El buen gusto musical

“Mama, ¿si me preguntan porque me tengo que ir tan pronto que digo?” Mi hija de casi catorce se está arreglando para ir un rato con sus amigas. La miro sin entender y le respondo que diga la verdad, que a un concierto, “vas a ser la envidia de tus amigas no?”.

No mama, si digo eso se reirán de mi

Faltan un par de horas para que nos vayamos a un festival de música, a ver uno de sus grupos favoritos, Love of Lesbian, y a muchos más, hasta que el cuerpo aguante. No me cabe en la cabeza que se pueda avergonzar de que le guste ese tipo de música.

La miro atónita y le digo que no me lo puedo creer.

Que sí, que a ellas les gusta Pablo Alborán, y Andy y Lucas y música de esa latina… y siempre que menciono algún grupo que me gusta se ríen de mi

Yo que siempre he intentado inculcarles la tolerancia musical, es decir, que no hay música mala, sino gustos diversos, me entran ganas de arremeter contra los para mi más que discutibles gustos musicales de algunas de sus amigas, pero me muerdo la lengua y le intento convencer de que no se tiene que avergonzar de los grupos que le gustan, y me siento orgullosa de que los mantenga a pesar de la presión.

No es su primer concierto, a mis dos hijos les encanta la música, pero debido a ese tipo de leyes y normas absurdas que dejan que los menores de edad puedan entrar a todo tipo de establecimientos en los que se venden alcohol (casales falleros, bares y restaurantes, teatros, etc.) excepto a las salas de conciertos cerradas en las que tienen prohibidísima la entrada aunque vayan acompañados de un adulto, solo pueden disfrutar de la música en directo si el concierto se realiza al aire libre (aunque también se venda alcohol). Y esta es una de esas ocasiones.

Menos mal que en un par de años se habrán acabado las restricciones.

Y es que solo el que ha vivido estos momentos puede entenderlo:

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NUNCA ES TARDE

Reconozco que iba predispuesta. Ángel Martín siempre me pareció un tipo con un humor sarcástico y ácido, eso que se llama ahora humor inteligente, y me encantaba como le metía caña a todo ese mundo del famoseo. La incógnita era como resultaría su combinación con Ricardo Castella… y que además cantaban.

Nada más empezar Ángel y Ricardo nos explicaron su experimento/capítulo piloto de la serie que habían ideado. Querían saber que nos parecía el argumento, e incluso en plena interpretación y por si nuestras carcajadas no les bastaban, de vez en cuando paraban y corrían hasta un extremo del escenario para solicitar nuestra opinión a mano alzada.

El argumento, la excusa, es el abandono de Ángel Martín de “Se lo que hicisteis”, está cansado, lleva cinco años saliendo en un programa diario de televisión y quiere cumplir su sueño, formar un grupo de música, para lo que se pone en contacto con su amigo Ricardo Castella que tiene muchas ideas ya que hace cinco años que no trabaja en televisión.

De un planteamiento tan simple como este parte un espectáculo musical que con ellos dos solos encima del escenario interpretándose a si mismos y a un par de personajes más (con el único cambio de un sombrero o peluca) consiguen mantener un ritmo frenético/cómico durante casi dos horas.

Es difícil separar la ficción de la realidad durante todo ese tiempo porque la historia gira en torno a ellos como personajes de televisión, y hasta en las situaciones más absurdas o surrealistas se puede adivinar que aquello quizás pudo haber pasado, lo que lo hace todavía más hilarante.

La sorpresa general la causa la música, desde la primera canción. Ambos se turnan con la guitarra y teclados, cantan en directo, sus letras son ocurrentes y además… entonan!  Durante la primera media hora se oyen los mismos comentarios en voz baja entre el público de alrededor: “¿que bien cantan no?”

Resumiendo: obra muy recomendable, de esas que no te dejan indiferente, quizás porque no solo te hacen reír sino que plantean esas cuestiones que a veces no nos atrevemos a preguntarnos para no tener que contestar: ¿que es lo que estoy haciendo con mi vida? ¿Es esta la vida que quería llevar? Que tampoco hay que deprimirse, como dicen al final del espectáculo, a veces basta con intentar cumplir nuestros sueños en el tiempo libre, como si fuera un hobby, más vale eso que abandonarlos del todo.

NUNCA ES TARDE… para hacer tus sueños realidad.

ALGUNAS PLANTAS

Odio la gente que habla en los conciertos.

No la gente que comenta cosas, que se ríe y que comparte lo bien que se lo está pasando. No. Me refiero a esas personas que van a los conciertos y se cuentan su vida, a voz en grito, porque si no no se oyen, claro. Y se pasan prácticamente todo el concierto así, sin hacer caso al grupo, que no sé para que pagan la entrada, porque para hablar se me ocurren muchos y mejores sitios en los que no tienes que dejarte parte de las cuerdas vocales para hacerte entender.

Y lo peor es cuando no son dos, que intentan gritarse al oído, sino cuando es un grupo de tres o mas, y gritan entre si. Últimamente tengo tan mala suerte que cuando creo que he conseguido un buen sitio y ya es prácticamente imposible moverse a otro siempre se me sitúa un grupo de estos delante, detrás o a cualquiera de los lados.

En el último del Sr. Mostaza se turnaban dos tipos borrachos que vociferaban lo mucho que se apreciaban el uno al otro a la altura de mi nuca, con una pareja de chicas a mi derecha que se estaban dando consejos de cómo superar una ruptura de pareja a unos cien decibelios. Y encima eran malos consejos.

Llega un momento en que no me puedo abstraer, es como si mi cerebro bajará el volumen de la música mientras sube el de la gente, hasta que solo oigo eso, voces y murmullo. Como cuando te acuestas escuchando el goteo de un grifo y acabas con los ojos como platos y la gota resonando en tu cerebro, sin que exista otro sonido a tu alrededor. Y entonces el concierto pierde su magia. Y yo me pongo de mala leche.

En un concierto acústico hace meses, Coque Malla se atrevió a pedir al público que guardara silencio tras tener que para unas cuántas veces debido a que el murmullo sobrepasaba el nivel de su acústico. Al lado tenía a un grupo que al principio del concierto parecían unos fans incondicionales del cantante, pero que esa petición (eran de los que no callaban ni bajo el agua) les sentó peor que si les hubiese mentado a la madre desde el escenario. Se pasaron el resto del concierto refunfuñando, insultándole y por supuesto, sin callarse.

Menos mal que de vez en cuando, hay conciertos en los que para lo único que la gente abre la boca es para corear las canciones a pleno pulmón. Antes me molestaba, ahora no, mientras cantan no gritan.

Eso lo saben bien los de Love of Lesbian, nunca he visto tantas caras de felicidad como en sus conciertos. Y saltos, y coros desafinados, y gafas de colores…

SONREIR

Hoy me cuesta sonreír, una porque he pasado muy mala noche, tengo el insomnio fácil y a la mínima mi cerebro se pone a cavilar echando al sueño a patadas, si encima lo alimentamos con una vecina octogenaria sorda que enchufa la tele a cualquier hora del día y de la noche (a mi me fastidian las de la noche claro) pues tenemos una noche larga e inacabable que acaba en una mañana en la que se me hace un mundo no solo sonreír, sino simplemente existir.

Además tenía dentista, hace unos días se me partió un diente y esperaba esta visita con una mezcla de esperanza de que no fuera muy grave y pudiera salvarlo y mucho miedo de que no, de que se fuera por los aires (otro). Y ha sido que no, que no se puede salvar, que hay que quitarlo, poner un implante (otro)…

Y así estoy, de medio duelo, y con la boca medio anestesiada, con lo que todavía me cuesta más sonreír.

Así que aunque me he tomado un par de ibuprofenos, mejor me pongo algo de música optimista que suele ser infalible. Y en eso el Señor Mostaza no suele fallar, así que con un disco titulado “Podemos sonreír” tengo la sonrisa (aunque sea melancólica) garantizada.

“Momento Eterno”. A ver a quien no le hace gracia el bailecito del final.

 

ONCE

Le encanta la música, en eso nos parecemos, así que cuando se sienta delante del piano, toda tiesa, con los auriculares casi escondidos en su densa melena la miro y sonrío, porque se desespera y repite varias veces que nunca le saldrá bien (aún no ha desarrollado el pensamiento positivo), pero vuelve a empezar una y otra vez hasta que lo consigue, y a mí me suena genial.

No es tan organizada como su hermano mayor, a veces se acuerda de los deberes en el ultimo momento con el consiguiente incremento del nivel de estrés familiar, pierde las cosas mas difíciles de perder (lo ultimo que no encuentra son sus chanclas de verano, desaparecieron una noche después de quitárselas para dormir), su memoria inmediata es algo defectuosa (uno de sus apodos caseros es Dory), puede preguntar hasta tres veces en medía hora a donde vamos, aunque yo haya informado previamente del itinerario antes de salir de casa, y se lo haya recordado cada vez.

Pero ese despiste encantador, sus pecas, su sonrisa de ratón, y ese corazón tan inmenso que tiene hace que no me pueda imaginar otra Mónica. Y sé que lo mejor está por llegar.
Aunque haya que pulirle un poco esos prontos…

Y para agradecerle esos once años que lleva haciéndome feliz le dedico dos de sus canciones favoritas, la primera, por la que siempre empezamos la ronda en The Beatles Rock Band.

Y para la segunda una de sus preferidas de Vetusta Morla, su último descubrimiento, su primer concierto en directo, donde contemplaba quieta y fascinada la magia de la música compartida al mismo tiempo por miles de personas. Un momento irrepetible.

INTENSIVA

23:30. Pongo la alarma del despacho y bajo a la calle. Hoy ha sido una jornada realmente intensiva, tanto que casi se me junta con la de mañana.

23:35. Entro en casa y la encuentro tan vacía que me agobia. Mis hijos se han ido esta mañana a pasar unos días con los abuelos, y casi se me había olvidado. El silencio que me rodea me resulta extraño. En el fondo me hubiera gustado que se quedaran, este mes pasa tan rápido y estoy tan poco con ellos…

23:45. Mi nevera está en estado prevacacional, es decir, no repongo. Un tomate pequeño prestado, un trozo de queso y unos pimientos es lo más apetecible que reposa en sus estantes. También hay unas cuantas salsas exóticas para ensaladas, pero no tengo nada verde sobre que echarlas. No hay nada más triste que comer sola, sin ganas, de restos… y viendo noticias caducadas.

00:00. Zapeo esperando encontrar algo interesante que ver en la televisión, me quedo pillada unos minutos con un reportaje sobre la operación salida de vacaciones, pero me aburre el seguimiento a la familia protagonista. Sé que no debería, ya he estado demasiadas horas ante la pantalla del ordenador, pero no puedo evitar encender el portátil para leer alguno de mis blogs indispensables.

00:55. No tengo remedio. Mañana voy a estar para el arrastre.

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Y queda 1 día, 15 horas, 48 minutos y 19 segundos.

FACEBOOK

Hace unos días discutía con unos amigos sobre la famosa red de redes, Facebook; ninguno tenía página en dicha red social, tampoco navegaban por Internet con asiduidad, si acaso alguno la utilizaba para leer la prensa digital. Así que para ellos yo era una friki enganchada a una tontería virtual que no servía absolutamente para nada. Solo una amiga me comento por lo bajo que ella quería abrirse perfil, aunque no se lo iba a decir a su pareja, para evitar burlas.

De nada sirvieron mis argumentaciones a favor, no lo han probado, no me entendieron. Reconozco que engancha, pero gracias a ella he encontrado amigos que hacía muchos años que tenía perdidos, puedo charlar con gente que está muy lejos, mantener amistades recién estrenadas, estar al tanto de las novedades de las personas que me interesan, pero sobre todo… compartir.

Me encanta compartir noticias, música, imágenes, estados de ánimo… comentar, discutir, curiosear… y recibir información de todo tipo prácticamente al minuto, política, social, económica…

Y eso es lo que me ha enganchado de Internet, la información. Ahora mismo no podría imaginarme un futuro sin Internet, ya no por Facebook, sino porque nunca habría soñado con una fuente de información tan inmensa e inmediata. Yo, que soy de la época de las enciclopedias, que tenían su encanto pero quedaban rápidamente obsoletas en muchos de sus contenidos, considero un lujo poder aclarar cualquier duda que se me plantee prácticamente al instante. Hay millones de bytes repletos de datos interesantes flotando por ese espacio virtual universal. Solo hay que saber buscar.

Pero las novelas las sigo prefiriendo en papel. Siempre.

 

Hace tiempo encontré este divertido video. Y me sigue haciendo gracia.