MATRIMONIOS, DIVORCIOS Y OTRAS DES/UNIONES

Consulto en el RAE la palabra trending topic desde ayer: matrimonio y me salen cuatro significados:

(Del lat. matrimonĭum).

1. m. Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.

2. m. En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.

3. m. coloq. Marido y mujer.

4. m. P. Rico p. us. Plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas.

 Ninguna sorpresa, es más o menos lo que esperaba encontrar. Supongo que en la próxima edición los números 1 y 3 se modificarán para que cualquier tipo de unión esté incluida (me imagino a los sesudos académicos dándole vueltas al concepto para encontrar la mejor definición sin herir sensibilidades). Por supuesto el número 2 se quedará como está, lo cual me parece correcto y coherente. Y sobre el 4, la decisión del Tribunal Constitucional no le afecta en absoluto.

En el fondo me parece tan ridícula toda esta discusión que se ha mantenido por ciertos sectores en cuanto a si se debía usar la palabra matrimonio para definir una unión entre personas del mismo sexo, o inventarse otra para que los católicos no se sintieran heridos en sus creencias, que me alegro sobremanera de que al final haya triunfado los argumentos lógicos y jurídicos sobre los ideológicos, algo bastante difícil en los tiempos que corren.

Porque el matrimonio es una institución que por medio de disposiciones jurídicas crea vínculos legales entre las personas que lo contraen, es decir, unos derechos y obligaciones que se transmiten a su descendencia si la hay. Es la única utilidad que le encuentro, por lo demás no sirve para nada, porque los otros vínculos, los sentimentales y afectivos no se pueden crear mediante papeles, contratos ni firmas, y tampoco se mantienen por la costumbre, por muchos años de matrimonio que lleves a tus espaldas.

Las posiciones más conservadoras de la sociedad pronosticaron cuando se aprobó la Ley del Divorcio que no iba a quedar un matrimonio en este país. Se equivocaron de largo, a las parejas les sigue poniendo eso de casarse de blanco y con banquete, y hay quien repite. Con la aprobación hace siete años de la Ley de matrimonio homosexual anunciaron directamente la desaparición de la familia y posiblemente la extinción de la raza humana.

La sociedad ha demostrado ser lo suficientemente madura como para aceptar que la unión libre de dos personas del mismo sexo en un proyecto de vida en común, incluida la posibilidad de tener hijos, merece la misma protección legal de la que gozaban las uniones heterosexuales. Y aunque hay deshonrosas excepciones que siguen rasgándose las vestiduras con estos temas, acabarán acostumbrándose, no les queda otra. Por muy mal que lleven que les hayan quitado el uso casi exclusivo de una de sus palabras favoritas.

Que se inventen otra.

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LAICOS

“El laicismo conseguirá que la Iglesia vuelva a ser lo que nunca debería haber dejado de ser”. Estas palabras dichas por un sacerdote amigo de la familia desde hace años fueron parte del café del viernes después de comer, una sobremesa de esas intensas, de las que da pena que se acaben.

Charlar con Vicente siempre es un placer, es un sacerdote comprometido, pero sobre todo coherente con sus creencias, por eso lleva años fuera de España, se siente más cómodo en Chile, ayudando, aquí acabó sin parroquia, ponía demasiadas pegas al arzobispado. Además, sus explicaciones se convierten en una amena lección de historia, la del viernes fue sobre el laicismo, ese terrible y degenerado mal que invade nuestra sociedad según Rouco Varela y gran parte del poder ultraconservador de la iglesia española. Nos habló de Fernando VII, de la Constitución de Cádiz, de la manipulación que se hizo de las ideas afrancesadas para que los ilustrados fueran vistos como enemigos de España y por tanto sus ideas rechazadas por la población mayoritariamente católica. En Europa la separación de poderes no resultó tan problemática, lo qe evitó que en la actualidad la Iglesia interfiera en la vida política y social de una manera tan ostentosa como lo hace en nuestro país.

Varios siglos después seguimos igual. Los conservadores y la Iglesia hablan de los laicos como del demonio, personas sin ética ni moral, sin valores dignos de ser enseñados. Vicente me comentaba que había leído el libro de Educación para la Ciudadanía de su sobrina y le había encantado. “Esos son los valores que hay que transmitir a los jóvenes”,  le parecía una barbaridad su eliminación como asignatura, le irritaba la ignorancia y la intolerancia de los que prohiben sin saber, al igual que le escandalizaba la visita del Papa entre tanto lujo y ostentación, o que la Iglesia no pague impuestos, o la impunidad de los curas pederastas… son tantos sus pecados.

“La Iglesia pagará sus errores, no tengo ninguna duda”, ignoro si se refería en este mundo o en el otro, pero yo preferiría que fuera en este, para poder verlo.

 

IGLESIA

He leído que uno de los candidatos a la presidencia ha prometido que si gana las elecciones le quitará privilegios a la Iglesia, a lo que un obispo ha respondido rápidamente que la Iglesia “no es un parásito, no tiene privilegios y es la principal bienhechora de la sociedad”.

La Iglesia recibe unos 6.000 millones de euros anuales como confesión mayoritaria en este país. Esta cifra sirve para sostener los colegios religiosos concertados, pagar sueldos de obispos y sacerdotes, las nóminas de los profesores de religión en la escuela pública y los capellanes castrenses, hospitalarios y carcelarios. Incluso llega para costear gran parte de la restauración y mantenimiento de su patrimonio histórico y artístico, el segundo más importante después del propio del Estado. Patrimonio que está exento de pagar determinados impuestos, como el IBI.

La tan esperada Ley de Libertad Religiosa volvió al cajón, si el anterior partido en el poder no se atrevió a aprobarla, poco podemos esperar del nuevo que entre. Así que habrá que seguir contemplando como se celebran funerales de Estado católicos, aunque entre los muertos haya musulmanes o cristianos ortodoxos (como pasó en el de las víctimas del 11-M), o como determinados actos civiles acaban o si o si en una catedral haciendo ofrendas a la Virgen (la alcaldesa de mi ciudad ya ha avisado de que mientras ella está en el poder “la senyera” se ofrecerá a la Virgen de los Desamparados el 9 d’octubre, y quien no quiera entrar no portará el estandarte, y cualquiera le discute algo a Rita).

Claro, la jerarquía eclesiástica no se lo ha tomado bien. He leído cosas tan fuertes como que el laicismo es “un retroceso de la civilización y una aberración del ser humano”. No voy a decir lo que pienso sobre sus obsoletos dogmas, ritos y pecados porque todos tienen derecho a sus propias creencias, y siempre las he respetado.

Pero me molesta enormemente su intolerancia. Parece ser que los ateos, agnósticos, laicos, no creyentes, etc. no poseemos valores morales ni éticos. No sabemos educar a nuestros hijos ni convivir en sociedad y estamos intentando acabar con la familia “tradicional” por todos los medios y con la Iglesia en particular, como único fin de nuestra mísera y pecaminosa existencia.

Ya no me acuerdo muy bien del catecismo, pero si no recuerdo mal creo que la avaricia era pecado, tampoco se podía matar, ni desear a la mujer (o al hijo) del prójimo, había una extensa lista de pecados que te llevaban directos al infierno. Por eso no me acabo de creer que la religión sea una garantía de ser buena persona, de otra manera no me cuadran las cuentas de corruptos, maltratadores, especuladores, pederastas, etc. que llenan o no las cárceles. Y seguro que todos están bautizados, así que a mí  que no me vendan valores morales.

El cielo seguro que tiene un montón de nubes en venta por falta de población.

RITOS

Hoy se celebraba el bautizo de mi último sobrino. En mi familia los hijos hemos salido agnósticos practicantes, para desesperación de mis padres que han ido viendo como nos hemos ido emparejando sin pasar por la vicaría, no hemos bautizado a nuestros hijos y además… no van a religión en el colegio!

Pero hace cuatro años eso cambió y los actos sociales también. La mujer de mi hermano no es solo creyente sino que además es católica practicante (además de una persona encantadora por supuesto), así que hemos tenido que tragarnos boda por la Iglesia, velitas a la Virgen, el bautizo de su primer hijo, el bautizo de su segundo hijo (el de hoy) y lo que venga de ahora en adelante (más hijos, comuniones, confirmaciones….)

Y allí estábamos, desentonando en la puerta de la Iglesia como siempre porque mi hija no llevaba lazo a juego con los leotardos, que yo me estimo más sus rodillas y como siempre está por los suelos prefiero que lleve vaqueros, que además le hacen juego con su melena despeinada. Mi hijo bastante que no se ha puesto la camiseta de Star Wars y yo en mi estilo habitual, de negro. Alrededor flotaban flores y chales de todos los colores, tacones, corbatas, chaquetas y rostros acalorados. Hoy no es que hubiera llegado la primavera a Valencia, se había colado un día veraniego que hacía casi deseable el frescor del interior del templo.

Y en segunda fila (privilegios de ser familia directa, lo que hace imposible el escaqueo porque todos te ven), mis hijos y yo observábamos el ritual con curiosidad (bueno, yo un poco espantada cuando el cura tocó el tema del aborto que me pareció un poco de mal gusto en ese momento). Asombrándome de que todavía permanezcan fórmulas que recuerdan a la Inquisición, como la pregunta tres veces repetida: “¿Renuncias a Satanás? ¿Renuncias a Satanás? ¿Renuncias a Satanás?” que por supuesto han tenido que responder los padres porque la criatura tiene cuatro meses y ni sabe hablar ni tiene idea de quien es ese señor.

Mientras el resto de invitados se levantaba y sentaba según iba cambiando el sermón en un discurso que a mí me parecía de lo más retrogrado y fundamentalista, nosotros tres (sentados) observábamos la decoración de la Iglesia, más propia de un salón de la corte de Luis XVI y yo intentaba explicarle al oído a mi hijo el significado del enorme fresco que había tras el altar.

En ese momento me he dado cuenta de que lo qué para mí pueda tener cierto significado por haber tenido una educación religiosa en mi infancia, para él carecía totalmente de sentido. La Virgen, el infierno, los santos, Dios, el Espíritu Santo, ángeles y querubines, beatos y mártires, los doce apóstoles, Moisés, todos estaban representados, y para él eran retratos de los protagonistas de una historia que desconocía. Y también, que si intentaba explicarle un poco quién era cada uno, me miraba con cara de “que me estás contando”. Así que mejor que siga en su feliz ignorancia, que si en el colegio no creen importante enseñar algo parecido a la historia de las religiones (todas) por aquello de la cultura general, ya me preguntará cuando tenga curiosidad. Además los de la fila de detrás me miraban mal porque alguna risa se nos ha escapado.

Y no han tirado caramelos a la salida de la Iglesia. Se están perdiendo las buenas costumbres.