TERMINOS Y CONDICIONES DE ABUSO

Como estamos muy tecnológicas estos últimos días en Euler sigo el hilo de Ana y analizo o más bien comparto mis inquietudes sobre este nuevo e inmenso mundo que se nos abre a través de Internet y hacía el que nos lanzamos casi siempre a pelo, con total confianza y sin paracaídas.

Porque no nos engañemos, cada vez que nos registramos en una red social, o nos descargamos una app fabulosa y gratuita le damos al Acepto las condiciones de uso sin leerlas. Así, sin mirar, que total en todas pone lo mismo y son muy largas y farragosas de leer. Y además, si no le damos a la casilla de Aceptar no nos deja seguir.

Dicen los expertos que se los han leído (parece ser que además de los que los han redactado hay quien se los lee) que si tuviéramos que leer todos los Términos y condiciones de uso que aceptamos usaríamos un total de 180 horas al año. Demasiado tiempo, y muy aburrido.

En resumen, todas las redes sociales a las que nos suscribimos alegremente y de forma gratuita nos hacen firmas las condiciones que quieren, las que les convienen, las que les son más ventajosas, de forma unilateral. No nos preguntamos porque podemos utilizar esos programas que tanto nos gustan, que nos permiten estar en contacto con los nuestros, o por el contrario conocer a desconocidos de cualquier parte del mundo, o engancharnos a juegos divertidos y adictivos, realizar búsquedas inmediatas sobre cualquier tema, convertirnos en los mejores fotógrafos, cantarle al mundo sin necesidad de representante, etc, etc.¿GRATIS?

Nuestros datos personales, es el nuevo negocio. Estamos intercambiando o más bien regalando nuestros datos a cambio de la gratuidad de sus programas, solo que no lo hacemos a sabiendas (porque no leemos las dichosas condiciones de uso) sino que los cedemos sin más.

Información es poder, y en el mundo global en el que vivimos y en el que compartimos tanta información de una manera tan pública es lo que las empresas quieren y desean. No solo les interesan nuestros nombres, edades, sexo y lugar de residencia, sino información mucho más específica: nuestras aficiones, que sitios visitamos, que compramos por Internet y a que hora, cuando visitamos determinadas páginas y desde que lugares, patrones de comportamiento que sirven a las empresas a delimitar mejor los posibles clientes y sus hábitos de compra.

Pero ese control sobre nuestra actividad, nuestros datos, nuestra vida en resumen, puede ir más allá. Puede servir para que los seguros nos suban la prima si descubren que estamos suscritos a una revista de enología y pedimos habitualmente botellas de vino a una bodega virtual. En determinados regimenes políticos se pueden utilizar esos datos a la hora de reprimir disidencias o comportamientos no acordes con su legislación o moralidad.

Facebook, Microsoft, Google han reconocido haber “compartido” información de sus usuarios con el Gobierno de Estados Unidos. El control de la información importa a todos: gobiernos, corporaciones, empresas… Información es poder.

Y sin embargo, es tan cómodo, y tan divertido… y estamos todos dentro de esa gran nube.

Mientras el Gran Hermano nos vigila.

 

DEPENDENCIA TECNOLOGICA

Hoy he leído un artículo sobre la posibilidad de que Internet se apagará de pronto y sus consecuencias. En el texto entrevistan a Dan Denett, un filosofo estadounidense que lejos de ponerse en plan catastrofista analiza de un modo bastante sereno y racional nuestra absoluta dependencia de la tecnología.

No me habría preocupado mucho sino fuera porque hace unos días acabe de leerme un libro que trataba sobre el caos en el que se sumerge Europa tras un apagón de la red eléctrica que dura varios días, y ayer justo veía el documental “GPS, una guerra global” en el que también se analiza nuestra dependencia a los sistemas de geolocalización y el caos que supondría un accidente en los satélites que paralizara la señal, o un bloqueo de la misma con determinados fines (no hay que olvidar que se trata de tecnología militar).

La novela, “Blackout” de Marc Elsberg, es un entretenido y perturbador ejercicio donde autor nos plantea que pasaría si un buen día se desconectara el flujo eléctrico a millones de personas, sin que compañías ni gobiernos pudieran hacer nada por solucionarlo. Conforme van pasando las horas desde el inicio del apagón global nos vamos dando cuenta de la total dependencia que tenemos a estas energías. No funcionarían las comunicaciones, tampoco se podría repostar combustible, habría problemas para sacar efectivo de los bancos y los cajeros no funcionarían, una vez acabados los suministros en los supermercados y tiendas (en las que solo se podría pagar en efectivo) no se podrían reponer debido a la falta de combustible y también de suministros ya que las fábricas pararían la producción ante la falta de luz. Problemas con el suministro de agua, centrales nucleares a punto del colapso por falta de energía para su refrigeración, pillaje… el mundo casi apocalíptico que va dibujando la novela es a la vez tan real y cercano que no pude dejar de preocuparme, sobre todo al leer el epílogo del autor.

Porque no nos engañemos, aquí en el primer mundo, a menos que vivas en un bucólico pueblecito con tu huerto y unas gallinas, a la semana de estar sin luz nos estaríamos comiendo unos a otros, y no lo digo por el hambre, sino porque no creo que estemos preparados para aguantar situaciones límites que supongan carencias para nosotros básicas: agua, calefacción, luz por la noche, teléfono, televisión, teléfonos móviles, electrodomésticos varios, ascensor…. Y lo sé porque he vivido en mis propias carnes profesionales lo que supone un día sin ascensor o con la antena rota en una comunidad de vecinos.

Todo este cúmulo de catastróficas advertencias no llegan a asustarme pero si a preguntarme si “alguien” habrá pensado en estas posibilidades y alguna comisión de expertos y técnicos bien formados habrán ideado un plan B para el caso de que pudiera suceder alguna de las posibilidades que muchos estudios ya han apuntado, como una tremenda tormenta solar que inutilizara los satélites que alimentan la geolocalización, un virus informático que bloqueara los contadores eléctricos provocando un fallo generalizado en la red (esos contadores inteligentes que justo nos van a colocar ahora), un tsunami…. (Decían que lo de Fukushima no podía pasar, hasta que pasó).

Eso me recuerda que no tengo velas en casa.

Me siento observada

Estoy leyendo las noticias de un periódico digital cuando el anuncio de la Fnac que figura en la parte derecha de la pantalla me llama la atención. Aparece una figura de zombie con su precio y características, segundos después es sustituida por el último disco de Ariel Rot, tras otro par de segundos aparece la portada de una novela negra, luego una cámara de fotos y vuelta a salir otra figura de zombi. Al principio me extraña que me suenen todos esos productos y cuando mi mente reacciona me doy cuenta que el anuncio se ha personalizado para mi, pues esos artículos forman parte de la última búsqueda que estuve haciendo para comparar precios y prepararme para el próximo saqueo navideño.

Y no sé si alegrarme porque la tecnología tiene esas ventajas, que ya busca entre tus afinidades para ofrecerte productos que te pueden interesar ahorrándote tiempo y esfuerzo, o asustarme porque sin yo quererlo ni saberlo mis búsquedas son codificadas, almacenadas y transmitidas para mostrar mis preferencias de consumo al mejor postor.

En el supermercado me envían ofertas personalizadas junto con el cheque-ahorro, la ventaja es el descuento, a cambio les informo cada vez que paso la tarjeta de cuales son los productos de alimentación que mi familia prefiere comprar en su establecimiento. Lo mismo pasa cada vez que paso la multitud de tarjetas que forman parte de mi colección con la excusa del ahorro por la fidelización (ropa, música, libros, tecnología…). Creo que si mi “amigo invisible” de esta Navidad fuera el Sr. Fnac (por poner un ejemplo) acertaría casi de pleno al ser buen conocedor de mis gustos culturales, al contrario que mis hermanos que se empeñan en sorprenderme año tras año.

Siempre creí que cuando la distopia de Orwell se hiciera realidad la vigilancia sobre nosotros sería más evidente y en un momento dado podríamos oponernos a ella. Pero en la actualidad la única manera que se me ocurre de negarse a ese control es renunciar a la tecnología que tanto nos facilita y ameniza el día a día, ya que somos nosotros muchas veces los que contribuimos a esa vigilancia anónima e interesada registrándonos compulsivamente en multitud de páginas web a la mínima ocasión.

Eso por no hablar de satélites, cámaras de video vigilancia, tarjetas de crédito “inteligentes”, dnis electrónicos, móviles con gps… Vamos que lo que no entiendo es como la gente sigue desapareciendo sin dejar rastro.

Lo que no sé es el tamaño que alcanzará la famosa “nube” cuando nuestros hijos alcancen la mayoría de edad y hayan colgado cincuenta mil fotos en su muro de tuenti o facebook.  Igual explota.

espionaje

FACEBOOK

Hace unos días discutía con unos amigos sobre la famosa red de redes, Facebook; ninguno tenía página en dicha red social, tampoco navegaban por Internet con asiduidad, si acaso alguno la utilizaba para leer la prensa digital. Así que para ellos yo era una friki enganchada a una tontería virtual que no servía absolutamente para nada. Solo una amiga me comento por lo bajo que ella quería abrirse perfil, aunque no se lo iba a decir a su pareja, para evitar burlas.

De nada sirvieron mis argumentaciones a favor, no lo han probado, no me entendieron. Reconozco que engancha, pero gracias a ella he encontrado amigos que hacía muchos años que tenía perdidos, puedo charlar con gente que está muy lejos, mantener amistades recién estrenadas, estar al tanto de las novedades de las personas que me interesan, pero sobre todo… compartir.

Me encanta compartir noticias, música, imágenes, estados de ánimo… comentar, discutir, curiosear… y recibir información de todo tipo prácticamente al minuto, política, social, económica…

Y eso es lo que me ha enganchado de Internet, la información. Ahora mismo no podría imaginarme un futuro sin Internet, ya no por Facebook, sino porque nunca habría soñado con una fuente de información tan inmensa e inmediata. Yo, que soy de la época de las enciclopedias, que tenían su encanto pero quedaban rápidamente obsoletas en muchos de sus contenidos, considero un lujo poder aclarar cualquier duda que se me plantee prácticamente al instante. Hay millones de bytes repletos de datos interesantes flotando por ese espacio virtual universal. Solo hay que saber buscar.

Pero las novelas las sigo prefiriendo en papel. Siempre.

 

Hace tiempo encontré este divertido video. Y me sigue haciendo gracia.