RELATO: EL BALNEARIO

Hoy he vuelto a soñar con el…

balneario

Entra en el vestíbulo un poco azorada. Se siente insegura en las situaciones nuevas, en lugares en los que no ha estado nunca, como si se fuera a perder, o a equivocar… Recuerda que ahora está sola, que nadie la va a juzgar, que no va a escuchar ningún “te lo había dicho”.

–         Buenos días. Mi nombre es Alicia B. Tengo una reserva – se apoya en el mostrador mientras intenta lucir su sonrisa más radiante.

–         Buenos días Sra. B. Un momento y lo compruebo, ¿me deja ver alguna identificación? – le devuelve la sonrisa mientras alarga su mano hacía ella.

Alicia observa el hall, tiene esa decoración lujosa pero decadente de los viejos balnearios centenarios. Espera y desea que en las habitaciones hayan renovado un poco más el mobiliario que ahí fuera.

Está todo correcto, Sra. B. Habitación 311, tercer piso. Aquí tiene el horario y actividades detalladas del programa bienestar que ha contratado, junto con un plano de nuestras instalaciones y normas de uso – El amable recepcionista sonríe de nuevo al mismo tiempo que le alarga un tríptico de color dorado, junto con un par de hojas con un montón de enumeraciones que es incapaz de descifrar sin sus gafas de cerca – Si tiene algún problema no dude en preguntarnos. El botones la acompañará.

El botones se acerca hacia ella con desgana, quitándose uno de los auriculares del mp3 que le sobresale del bolsillo del uniforme. Coge su pequeña maleta y le hace un gesto invitándola vagamente a seguirle. Podría llevarla ella, no es demasiado pesada: ropa cómoda, algo de vestir por si hay que arreglarse y un par de libros. Por teléfono le habían dicho que albornoz, toallas, y cualquier producto de aseo lo encontraría a su disposición en la habitación. Y que cualquier otra cosa que necesitase no dudase en pedirla. Aquello la terminó de convencer.

Los ascensores son de madera, de los antiguos, con una flecha que indica en que planta se encuentran. Entran y el botones pulsa un gran botón dorado con el número tres dibujado en estilo modernista. Las puertas correderas se cierran. El traqueteo al ascender no es muy tranquilizador, pero sólo son tres plantas.

Nunca se hubiera imaginado en un balneario, haciendo una cura de salud y belleza. Pero su compañera de viaje le había fallado a última hora y no le apetecía ir sola a ningún sitio. Así que cuando se tropezó con esta oferta, una semana de dieta, y vida sana, un nuevo método innovador, masajes depurativos, todo tan minucioso y profesional, pensó que era el destino ideal para desconectar de todo, y de paso perdería esos kilos de más con los que luchaba desde hacía años.

305… 306… 307… se da cuenta de que no se ha tropezado con ningún otro cliente del hotel desde que ha entrado.

–         Es Vd. la última en llegar a nuestro programa y están todos preparándose en sus habitaciones. – Parece que le ha adivinado el pensamiento – No se preocupe, le aseguro que saldrá como nueva dentro de una semana. Aquí está,  311.

El botones introduce la llave en la cerradura – “Qué raro, una llave, en estos tiempos… con lo cómodas que son las tarjetas magnéticas…” – Deja su maleta en el interior de la habitación y le sostiene la puerta mientras entra. Una ligera claridad entra a través de las cortinas echadas, pero no lo suficiente para ver la habitación. Se adelanta unos pasos y cuando se va a volver para darle las gracias oye la puerta cerrándose de golpe detrás de ella. Escucha la llave girar. No entiende. Intenta abrirla. Cerrada.

Se da cuenta de que no se ha quedado con la llave.

Se da cuenta de que no lleva el móvil. Se lo han pedido en recepción. Primer punto del programa de relajación: Desconectar totalmente del exterior.

Se da cuenta de que está asustada cuando se oye gritar a sí misma.

El botones se ajusta de nuevo el auricular mientras camina con desgana. “…Eat me, Drink me, This is only a game….”

“Tranquila, debe ser un malentendido, se habrá ido la luz” Se dirige hacia las cortinas y las abre nerviosamente. Unas desvencijadas contraventanas de madera impiden que entre la poca claridad que queda del día. Intenta abrir una de las ventanas pero no puede, la manivela no gira. Es inútil.

Espera a que sus ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación. Hay una cama en un rincón, con cabezal metálico, como en los hospitales antiguos. A su lado una sencilla mesita con un cajón, también metálica, desnuda, sin lamparita, ni teléfono.

Camina hacia el centro y se golpea la espinilla con una silla. No la ha visto, es de madera, blanca, como la pared. Al lado hay una puerta cerrada. La abre y descubre un vetusto cuarto de baño: inodoro, una enorme pila con un grifo de bronce y una bañera desconchada.

Abre el grifo y se moja la cara. “Por lo menos tengo agua”.

Se sienta en la silla e intenta pensar.

La penumbra se va convirtiendo en oscuridad y a pesar de haber superado hace tiempo su miedo infantil a la ausencia de luz no puede evitar que se le encoja el estómago.

De pronto escucha un ruido, es metálico, como de tuberías viejas. Se va acercando, lo oye avanzar por el pasillo de fuera. Silencio de nuevo.

Se acerca a la puerta y empieza a golpearla. “¿HAY ALGUIEN AHÍ?” Escucha un grito lejano, como en otra planta. Retrocede y se queda en medio de la habitación. Mirando ya sin ver. La oscuridad la envuelve.

Vuelve a tropezar con la silla y cae. Se golpea la cabeza contra la cama. Un dolor pulsante le indica donde le saldrá el chichón. Se levanta tanteando la pared y se sienta en la cama. Escucha mil ruidos sin oír realmente nada. A veces le parecen susurros, otras veces conversaciones al otro lado de la puerta. Se oye llorar a sí misma, ya no sabe si está despierta.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido, pero cree que han pasado más de dos días desde que la dejaron allí. Tiene hambre, sólo bebe agua, un agua rojiza que cae por el viejo caño del grifo. “Agua rica en hierro. Fuente de salud conocida desde hace siglos” rezaba la publicidad. Ha intentado abrir la puerta y la ventana varias veces. Lo único que ha conseguido son dos profundos arañazos y tres uñas rotas. Se siente débil, solo quiere dormir… pero tiene tanta hambre.

….

El conserje la mira con gesto de preocupación, detrás de él se asoma la cara inexpresiva del botones. Quiere hablar, pero no puede… vuelve a cerrar los ojos. Vuelve a oír conversaciones lejanas, casi susurros.

….

Le duele la mano, intenta moverse pero un pinchazo agudo en ella se lo impide. Abre los ojos y le cuesta enfocar la vista. Hay demasiada luz. Alguien ha abierto las contraventanas, hace sol fuera y la claridad inunda la habitación. Un bonito papel pintado de color marfil recubre las paredes. “Parecían blancas, con humedad…”. Mira a su alrededor. La mesita ya no está vacía, hay un pequeño maletín blanco, con una cruz roja. Es viejo, parece un botiquín. Un pequeño interruptor que no había visto antes está casi oculto detrás de la mesita. Alarga la mano para pulsarlo y se da cuenta de que tiene una vía en la muñeca izquierda. Sigue con la vista el tubo hasta el gotero que lentamente va introduciendo un líquido rojizo en su sangre. Se le nubla la vista. Otra vez está todo oscuro.

….

Está soñando. Alguien la está llamando pero no reconoce la voz. Cada vez suena más cerca. Intenta abrir los ojos, hay demasiada luz. Se siente aturdida.

–         ¡Señora! ¡Alicia! ¡Despierte! – intenta abrir los ojos. Se nota la boca pastosa, le cuesta tragar. Una mujer con  un uniforme blanco está inclinada sobre ella. Quiere mover la mano pero todo le pesa mucho, los brazos, los párpados… – Lleva durmiendo todo el día, debe despertarse. Ayer se desmayó después de los ejercicios y se golpeó la cabeza. – la mujer habla despacio, como si quisiera que entendiera bien lo que está diciendo – Menudo susto nos dio. Estaba muy débil, le hicimos una analítica y tiene anemia, no debía haberse apuntado al programa de adelgazar en ese estado.

Consigue llevarse la mano derecha a la cabeza, donde nota tirantez. Palpa el chichón. Intenta pensar pero solo recuerda oscuridad.

–         ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – le cuesta hablar. Nota como arrastra las palabras.

–         ¿En la cama? Desde ayer a las nueve de la noche más o menos. Cuando se desmayó la trajimos a su habitación y el médico la reconoció. Le recetó vitaminas y suero vía intravenosa. Ahora son las ocho de la tarde. Su estancia finalizaba hoy a las doce pero hemos querido dejarla descansar. – La mujer está recogiendo el gotero vacío. Se mueve de manera muy profesional, pero no parece una enfermera. 

–         ¡Ya ha pasado una semana! – Alicia se mira el dorso de la mano. Un pequeño punto indica donde estaba la aguja.

–         ¿Que rápido verdad? ¡Y estará contenta! Ha perdido ocho kilos, sus amigos no la van a conocer. Eso sí, debe seguir con las vitaminas que el médico le ha recetado y tomar un poco el sol, a ver si hacemos desaparecer esas ojeras. Es una pena que anoche se perdiera el cóctel de despedida.

Alicia se incorpora. Le da vueltas la cabeza. No recuerda los ejercicios. Ni la caída. Si el hambre… 8 kilos, no se lo puede creer. Se levanta despacio y camina hacia el cuarto de baño. Se mira en el espejo. “Sí que tengo mala cara. Pero hacia tiempo que no me veía tan delgada”.

La imagen en el espejo la ha animado. Se viste sin prisas. La ropa perfectamente doblada en el cajón de la mesita que introduce en su maleta. Tiene poco que guardar.

Pulsa el botón de bajada y sonría a la imagen que le devuelve el gran espejo del ascensor. En el hall enciende su móvil mientras revisan su cuenta. “Dos llamadas de mamá, y cuatro de la oficina. Qué  gran vida social tengo”.

Sale por la puerta giratoria y admira la gama de tonos rojizos que envuelven el sol, a punto de desaparecer en el horizonte. Está empezando a anochecer. El taxi está esperándola. Se acomoda y apoya la cabeza en el asiento. Todavía se siente cansada. Vuelve a mirar su mano, donde tiene el pinchazo, le molesta un poco. Mira su otra mano, antes no se había fijado. Tiene unos arañazos en la palma, parecen recientes aunque están cicatrizados. Gira la mano y estira los dedos, las dos manos juntas. En la derecha tiene tres uñas rotas. Están cortadas y limadas, pero le parece horrible el aspecto de su mano con esa diferencia de tamaño entre unas y otras. “Tendré que ir a la manicura en cuanto llegue a casa”.

Se estira en el asiento y su pierna tropieza con su maleta. Una punzada de dolor le ha hecho encogerse. Mira su pierna. Tiene un gran moratón en la espinilla que se está volviendo de color amarillo. Se frota la pierna y vuelve a sentir el dolor.

Gira la vista y mira por última vez el gran edificio de estilo modernista. La gran escalinata de la entrada, la cúpula central acristalada, las estilizadas ventanas. Le parece ver una sombra desapareciendo detrás de una de ellas, una contraventana se cierra violentamente. Se da cuenta de que todas están cerradas, no hay luz en ninguna de ellas… recuerda una habitación en penumbra… siente el dolor pulsante… se toca la cabeza y palpa el chichón… una silla… gira su mano y examina los arañazos… una contraventana… desesperación… oscuridad… está empezando a sentir angustia.

Toca el hombro del taxista. “Perdone, necesito que me ayude, creo que no iré a la estación…” Los ojos la miran con indiferencia a través del retrovisor. Separa la mano derecha del volante y se quita algo de la oreja. Sólo entonces ella repara en los auriculares. Música distorsionada suena a través del que ha quedado sobre su hombro. “Sweet dreams are made of this. Who am I to disagree?...” ¿Dónde he oído antes esta música? Recuerda un uniforme… manos frías que la sujetan… “…Everybody’s looking for something. Some of them want to use you…

SUEÑO

¡¡Madre mía!! Ya son casi las once y aún me falta por entregar la solicitud del master. Joder, joder, joder, y yo que creía que me daba tiempo de sobra y que me iba a escapar un rato. ¿Seré inocente?… donde está,… aquí.

Se quedó mirando las hojas manuscritas. Sus ojos pasaban rápidamente por los trazos apresurados, llenos de correcciones pero seguros. La mano izquierda pellizcaba su labio inferior mientras con el bolígrafo que tenía en la derecha aún añadía nuevas correcciones sobre el papel antes de pasarlo al ordenador.

Cogió la cazadora. Se disponía a salir y se volvió a acordar de ella. Últimamente apenas se habían visto y sabía que también ella estaba muy ocupada. Le había dicho, en las contadas ocasiones que habían hablado por teléfono, que tenía un montón de líos en el trabajo, pero por encima de esa sobrecarga, él sentía que algo no andaba del todo bien. No sabía muy bien porqué, pero últimamente parecía percibir una leve sensación de tristeza en su forma de hablar que no le dejaba tranquilo. Quiso quitárselo de la cabeza, y quitársela a ella también. Sólo un ratito pensó, y le pidió disculpas mentalmente por separarse de su eterna compañía. Pensó que si hubiese dormido un poco más, seguro que se sentiría más seguro y no se dispersaría tanto. Pero se sentía cansado. Había dormido tres horas escasas y a esas alturas de la mañana ya todo empezaba a espesarse más de la cuenta. Le pasaba de vez en cuando, ya hacía unas semanas que no, pero anoche volvió a ocurrir. Se acostó, se puso a leer un rato y luego dejó el libro e intentó dormir. Pero entonces ella se metió de nuevo en su cabeza. Estaba preciosa. Se acercó a sus labios y le besó. Era un beso suave, dulce y lleno de ternura, pero a la vez, le decía con ese beso todo lo que ella deseaba. Y entonces no pudo evitar sumergirse en un duermevela lleno de imágenes sexuales que le transportaban a otro momento y otro lugar. Y se marchó con ella, a su casa. Entró en el cuarto y la despertó con sus caricias. Ella le miró sorprendida y se abrazaron.

Hola – le dijo – te echaba de menos y no podía hacer otra cosa que no fuese venir a estar a tu lado, no podía hacer otra cosa que no fuese estar aquí mirándote.

¿Porque has tardado tanto? – su mano le acariciaba suavemente la mejilla, recorriendo de nuevo esos rasgos que sabía de memoria, que tantas veces había acariciado en su imaginación.

Lo siento cariño… – ella le puso un dedo en los labios y con la mirada le dijo que no importaba. Que ahora estaba allí, a su lado. Y era sólo para ella.

Sus labios se juntaron, suavemente al principio, como si se reconociesen. Besos dulces, lentos e interminables, hasta que las manos empezaron a buscar ansiosamente la piel del otro. Una mano que recorre una espalda, una lengua sobre un dragón, movimientos contenidos, una cadera que lentamente se abraza a otra en un vaivén acompasado y suave.

 

Amanece. Una tenue luz empieza a iluminar el cuarto. Siente frío, está desnuda. Contempla la almohada a su lado, vacía, la toca suavemente, como para cerciorarse de que no hay nadie a su lado. Se acurruca bajo las sabanas buscando de nuevo el sueño. Buscándolo de nuevo a él, aunque sabe que tardará en volver, cada vez más.

MADRUGAR

No me gusta madrugar. Todo el que ha convivido conmigo lo sabe. En el face soy miembro de “Mi cama tiene una fuerza sobrenatural que no me deja levantarme por la mañana” y “Yo por cinco minutos más de sueño MA-TO”, son las únicas páginas chorras con las que me siento completamente identificada.

Siempre he sido un ave nocturna. Mi momento de mayor actividad (cerebral, la física todavía no ha encontrado su momento en las 24 horas del día) es por la noche. Leer, internetear, escribir, ver una película… se me hacen la una de la madrugada y no me apetece irme a dormir, el sueño no llega. Me obligo a irme a la cama, pienso en todo lo que tengo que hacer al día siguiente… que mañana estaré echa polvo… y claro, me desvelo.

En esos momentos de insomnio absoluto estoy más despejada que después de mis tres cafés expresos de por la mañana. Se me ocurren todas esas cosas pendientes que no me apetece hacer cuando estoy levantada y es de día: organizar el armario y doblar bien la torre de ropa que cada vez está más inclinada, ordenar las fotos de los últimos 15 años, buscar la garantía que necesito para reparar el aire acondicionado…  pero no son horas.

Afortunadamente mis noches de insomnio han disminuido notablemente, tanto como la frecuencia de posts en este blog, pero sigo acostándome más tarde de lo que debería con lo que no suelo cumplir las ocho horas recomendadas de sueño (que será por eso que no luzco como las modelos esas que dicen que ese es su único secreto de belleza), y por la mañana el armonioso sonido del arpa que he elegido para tener un suave despertar siempre me parece que suena demasiado pronto… y lo apago y me doy media vuelta… cinco minutos más.

Que suelen ser quince, hasta que mi despertador de urgencia me avisa de que si no me levanto llegaremos todos tarde.

Mi hija es como yo. En cuanto me oye entrar a su cuarto se tapa la cabeza y me refunfuña unos minutos más… pero mi hijo… no sé a quien ha salido. Ningún miembro de mi familia es madrugador. Somos marmotas evolucionadas en humanos. Madrugamos por obligación. Punto.

Menos él. Hoy ha sido uno de esos días raros y escasos en los que se ha dormido y le he tenido que despertar.

Se ha enfadado consigo mismo porque ha perdido una hora de estar despierto. Y mientras desayunaba enfurruñado, su hermana y yo lo mirábamos incrédulas… ¿Qué se puede hacer mejor a las siete de la mañana que seguir durmiendo?

Y ya se me ha hecho la una de la mañana…

HORAS

00:20 Dejo a Andréu con la palabra en la boca y me voy a la cama. Mañana quiero levantarme muy pronto para adelantar lo que en los próximos días de fiesta no podré. Algo me dice que me va a costar dormirme, pero por intentarlo…

01:04 El retumbar de un castillo de fuegos artificiales hace temblar los cristales. Cuando acaba y llega el silencio, continúan oyéndose disparos aislados. Pienso en que esto debe ser parecido a vivir en una zona de guerra (sólo por los sobresaltos claro).

01:43 Oigo un lloriqueo apagado. Me levanto y me tropiezo con mi hija en mitad del pasillo. Lleva las gafas puestas pero no me ve. Tiene una pesadilla, y aún está dormida. La empujo suavemente a su cuarto y la acuesto. Me quedo unos segundos para comprobar que se queda tranquila y me voy corriendo a mi cama. Hace frío.

02:15 Observo la luz azul de mi despertador. Los grandes números me indican que mañana estaré muerta de cansancio. Sigo sin tener sueño, dudo entre levantarme o seguir intentándolo. Me doy la vuelta y me tapo la cabeza con el edredón.

03:05 Mi vecina debe estar también desvelada porque ha enchufado la televisión. Creo que es un programa de tertulia, no distingo bien lo que dicen pero tiene el volumen lo suficientemente alto para que no pueda ignorarlo.

03:30 Sopeso la idea de tomarme una pastilla, pero es demasiado tarde y dentro de cuatro horas estaré espesísima. Lo de acabarme la botella de vodka rojo tampoco es buena idea. Sólo me faltaba ir a trabajar con resaca.

04:15 Me giro al otro lado de la cama, buscando su frescor de sábana desocupada. Hoy me gustaría tener compañía, se me haría el insomnio más entretenido. En ese momento recuerdo un sofá, caricias y una conversación. “Ojala nos hubiéramos conocido hace años. Ahora ya sé que nada es para siempre” No sé muy bien si fue exactamente así, pero esa era la idea.

Y yo, que nunca he creído en el amor eterno, tampoco he iniciado las relaciones pensando en su caducidad. Simplemente me dejaba llevar. Cuatro años, seis meses, un verano, casi un año, dieciséis años, dos años… Unas aguantaron lo justo, otras demasiado, alguna se resiste a dejarme…

En este momento de mi vida, con todo el camino que llevo recorrido he aprendido de mis errores, creo que tengo más claro lo que quiero y lo que no. Pero de lo que estoy completamente segura es que quiero sentir, emocionarme e ilusionarme con la misma intensidad que hace veinte años. Disfrutando cada instante, acumulando todos los momentos mágicos que pueda. Tengo la maleta llena de ellos, pero todavía queda sitio para muchos más.

Así que con todo lo que ahora sé, con todo lo que no quiero volver a repetir, yo prefiero haberte conocido ahora. Aunque no quiero pensar mucho en ello. Me siento a gusto. Prefiero dejarme llevar. Ya sabes, la vida es eso que te va pasando mientras te empeñas en hacer otros planes.

05:08 Mañana no me podré levantar….

Relato: LA CERRADURA

Rebusco en el bolsillo de la chaqueta por tercera vez. El contenido de mi bolso está esparcido encima del felpudo. Cartera, funda de gafas, kleenex, llaves del coche, llaves del trabajo… pero ni rastro de las llaves de casa. Intento hacer un esfuerzo mental para recordar, me duelen horriblemente los pies, y maldigo esa última copa que he tomado y que no me deja pensar con claridad.

Lo vuelvo a meter todo en el bolso y me levanto. Son las dos y media de la madrugada. Mañana tengo comida familiar y por eso he vuelto a casa pronto, nada peor que una resaca rodeada de sobrinos gritones y ruidosos.

El silencio que hay alrededor hace que el zumbido de mis oídos me esté ensordeciendo. Apoyo la espalda en mi puerta y me voy resbalando hasta que quedo sentada en el suelo. Necesito pensar. Saco mi móvil y repaso la agenda. Seguro que alguien me puede ayudar. Hace frío para quedarme aquí toda la noche.

Oigo pasos y cerraduras que se abren. Me pongo de pie en un acto reflejo. Una tenue luz roja se cuela por la rendija que ha abierto mi vecino. Se asoma tímidamente y cuando comprueba que soy yo, sale al rellano.

Me convence para que pase. “No te vas a quedar ahí toda la noche. Pasa, si llamas a un cerrajero ahora te va a costar una fortuna. Anda, tengo habitaciones de sobra”.

Entro tímidamente, agradeciéndole el detalle. Hemos charlado brevemente en muchas ocasiones mientras compartíamos ascensor, pero nunca he estado en su casa. Cierra la puerta a mi espalda y vuelve a darle varias vueltas a la cerradura de seguridad. En seguida pasa delante de mí y me guía hacia el interior. El suelo está cubierto de alfombras, las paredes de cuadros y tapices, la escultura de un santo a tamaño natural me mira desde una esquina con las manos tendidas hacía delante en actitud suplicante. El pasillo está plagado de arte en toda su longitud y cuando llegamos al salón la cosa no mejora. Más cuadros, esculturas, jarrones, figuritas, objetos que cubren todas las paredes hasta el último centímetro. Una cómoda estilo Luis XV al lado de una vitrina Art Decó… ni siquiera puedo adivinar de qué color están pintadas las paredes. Sabía que se dedicaba a las antigüedades.

El Sr. Pascual es un viejito discreto que vive solo. A veces le visita su hermana y un sobrino. Pero desde que cerró su tienda de antigüedades no suele salir mucho de casa. Es de una educación exquisita.

Me dice que padece insomnio y al oír ruidos en la puerta se acercó a la mirilla, por si eran ladrones. Mientras me cuenta con voz pausada me conduce hasta una de las habitaciones. Una enorme cama con dosel preside el centro de la habitación.

         Si necesitas algo no dudes en llamarme. Que descanses – se aleja arrastrando las pantuflas a juego con la bata a cuadros.

Me siento en el borde de la cama e inspecciono la habitación. Un señor con un gran mostacho me observa desde un gran cuadro en la pared de enfrente. El hombre tiene el gesto serio y una mirada penetrante. Es de esos retratos que da igual donde te encuentres, porque siempre te miran a los ojos.

En un rincón hay una palangana y una jofaina. A su lado un galán con espejo, su marco de madera esta tallado con sinuosas y elegantes ondas. Parece modernista. Mi imagen reflejada me devuelve una cara ojerosa y cansada. Me quito la ropa y me meto en la cama. Sabanas de hilo, ásperas y frías sobre un colchón duro. Me acurruco entre los chirridos de la cama que supongo añeja y me dejo vencer por esa languidez que produce el cansancio, poco antes de caer en el sueño.

 

 

Tengo sueños inquietos. Siento opresión en mi cuerpo, manos que me rozan y acarician, una mezcla de miedo y excitación. Un crujido me sobresalta, recupero levemente la consciencia, entreabro los ojos y en frente de mi está el cuadro, sólo que hay algo distinto en él, está vacío, sin nadie. Un fondo oscuro con cortinas negras. Cierro los ojos con la tranquilidad de estar soñando. De nuevo una oleada de calor que me sube por el cuerpo, siento una excitación tan intensa que empiezo a moverme acompasadamente, como si me masturbara sin tocarme. El orgasmo precede a mi sueño más profundo.

 

El Sr. Pascual toca suavemente a la puerta y se asoma discretamente.

– Me tengo que marchar, pero puedes quedarte un poco más si lo deseas…. Por cierto, he dejado tus llaves en la entrada, se te cayeron junto al ascensor anoche.

Miro mi reloj, aturdida. No recuerdo muy bien dónde estoy. Son las doce del mediodía. Me levanto y me visto. Mi ropa huele a tabaco y necesito una ducha. Me siento en la cama y mi mirada se vuelve a tropezar con la del hombre del cuadro. Ahora con más luz lo observo mejor, es un hombre de mediana edad, vestido con traje oscuro y con grandes bigotes, de porte imponente. Sólo que hay algo distinto en él…

Anoche no sonreía.

Relato: RUIDOS

La película estaba a punto de acabar, por fin iba a averiguar porque la había matado. Inconscientemente me adelanto en el sofá, como para oír mejor, Irene y los niños hace rato que duermen, y tengo el volumen de la tele bajo, para no molestar.

Primer plano del asesino, empieza a contar su historia, casi susurrando. En ese momento oigo el bufido. Un chirrido repentino que significa que el camión de la basura está justo debajo de mi balcón. Siempre llega de repente, sin avisar. Y a partir de ese momento todo son golpes, ruidos hidráulicos, motor al ralentí… intento encontrar el mando a distancia, subir el volumen… pero no me da tiempo, cuando el camión arranca con sus 290 caballos de potencia atronando por toda la calle, ya se ha acabado. El fundido en negro me deja paralizado, sentado frente al televisor, como un idiota. Me he tragado la película para nada.

Apago luces, reviso puertas y me dirijo de puntillas hacía mi dormitorio. Mi mujer duerme profundamente. Entro en la cama con cuidado, es tarde y mañana me costará levantarme. Lo sé.

Apoyo la cabeza en la almohada y cierro los ojos. Oigo voces a través del tabique. “¡Joder, hoy también!”. Mi vecina octogenaria se ha comprado una tele para su dormitorio, y lleva todo el fin de semana disfrutándola. Reconozco las voces y el tono. Es uno de esos programas donde varios pseudoperiodistas despellejan a unos cuantos personajes, eso sí, por riguroso orden de llegada. Me doy la vuelta e intento relajarme. Imposible, en los intermedios, el volumen es todavía más alto. Parece que tengo el dichoso aparato en mi propia habitación. Miro a mi mujer con envidia. Ella se ha dormido antes, y ya está en fase de sueño profundo.

Busco a tientas en el cajón de mi mesilla un par de tapones y me los incrusto en los oídos. No he podido evitar echar un vistazo al reloj, son ya las dos y media. Mañana voy a dar un asco…

Estoy empezando a soñar cuando el rugido de una moto con el tubarro trucado perfora mis oídos a través de los tapones. Con alivio compruebo que ya no se oye la tele de la vecina y me los quito. No me gusta dormir con ellos, estoy incómodo. Me acurruco y me concentro en intentar aprovechar las pocas horas que me quedan.

A las siete me despierta la barredora que emite un pitido irritante y repetitivo mientras los rodillos y el agua a presión arañan la acera. Desisto y me levanto. Por lo menos llegaré puntual a la oficina, con ojeras, pero puntual.

Me duele la cabeza. Intento tomarme un café con ibuprofeno mientras observo a mis hijos peleándose por la pegatina de los cereales. Las tostadas saltan a mi lado. Mi mujer grita algo desde el baño. Se está secando el pelo y no la entiendo.

En el autobús lucho por no lesionarme la cadera con cada frenazo del conductor. Frenazos que provocan unos chirridos que me taladran el cerebro en mi peor fase de jaqueca.

Entro al edificio y busco la máquina de bebidas calientes. Ahora mismo solo necesito un café y encerrarme en mi despacho. Yo solo. En silencio. Me miro el reloj, voy bien de tiempo. Delante de mí hay dos chicas buscando suelto para la máquina. Se están contando chismes del fin de semana y se ríen, mucho, y muy alto. Detrás tengo al pesado de contabilidad hablando por el móvil. También grita, es uno de esos que cuando habla por teléfono parece que quiera que todo el mundo se entere de su conversación. Parece que este fin de semana salió con los amigos y ligó.

Meto ochenta céntimos en la ranura y pulsó el botón de expresso extra-dulce. Un vasito de plástico se coloca sobre la rejilla y un chorro de agua caliente cae dentro de él. Sólo agua. Miro el vaso humeante con el poso de azúcar al fondo y empiezo a mosquearme. Meto un euro. Selecciono expresso-largo, también extra-dulce, y recojo el cambio. Cae otro vaso. Un ruido agónico y esta vez no sale ni agua. Oigo al de contabilidad a mi espalda comentar a su interlocutor a gritos que la máquina de café se ha estropeado.

Mi móvil empieza a sonar. Respiro hondo. Rebusco en mis bolsillos, reúno ochenta céntimos y vuelvo a empezar. Café expresso. Probaré sin azúcar. El sonido de mi móvil va in crescendo. Siento un golpecito en el hombro. El de contabilidad me pregunta si necesito ayuda.

Me giro bruscamente y lo agarro de las solapas, estampándolo contra la máquina. Mientras golpeo su cabeza contra el panel de selección pienso en que si le reviento la cabeza me salpicaré mi chaqueta nueva.

          No gracias – mi mirada le hace desistir de cualquier otro intento de amabilidad.

Le doy una patada a la máquina. Justo sobre la fotografía de la taza humeante de café que ilumina la parte inferior del frontal. Comienza un goteo tímido al que sigue el resto de líquido oscuro que termina con una espesa capa de crema.

Sonrío triunfante y recojo mi café. El de contabilidad me mira, sujetando su moneda en el aire. Indeciso.

Me alejo soplando mi café. Todavía oigo al de contabilidad.

          ¡Te tengo que dejar que me voy a sacar un café! Eso, si el pirado de antes no la ha roto. ¡Pues no le ha pegado una patada! ¡Que poco aguante tiene la gente! ¿Sabes lo que me pasó ayer?…..

 

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Esta vez el tema propuesto en el Club era sacarse una historia a partir de una noticia o artículo de algún periódico. Aquí va el enlace que me la inspiró:

http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2008120800_16_529063__Valencia-Eduard-Estivill-gente-esta-sometida-niveles-altos-ruido-agresiva-menos-tolerante

Relato: INFIERNO

Llevo tres días en esta ciudad. El Cairo. Por fin me decidí a cumplir uno de mis sueños, viajar a la cuna de una de las civilizaciones que más me han fascinado desde que era niño. Recuerdo la primera vez que descubrí la Esfinge con la gran pirámide detrás. Estaba estampada en un cromo de la Colección Vida y Color de mi primo Enrique, unos años mayor que yo. Me lo enseñaba orgulloso, sin apenas dejarme tocar sus hojas repletas de maravillas de todo el mundo. Lugares que prometí que algún día visitaría.

Ahora, treinta y cinco años después de aquel momento, me encuentro tomando café en una terraza de una calle de nombre impronunciable para mí. Los turistas inspeccionan mapas y guías mientras deciden su próximo destino. Los camareros van y vienen ágilmente entre el laberinto de mesas sirviendo a los exigentes occidentales… yo me relajo, está anocheciendo y pronto bajarán las temperaturas, lo que dará un poco de respiro al terrible calor diurno.

Llevo dos días recorriendo la ciudad: el barrio copto, el centro urbano, el zoco, el viejo Cairo islámico, con sus palacios, mezquitas, escuelas… pero el gran día es mañana. Mañana inicio mi excursión, mi auténtico viaje al antiguo Egipto: Giza, Luxor, Tebas, Nubia, Dahshur… no hace falta que repase guías, las conozco, sé su ubicación, su historia, los faraones que ordenaron su construcción… es mi pasión, cientos de horas viajando a través de las páginas de los libros, cerrando los ojos intentando sentir ese silencio en medio de la inmensidad del desierto…

Vuelvo a la realidad. Ayer, en esta misma terraza conocí a alguien. No acababa de entenderme con el camarero en mi inglés de colegial y ella que estaba en la mesa de al lado le explicó en un árabe que a mí me pareció perfecto que yo quería un café dulce, no el amargo café turco sin azúcar que acababa de traerme. Le di las gracias y le pregunté de dónde era. Tenía unos preciosos ojos azules que contrastaban enormemente con su tez morena. Me dijo que había nacido allí pero durante muchos años estuvo en el extranjero estudiando, sus padres querían que se occidentalizara pero ella había querido volver. No le gustaba el egoísmo y descreimiento que había visto. Empezó a contarme cosas sobre su familia, de su padre, descendiente de bereberes y de su madre, hija de armenios llegados al país huyendo del genocidio que sufrieron en la primera Gran Guerra. Los ojos le brillaban, hablaba de una manera apasionada… De pronto sonó su móvil, se calló y se levantó con prisa, disculpándose, se le hacía tarde, dijo. Se alejó caminando. Iba vestida de negro, con pantalones y una camisa ancha. Nada que revelara ninguna de sus formas. A pesar de ello desprendía una feminidad muy atractiva.

Y ahora estoy aquí, en la misma mesa, a la misma hora que ayer, esperando. Quiero volver a encontrármela, preguntarle, saber más sobre la diferencia entre nuestras culturas, nuestras creencias… Pero llevo casi una hora y me estoy quedando frío. Los turistas abarrotan ahora la parte interior de la cafetería, pero yo prefiero quedarme fuera. Me gusta ver el mundo pasar por delante de mí. Siempre me han gustado las terrazas de las ciudades. Es todo un espectáculo de vida.

Una familia de alemanes se acerca y se sienta en una mesa próxima. Un vendedor ambulante vestido con una túnica larga blanca pasea entre las mesas ofreciendo su mercancía. Una mujer pasa por delante de la terraza, lleva un velo cubriéndole el pelo y medio rostro. Me extraña que se encamine hacia el interior y la sigo con la mirada. Antes de entrar se gira hacía mi dirección y veo unos ojos azules. Unos ojos azules enmarcados en un velo de tristeza negra.

Es la mujer de ayer. Me levanto para alcanzarla.

La onda expansiva me lanza a unos metros de donde me encontraba. No oigo nada, el silencio me hace daño en los oídos. Miro hacía atrás. Fuego, gritos y dolor. Sólo veo infierno.

¿ME QUIERES? (BURKA). (Detalle). Salustiano