NUNCA ES TARDE

Reconozco que iba predispuesta. Ángel Martín siempre me pareció un tipo con un humor sarcástico y ácido, eso que se llama ahora humor inteligente, y me encantaba como le metía caña a todo ese mundo del famoseo. La incógnita era como resultaría su combinación con Ricardo Castella… y que además cantaban.

Nada más empezar Ángel y Ricardo nos explicaron su experimento/capítulo piloto de la serie que habían ideado. Querían saber que nos parecía el argumento, e incluso en plena interpretación y por si nuestras carcajadas no les bastaban, de vez en cuando paraban y corrían hasta un extremo del escenario para solicitar nuestra opinión a mano alzada.

El argumento, la excusa, es el abandono de Ángel Martín de “Se lo que hicisteis”, está cansado, lleva cinco años saliendo en un programa diario de televisión y quiere cumplir su sueño, formar un grupo de música, para lo que se pone en contacto con su amigo Ricardo Castella que tiene muchas ideas ya que hace cinco años que no trabaja en televisión.

De un planteamiento tan simple como este parte un espectáculo musical que con ellos dos solos encima del escenario interpretándose a si mismos y a un par de personajes más (con el único cambio de un sombrero o peluca) consiguen mantener un ritmo frenético/cómico durante casi dos horas.

Es difícil separar la ficción de la realidad durante todo ese tiempo porque la historia gira en torno a ellos como personajes de televisión, y hasta en las situaciones más absurdas o surrealistas se puede adivinar que aquello quizás pudo haber pasado, lo que lo hace todavía más hilarante.

La sorpresa general la causa la música, desde la primera canción. Ambos se turnan con la guitarra y teclados, cantan en directo, sus letras son ocurrentes y además… entonan!  Durante la primera media hora se oyen los mismos comentarios en voz baja entre el público de alrededor: “¿que bien cantan no?”

Resumiendo: obra muy recomendable, de esas que no te dejan indiferente, quizás porque no solo te hacen reír sino que plantean esas cuestiones que a veces no nos atrevemos a preguntarnos para no tener que contestar: ¿que es lo que estoy haciendo con mi vida? ¿Es esta la vida que quería llevar? Que tampoco hay que deprimirse, como dicen al final del espectáculo, a veces basta con intentar cumplir nuestros sueños en el tiempo libre, como si fuera un hobby, más vale eso que abandonarlos del todo.

NUNCA ES TARDE… para hacer tus sueños realidad.

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SEMANA

Lunes: jornada intensiva en el trabajo. Vacaciones escolares. Voy con los niños al circo. No me puedo evadir. Tengo la cabeza llena de trabajo. Duermo mal.

Martes: trabajo atrasado, complicaciones e imprevistos. Tengo que salir a comprar regalos, no me va a dar tiempo. Stress laboral y stress pre-navideño. No duermo.

Miércoles: Uno de los problemas que me quita el sueño resuelto (temporalmente). Empiezo a creer en la Navidad. Intento acabar con el trabajo previsto. Faltan unas horas y un par de regalos. Escapada de última hora y misión cumplida, a una hora de la cena. Solo queda envolverlos. Esta noche es Nochebuena y mañana…

Jueves: …Navidad. Alegría contagiada. Paréntesis de soledad. Día casi inexistente. Intento dormir, creo que lo consigo porque sueño… 

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Llego en coche a un pueblo desconocido. Tengo que encontrar un lugar determinado, una playa creo, pero no sé donde está. Pregunto y me indican una dirección. Comienzo a andar… la acera se va estrechando cada vez más, al mismo tiempo se eleva formando una escalera de caracol de extrañas y sinuosas formas. Me cuesta avanzar, me da miedo, tengo vértigo. El camino por donde voy está separado del resto, debajo hay vacío, aunque a mi alrededor haya gente y casas. Me miran y ríen. A veces está interrumpido y tengo que saltar para seguir avanzando.

Piso tierra firme de nuevo. Estoy en una especie de plaza. Un grupo de jóvenes están sentados en un banco y les pregunto de nuevo. Uno de ellos me coge de la mano y me da un beso. “Ven conmigo” y echa a correr sin soltarme. Corro a su lado, me parece amable, hasta guapo… confío en él. Llegamos a un callejón sin salida con una puerta al fondo. Entramos juntos, es una habitación oscura y fría. Me empuja y me tira sobre un banco. Me sujeta los brazos. Empiezo a tener miedo, ya no me parece amable. Se abre la puerta y aparece un hombre, contrahecho, deforme… con un cuchillo corvo en su mano. Se acerca hacía mi y su mirada me causa pánico. Me revuelvo e intento soltarme. Grito.

Me encuentro fuera. He conseguido escapar, no sé como. Llevo un camisón blanco y está desgarrado, veo que me baja sangre entre las piernas, pero no me duele nada. Me despierto angustiada.

 

Viernes: Segundo problema resuelto (gracias Alberto). Empiezo a ver luz. Trabajo y más trabajo. Me despido de los niños. Final de tarde relajante y divertida. Llego a casa y me doy cuenta de que tengo mucho sueño. Me dejo llevar. Son las 23:00 horas y me voy a la cama.

Sábado. 10:00 horas. Me despierta el flautín del afilador. Hacía años que no lo oía. Me desperezo y me levanto. Tengo que ir a adelantar trabajo al despacho, la semana que viene tengo planes, con mis hijos. Y además, esta vez tengo ganas.

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M.C. Escher

Otra noche en blanco

Anoche no venía el sueño, de nuevo no podía dormir, y eso que lo llamé, lo tenté, intenté reconducirlo, pero en seguida noto cuando se va a resistir, cuando se va a quedar allí abajo, al borde de mi cama, pero sin subir, sin entrar lánguidamente en mi mente, con esa suavidad que te va robando la consciencia sin darte cuenta…

Hace poco aunque no me podía dormir enseguida, cuando lo hacía era con esa sonrisa boba que te da la felicidad del enamoramiento, es uno de los sueños más dulces, porque aunque tarde en llegar, no importa esperar… vuelves a saborear esos momentos que recreas una y otra vez en tu cabeza, hasta llegas a adornarlos con las propias fantasías que nunca sucedieron, pero que si introduces con éxito en los recuerdos llegan a formar parte de ellos, como si hubieran pasado de verdad.

Ahora, superado el insomnio del desamor y las lágrimas de la autocompasión me cuesta conciliar el sueño, pero por motivos más vulgares y cotidianos, principalmente se deben a la intendencia doméstica mezclada con todo lo que no he podido acabar hoy en la oficina, y lo que debería terminar mañana. Soy capaz de estar anotando mentalmente en el hemisferio izquierdo la lista de la compra, mientras con el derecho intento pegarme un post-it mental con la llamada telefónica que debo hacer al día siguiente sin falta y las doce tareas que he dejado en negrita en el outlook. La lástima es que mi cerebro debe resetearse todas las noches, porque al día siguiente se me vuelve a olvidar por quinta vez en una misma semana comprar champú y bolsas de basura, y por supuesto, solo me acuerdo de llamar a ese cliente a las 2 de la madrugada, nunca en la franja horaria que va de las nueve de la mañana a las ocho de la tarde (que digo yo si le molestará mucho que le llame de madrugada para ver si tiene arreglada la fuga de agua…)

Y, en resumen, el primer insomnio, hacía que me despertara feliz, somnolienta porque soy de mucho dormir, pero sonriente (con esa expresión de a que huelen las nubes), pero este segundo insomnio, el de que no llego, solo consigue que cuando suene el despertador meta la cabeza debajo del edredón, para esconderme, como cuando de niña creía que si me tapaba los ojos los demás no me veían… para desaparecer… porque se que este día será casi tan terrible como el de ayer, y además tengo una reunión, y a los niños les toca piscina… y además… (lo reconozco, todavía no lo he superado).

Entonces me enchufo a Sidonie mientras me ducho “…tu no estás, y no hay café, es hermoso existir…”

Y vuelvo a sonreír.