda a ti”, y …)

 Tras medio sábado para recuperarme, los únicos supervivientes a la noche del viernes, mi amigo Sam y yo, nos presentamos de nuevo en la puerta de El Loco, para ver a un grupo totalmente distinto, Ladytron. (Intentamos que nos hicieran rebaja en la puerta por repetir en tan poco tiempo pero no coló).

Ladytron es un grupo británico de electropop y el nombre se debe a una canción de Roxy Music. No utilizan samples ni sonidos pregrabados, lo tocan todo en directo utilizando sintetizadores, y además llevan batería y guitarras. Las dos cantantes Helen y Mira tienen una estética futurista con el negro como color dominante, algo que ya se adivinaba al ver el público que hacía cola esperando la apertura de puertas y abarrotaba los garitos cercanos.

El grupo sonó bien, presentaba su último álbum “Velocifero”, y las chicas no sonrieron ni una sola vez, muy en su línea estética. Pero el público disfrutó, estábamos mucho más apretados que la noche anterior y el sonido no era tan limpio, pero fue divertido. No es mi estilo de música favorito, pero me recordaba a Kraftwerk y todo hay que decirlo, las voces sonaban muy bien con ese toque distorsionador característico de este tipo de música.

Os dejo con el video clip de “Ghosts” su último single.

 

Y nada como todo un domingo para recuperarse de tanta nota.