BANDERAS Y ORCOS

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Desesperanzada, triste, incrédula, harta, preocupada. No sabría decir cuál de estos adjetivos describe mejor mi estado de ánimo desde el domingo. El día, que como bien dice Ana, todo estalló, cumpliendo órdenes.

Reconozco que durante todo el día me recorrió un sentimiento de esperanza. No porque quiera que Cataluña se vaya, sino porque me emocionaba la valentía de todas esas personas que haciendo uso de la desobediencia civil y de la resistencia pacífica plantaban cara a un gobierno central que no se ha distinguido precisamente por el diálogo y la solución negociada de las cosas. Ni en la cuestión catalana ni en ninguna otra. Supongo que son vicios de haber abusado tanto de la mayoría absoluta.

El domingo parecía que ganaba la ciudadanía, no la Generalitat, sino los catalanes, el 1-O se convertía en 1 a 0, y el PP iba perdiendo. Las imágenes donde personas de toda edad, condición y pensamiento político se unían para defender su derecho a votar me producían la misma emoción que aquellas inacabables manifestaciones contra la guerra, (en las que creíamos que íbamos a poder cambiar algo y que no sirvieron para nada), y aquellos días del 15-M.

¿La actuación policial? Me pareció totalmente desproporcionada y brutal. Por muchas ordenes que recibieran nunca he entendido esa saña en pegar a alguien indefenso y que no te está atacando. Solo puedo entenderlo si ya los odias de antemano, si los consideras el enemigo, sin importarte a quien golpeas.

Y eso es lo que más me está perturbando, el odio. A partir del lunes ya no vi esperanza. Las imágenes que llegaban ya eran de violencia por ambos lados. En ese momento los que defendían la independencia tirando piedras a los coches policiales empataron a 1 con el gobierno, porque cuando se insulta, se grita, se acosa, se agrede y la jauría humana se vuelve peligrosa se pierde la razón.

Los gritos a Piqué con ese intenso odio escupido a gritos, las manifestaciones de uno y otro lado insultando al contrario a muerte, los medios de comunicación alimentando la sinrazón, sacando punta a cualquier imagen conflictiva, los políticos arengando y jaleando a sus afines y el Rey estrenándose en conflictos internos sin mucho ánimo pacificador.

Estos días estoy viendo muchas banderas españolas colgadas en los balcones de mi ciudad. Soy de una generación e ideología en la que esa bandera representa intolerancia, represión y un patriotismo rancio de Viva España que hace que me chirríe un poco verla, pero tampoco me voy a pelear con nadie por ella. En realidad, no me pelearía con nadie por ninguna bandera, siempre me ha parecido un ejemplo de estupidez humana el que por un trozo de tela hayan muerto tantas personas durante la historia de esta nuestra humanidad que no para de cometer los mismos errores una y otra vez.

Me diréis que no tengo sentido de nación, ni de patria, pues no. No lo tengo. No siento nada.

En casa vamos a poner una bandera en el balcón. Seguramente la mayoría de mis vecinos no sabrán que representa, a menos que conozcan el universo Warcraft, pero así igual otros se animan a colgar otras banderas, y animamos un poco el barrio.

Mientras tanto, en nuestra casa somos de La Horda.

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FRENANDO PROCESOS

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Pat hablaba de democracia y legalidad y Ana de tolerancia y todos esos conceptos quedan hoy diluidos con la decisión tomada por un Juez de Barcelona que, saltándose la investigación que hay en marcha del TSJC, ha ordenado detener a una docena de personas.  Será legal, pero no me parece democrático, y mucho menos tolerante con el sentir de gran parte de la ciudadanía catalana.

Estoy de acuerdo con Pat en que la legalidad no convierte a las leyes en justas o éticamente admisibles per se, todos conocemos normas que en su momento fueron legales y que eran completamente injustas o discriminatorias para un importante sector de la población. Lo ideal es cambiarlas por consenso, mediante nuestros representantes elegidos en las urnas, pero cuando determinados intereses partidistas, económicos, electorales o de cualquier otro tipo lo hacen imposible o demasiado lento soy partidaria de la desobediencia civil. Algo bastante difícil de conseguir en estos tiempos tan desencantados e individualistas.

Por eso, y desde mi más sentido punto de vista no-nacionalista (ni español, ni catalán, ni valenciano, y últimamente con su política hacía los refugiados me da un poquito de vergüenza hasta ser europea) creo que los catalanes tienen derecho a realizar una consulta/referéndum/votación o como lo quieran llamar para saber que opina la mayoría de la población catalana.  Si Canadá lo pudo hacer de manera civilizada en Quebec porque nosotros no. Y me parece una tontería que digan que eso lo tenemos que votar todos, tampoco me han consultado si estoy de acuerdo en acabar con los toros en las fiestas de Paterna, y no me enfado por ello. Eso si, debería ser una consulta tras una campaña informativa donde se informara con objetividad de los pros y los contras, para que opinaran con la cabeza y no solo con las tripas o el corazón.

Hoy las imágenes de los diputados de los partidos catalanes abandonando el Congreso mientras el Gobierno y afines defendían la legalidad me producía una profunda tristeza, la manipulación interesada que se está haciendo de este conflicto es vergonzosa. Mientras algunos se llenan la boca con palabras como democracia, constitución y unidad, se olvidan de aquellas conversaciones que demostraron el uso partidista del Ministerio del Interior durante el mandato de Fernández Díaz para incriminar a los independentistas catalanes y perjudicar el proceso.

Con este enrocamiento por ambas partas lo único que están consiguiendo además de crispación es que crezca el número de cabreados y de independentistas. Unos tendrán sus razones nacionalistas, pero seguro que cada vez hay más que no es que quieran separarse del estado central sino del Gobierno actual, y es una pena que por falta de diálogo se llegue a este punto pre divorcio, cuando ya solo una pareja puede hablar por medio de sus abogados.

Y lo peor es que viendo determinadas actitudes políticas a mí también me dan ganas de independizarme. A Invernalia.

Mirar hacia otro lado (o culpa in vigilando)

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Ana habla de errores, un gran cúmulo de errores que se están cobrando un enorme precio en la pérdida de la confianza en nuestros políticos, y sin embargo me sigue asombrando que una gran parte de la población siga confiando en quien más ha abusado precisamente de esa confianza, el partido en el gobierno, el que debe velar por nuestros intereses y por el bien general.

Creo que el PP se ha sentido tan invulnerable e intocable que algunos de sus dirigentes, los corruptos, han perdido el miedo a seguir robando, mientras el resto miraba hacia otro lado, porque total, tampoco tenían tan mal resultado en las urnas, siguen siendo el partido más votado, algo querrá decir, hay gente que sigue creyendo en ellos.  ¿Porqué? Lo desconozco, y no me lo explico.

  1. González: “Vamos a ver, yo creo que a ver si podemos colocar el tema del Fiscal Anticorrupción, ¿sabes? Y… yo creo que va a ser él. Si sale, es cojonudo. Se llama Moix, es un tío… serio y bueno. Hombre, yo no soy quién, pero yo no me corto en decirle a Rafa: ‘Oye Rafa…’. ¿Sabes? El aparato del Estado y los medios de comunicación van aparte: o los tienes controlados o estás muerto”.

Esa frase lo resume todo: “o tienes controlados los medios de comunicación o estás muerto”. Luego son los rojos los que quieren manipular los medios de comunicación y crear repúblicas bolivarianas nacionalizándolo todo, pero ellos llevan mintiendo y manipulando a nivel estatal y autonómico todo lo que han podido cada vez que han estado en el poder. En la Comunidad Valenciana lo hicieron durante 25 años y así nos han dejado. Secos.

Pero volvamos a mi gran duda existencial, ¿por qué ese perdón tan generoso por parte de sus votantes? Estoy segura de que ningún otro partido lograría sobrevivir a la cantidad de escándalos, corruptelas, tramas y saqueos públicos que han protagonizado. ¿Por qué no hay alternativa? ¿Por qué Vox se pasa y Ciudadanos no llega? Las siglas del PP están tan unidas ya a la financiación ilegal, sobornos, cuentas en paraísos fiscales y sobre todo abuso del poder que los militantes que estén hartos de esa identificación deberían irse y crear otro partido nuevo. Estoy convencida que en muchos países europeos un gobierno formado por un partido acusado de financiación ilegal (entre otras cosas) no habría repetido legislatura.

No creo que sea porque todos los votantes crean que es mentira, manipulación política de la oposición, exageración, jueces “rogelios” que quieren acabar con el gobierno, etc., porque de vez en cuando a algún votante del PP se le escapa lo de: “prefiero que me roben un poquito y seguir viviendo bien a que lleguen los otros al poder”, lo que a mí me parece todavía peor. Tampoco me sirve la excusa de que no se sabía nada, hay investigaciones abiertas y periodistas denunciando irregularidades desde hace diez años, y la corrupción a la escala de las tramas que se han ido descubriendo requiere de mucha colaboración y mucho “silencio” cómplice. Esa “culpa in vigilando” con la que Esperanza Aguirre justificaba su tardía dimisión.

Hoy leía las conversaciones entre Zaplana y González y se me revolvía el estómago. Ya sé que en privado se dicen barbaridades, sobre todo si crees que nadie te está escuchando, pero lo malo es que ellos no solo las decían, sino que lo llevaban a la práctica. Las maniobras políticas para sustituir jueces y obstaculizar investigaciones me parecen gravísimas en un estado de derecho.

Confío en que esos fiscales anticorrupción que se quitan horas de sueño y utilizan sus propios medios para proteger sus investigaciones y los jueces que no se dejan presionar acaben por imponer penas los suficientemente duras para disuadir a la clase política de seguir robando con impunidad. Porque la ética cristiana se ve que no basta.

Porque como sigan así van a tener que ampliar la cárcel de Soto del Real y empezar a pensar en la política de reagrupación de presos del PP.

CUMPLIR 50

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Ana reflexiona sobre la sensación de cumplir 50 y la frustración que supone darse cuenta de los errores cometidos en el pasado y el consiguiente desengaño existencial. No sé si esa crisis existencial sustituye a lo que antes se llamaba crisis de los 40, ya que cada vez alargamos más la juventud (mental y a veces física) y nos seguimos considerando jóvenes casi hasta la edad de jubilación, cuando hace décadas a las personas de cincuenta años se las consideraba de “mediana edad”, es decir, que ya empezaba la cuenta atrás una vez superada la mitad de la vida, y eso si todo iba bien.

Yo también he cruzado esa línea de la mitad de la vida, aunque siendo realista y dudando que vaya a vivir 100 años (simple estadística que no pesimismo) tengo claro que si fuera un video juego me quedaría así como un 40% de salud hasta el game over, y eso si no me peleo con ningún orco y sin posibilidad de ganar ninguna vida extra.

Leyendo a Ana reflexiono sobre mis 50 y reconozco que mi visión sobre mi pasado no es muy crítica. Construimos nuestra vida sobre un cúmulo de aciertos y errores, pero a la larga incluso los errores me han traído consecuencias positivas en mi presente, así que tengo pocas cosas de las que arrepentirme, quizás más de lo que no he hecho que de lo que hecho, bien o mal.

Durante un tiempo me costaba decir la edad que tenía, era una mezcla de coquetería y de vergüenza por envejecer, supongo que debido a ese exceso de presión que tenemos a nuestro alrededor en el que solo vale lo joven, la belleza, la piel tersa, la delgadez, y que la palabra juventud se utiliza como valor añadido en los productos; ese absurdo marketing que nos hace sentir culpables de cumplir con el ciclo natural de la vida, cuando tendríamos que estar orgullosos de cumplir años, seguir vivos y querer cada arruga y cada nuevo pliegue que nos demuestra que seguimos aquí, sobre todo para las mujeres, que lo de envejecer físicamente a los hombres se les perdona más.

Busco sinónimos de envejecer y el resultado es un poco sombrío: decaer, declinar, degenerar, perder, menguar, empeorar, gastar, arrugarse. Vamos, que hasta la RAE se empeña en que nos deprimamos una vez superamos el punto medio de la vida, algo que debería de cambiar antes de que los jubilados, que se convertirán en la población mayoritaria en unos años, anden tristes y decaídos por los parques esperando la muerte. Y espero que no sea vendiéndonos productos reconstituyentes energéticos para que podamos hacer parapente entre saltos de alegría, que tampoco hay que pasarse.

Según un estudio del INE dentro de unos 13 años en nuestro país residirán 11,3 millones de personas mayores de 64 años, casi 3 millones más que en la actualidad y en 50 años esa cifra se incrementaría hasta casi 16 millones.  Actualmente el grupo de edad más numeroso es el de 35 a 39 años, en 2029 será el de 50 a 54 y para los que lleguen vivos al año 2064 triunfaran los de 85 a 89 años, donde la tercera edad podrá decir lo de “el mundo es nuestro”. Es decir que si no cambian las tendencias y debido a la baja natalidad, aumento de la emigración de gente joven y aumento de la esperanza de vida, lo de ser viejo dentro de unos años no se si estará mejor visto que ahora, pero espero que se valore mas. Que total, más tarde o más temprano todos vamos a llegar.

Hace tiempo que no me cuesta decir mi edad, estoy orgullosa de ella y cada vez le doy menos importancia a aparentarla o no. Estoy auto convenciéndome de que esto no es para siempre, que esa imagen que me devuelve el espejo sigo siendo yo, una nueva versión de mi, y que aunque mi cerebro no ha envejecido al mismo ritmo que mi cuerpo no hay manera de frenarlo. Irá a más. No sólo me arrugaré que será lo de menos, sino que me dolerán los huesos y las articulaciones, y ya no podré hacer todas las cosas que hacía antes, pero intentaré hacer otras, o tomarme la vida con calma, que la que me queda la quiero disfrutar, me quedan cosas por hacer, por ver y por sentir.

Y encima, mis hormonas me están tratando bien, que más puedo pedir?

RELATO: EL BALNEARIO

Hoy he vuelto a soñar con el…

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Entra en el vestíbulo un poco azorada. Se siente insegura en las situaciones nuevas, en lugares en los que no ha estado nunca, como si se fuera a perder, o a equivocar… Recuerda que ahora está sola, que nadie la va a juzgar, que no va a escuchar ningún “te lo había dicho”.

–         Buenos días. Mi nombre es Alicia B. Tengo una reserva – se apoya en el mostrador mientras intenta lucir su sonrisa más radiante.

–         Buenos días Sra. B. Un momento y lo compruebo, ¿me deja ver alguna identificación? – le devuelve la sonrisa mientras alarga su mano hacía ella.

Alicia observa el hall, tiene esa decoración lujosa pero decadente de los viejos balnearios centenarios. Espera y desea que en las habitaciones hayan renovado un poco más el mobiliario que ahí fuera.

Está todo correcto, Sra. B. Habitación 311, tercer piso. Aquí tiene el horario y actividades detalladas del programa bienestar que ha contratado, junto con un plano de nuestras instalaciones y normas de uso – El amable recepcionista sonríe de nuevo al mismo tiempo que le alarga un tríptico de color dorado, junto con un par de hojas con un montón de enumeraciones que es incapaz de descifrar sin sus gafas de cerca – Si tiene algún problema no dude en preguntarnos. El botones la acompañará.

El botones se acerca hacia ella con desgana, quitándose uno de los auriculares del mp3 que le sobresale del bolsillo del uniforme. Coge su pequeña maleta y le hace un gesto invitándola vagamente a seguirle. Podría llevarla ella, no es demasiado pesada: ropa cómoda, algo de vestir por si hay que arreglarse y un par de libros. Por teléfono le habían dicho que albornoz, toallas, y cualquier producto de aseo lo encontraría a su disposición en la habitación. Y que cualquier otra cosa que necesitase no dudase en pedirla. Aquello la terminó de convencer.

Los ascensores son de madera, de los antiguos, con una flecha que indica en que planta se encuentran. Entran y el botones pulsa un gran botón dorado con el número tres dibujado en estilo modernista. Las puertas correderas se cierran. El traqueteo al ascender no es muy tranquilizador, pero sólo son tres plantas.

Nunca se hubiera imaginado en un balneario, haciendo una cura de salud y belleza. Pero su compañera de viaje le había fallado a última hora y no le apetecía ir sola a ningún sitio. Así que cuando se tropezó con esta oferta, una semana de dieta, y vida sana, un nuevo método innovador, masajes depurativos, todo tan minucioso y profesional, pensó que era el destino ideal para desconectar de todo, y de paso perdería esos kilos de más con los que luchaba desde hacía años.

305… 306… 307… se da cuenta de que no se ha tropezado con ningún otro cliente del hotel desde que ha entrado.

–         Es Vd. la última en llegar a nuestro programa y están todos preparándose en sus habitaciones. – Parece que le ha adivinado el pensamiento – No se preocupe, le aseguro que saldrá como nueva dentro de una semana. Aquí está,  311.

El botones introduce la llave en la cerradura – “Qué raro, una llave, en estos tiempos… con lo cómodas que son las tarjetas magnéticas…” – Deja su maleta en el interior de la habitación y le sostiene la puerta mientras entra. Una ligera claridad entra a través de las cortinas echadas, pero no lo suficiente para ver la habitación. Se adelanta unos pasos y cuando se va a volver para darle las gracias oye la puerta cerrándose de golpe detrás de ella. Escucha la llave girar. No entiende. Intenta abrirla. Cerrada.

Se da cuenta de que no se ha quedado con la llave.

Se da cuenta de que no lleva el móvil. Se lo han pedido en recepción. Primer punto del programa de relajación: Desconectar totalmente del exterior.

Se da cuenta de que está asustada cuando se oye gritar a sí misma.

El botones se ajusta de nuevo el auricular mientras camina con desgana. “…Eat me, Drink me, This is only a game….”

“Tranquila, debe ser un malentendido, se habrá ido la luz” Se dirige hacia las cortinas y las abre nerviosamente. Unas desvencijadas contraventanas de madera impiden que entre la poca claridad que queda del día. Intenta abrir una de las ventanas pero no puede, la manivela no gira. Es inútil.

Espera a que sus ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación. Hay una cama en un rincón, con cabezal metálico, como en los hospitales antiguos. A su lado una sencilla mesita con un cajón, también metálica, desnuda, sin lamparita, ni teléfono.

Camina hacia el centro y se golpea la espinilla con una silla. No la ha visto, es de madera, blanca, como la pared. Al lado hay una puerta cerrada. La abre y descubre un vetusto cuarto de baño: inodoro, una enorme pila con un grifo de bronce y una bañera desconchada.

Abre el grifo y se moja la cara. “Por lo menos tengo agua”.

Se sienta en la silla e intenta pensar.

La penumbra se va convirtiendo en oscuridad y a pesar de haber superado hace tiempo su miedo infantil a la ausencia de luz no puede evitar que se le encoja el estómago.

De pronto escucha un ruido, es metálico, como de tuberías viejas. Se va acercando, lo oye avanzar por el pasillo de fuera. Silencio de nuevo.

Se acerca a la puerta y empieza a golpearla. “¿HAY ALGUIEN AHÍ?” Escucha un grito lejano, como en otra planta. Retrocede y se queda en medio de la habitación. Mirando ya sin ver. La oscuridad la envuelve.

Vuelve a tropezar con la silla y cae. Se golpea la cabeza contra la cama. Un dolor pulsante le indica donde le saldrá el chichón. Se levanta tanteando la pared y se sienta en la cama. Escucha mil ruidos sin oír realmente nada. A veces le parecen susurros, otras veces conversaciones al otro lado de la puerta. Se oye llorar a sí misma, ya no sabe si está despierta.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido, pero cree que han pasado más de dos días desde que la dejaron allí. Tiene hambre, sólo bebe agua, un agua rojiza que cae por el viejo caño del grifo. “Agua rica en hierro. Fuente de salud conocida desde hace siglos” rezaba la publicidad. Ha intentado abrir la puerta y la ventana varias veces. Lo único que ha conseguido son dos profundos arañazos y tres uñas rotas. Se siente débil, solo quiere dormir… pero tiene tanta hambre.

….

El conserje la mira con gesto de preocupación, detrás de él se asoma la cara inexpresiva del botones. Quiere hablar, pero no puede… vuelve a cerrar los ojos. Vuelve a oír conversaciones lejanas, casi susurros.

….

Le duele la mano, intenta moverse pero un pinchazo agudo en ella se lo impide. Abre los ojos y le cuesta enfocar la vista. Hay demasiada luz. Alguien ha abierto las contraventanas, hace sol fuera y la claridad inunda la habitación. Un bonito papel pintado de color marfil recubre las paredes. “Parecían blancas, con humedad…”. Mira a su alrededor. La mesita ya no está vacía, hay un pequeño maletín blanco, con una cruz roja. Es viejo, parece un botiquín. Un pequeño interruptor que no había visto antes está casi oculto detrás de la mesita. Alarga la mano para pulsarlo y se da cuenta de que tiene una vía en la muñeca izquierda. Sigue con la vista el tubo hasta el gotero que lentamente va introduciendo un líquido rojizo en su sangre. Se le nubla la vista. Otra vez está todo oscuro.

….

Está soñando. Alguien la está llamando pero no reconoce la voz. Cada vez suena más cerca. Intenta abrir los ojos, hay demasiada luz. Se siente aturdida.

–         ¡Señora! ¡Alicia! ¡Despierte! – intenta abrir los ojos. Se nota la boca pastosa, le cuesta tragar. Una mujer con  un uniforme blanco está inclinada sobre ella. Quiere mover la mano pero todo le pesa mucho, los brazos, los párpados… – Lleva durmiendo todo el día, debe despertarse. Ayer se desmayó después de los ejercicios y se golpeó la cabeza. – la mujer habla despacio, como si quisiera que entendiera bien lo que está diciendo – Menudo susto nos dio. Estaba muy débil, le hicimos una analítica y tiene anemia, no debía haberse apuntado al programa de adelgazar en ese estado.

Consigue llevarse la mano derecha a la cabeza, donde nota tirantez. Palpa el chichón. Intenta pensar pero solo recuerda oscuridad.

–         ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – le cuesta hablar. Nota como arrastra las palabras.

–         ¿En la cama? Desde ayer a las nueve de la noche más o menos. Cuando se desmayó la trajimos a su habitación y el médico la reconoció. Le recetó vitaminas y suero vía intravenosa. Ahora son las ocho de la tarde. Su estancia finalizaba hoy a las doce pero hemos querido dejarla descansar. – La mujer está recogiendo el gotero vacío. Se mueve de manera muy profesional, pero no parece una enfermera. 

–         ¡Ya ha pasado una semana! – Alicia se mira el dorso de la mano. Un pequeño punto indica donde estaba la aguja.

–         ¿Que rápido verdad? ¡Y estará contenta! Ha perdido ocho kilos, sus amigos no la van a conocer. Eso sí, debe seguir con las vitaminas que el médico le ha recetado y tomar un poco el sol, a ver si hacemos desaparecer esas ojeras. Es una pena que anoche se perdiera el cóctel de despedida.

Alicia se incorpora. Le da vueltas la cabeza. No recuerda los ejercicios. Ni la caída. Si el hambre… 8 kilos, no se lo puede creer. Se levanta despacio y camina hacia el cuarto de baño. Se mira en el espejo. “Sí que tengo mala cara. Pero hacia tiempo que no me veía tan delgada”.

La imagen en el espejo la ha animado. Se viste sin prisas. La ropa perfectamente doblada en el cajón de la mesita que introduce en su maleta. Tiene poco que guardar.

Pulsa el botón de bajada y sonría a la imagen que le devuelve el gran espejo del ascensor. En el hall enciende su móvil mientras revisan su cuenta. “Dos llamadas de mamá, y cuatro de la oficina. Qué  gran vida social tengo”.

Sale por la puerta giratoria y admira la gama de tonos rojizos que envuelven el sol, a punto de desaparecer en el horizonte. Está empezando a anochecer. El taxi está esperándola. Se acomoda y apoya la cabeza en el asiento. Todavía se siente cansada. Vuelve a mirar su mano, donde tiene el pinchazo, le molesta un poco. Mira su otra mano, antes no se había fijado. Tiene unos arañazos en la palma, parecen recientes aunque están cicatrizados. Gira la mano y estira los dedos, las dos manos juntas. En la derecha tiene tres uñas rotas. Están cortadas y limadas, pero le parece horrible el aspecto de su mano con esa diferencia de tamaño entre unas y otras. “Tendré que ir a la manicura en cuanto llegue a casa”.

Se estira en el asiento y su pierna tropieza con su maleta. Una punzada de dolor le ha hecho encogerse. Mira su pierna. Tiene un gran moratón en la espinilla que se está volviendo de color amarillo. Se frota la pierna y vuelve a sentir el dolor.

Gira la vista y mira por última vez el gran edificio de estilo modernista. La gran escalinata de la entrada, la cúpula central acristalada, las estilizadas ventanas. Le parece ver una sombra desapareciendo detrás de una de ellas, una contraventana se cierra violentamente. Se da cuenta de que todas están cerradas, no hay luz en ninguna de ellas… recuerda una habitación en penumbra… siente el dolor pulsante… se toca la cabeza y palpa el chichón… una silla… gira su mano y examina los arañazos… una contraventana… desesperación… oscuridad… está empezando a sentir angustia.

Toca el hombro del taxista. “Perdone, necesito que me ayude, creo que no iré a la estación…” Los ojos la miran con indiferencia a través del retrovisor. Separa la mano derecha del volante y se quita algo de la oreja. Sólo entonces ella repara en los auriculares. Música distorsionada suena a través del que ha quedado sobre su hombro. “Sweet dreams are made of this. Who am I to disagree?...” ¿Dónde he oído antes esta música? Recuerda un uniforme… manos frías que la sujetan… “…Everybody’s looking for something. Some of them want to use you…

VELOS Y PROHIBICIONES

“La justicia europea avala que las empresas prohíban el velo en el trabajo”

Este titular aparecía hoy en todos los medios, parece que la Justicia Europea ha decidido que las compañías europeas pueden limitar la exhibición de símbolos religiosos o políticos (aunque esto no se diga en el titular) en sus códigos de funcionamiento interno, dejando a la justicia de cada país la interpretación de cuando dicha prohibición puede constituir una discriminación por motivos de religión o convicciones.

Y se ha abierto el debate, por una parte, de los que consideran que el velo es un método de opresión a las mujeres y habría que prohibirlo siempre no solo en los trabajos y por otro los que defienden la libertad religiosa y por tanto habría que respetar la costumbre de las mujeres musulmanas en cualquier ámbito, pasando por los que solo lo ven como una externalización del fundamentalismo islámico y el terrorismo, sin término medio.

A mí no me gustan las prohibiciones, punto uno, ni los paternalismos, punto dos. Y esto lo digo por los que en nombre de una supuesta liberación de la mujer en el mundo árabe abogan por la prohibición del velo, ya que dan por supuesto que todas las mujeres que lo llevan lo hacen desde el sometimiento y la obediencia al hombre, y sí, algunas o muchas habrá, pero también hay musulmanas feministas que lo llevan con la misma naturalidad que muchas occidentales llevan tacones, sujetadores push-up o pantalones súper skinny por poner ejemplos de prendas incómodas que nos ponemos de motu propio bajo los dictados de la moda (la gran religión occidental).

Entiendo que hay muchos trabajos en los que hay que guardar determinado código de vestimenta, o bien porque es obligatorio el uso de uniforme o porque hay que cumplir ciertas reglas mínimas en el vestir, pero no veo en que impide ejercer profesionalmente un trabajo lo que lleves puesto en la cabeza, a menos que sea un casco que no deje verte la cara. Este tipo de prohibiciones que suelen darse desde el eurocentrismo y hacía los de afuera siguen siendo producto del prejuicio racial y religioso, y ahora también desde el miedo. El mismo miedo que hace que avance la ultra derecha islamófoba en gran parte de Europa, la que identifica islam con terrorismo.

Me encanta viajar, conocer otros paisajes, otras culturas, otros rostros, y recuerdo que cuando tenía veinte años y viajé por primera vez a París y Londres una de las cosas que más me gustaron fue su multiculturalidad, gente de todo tipo y color llenaban las calles, y pensé que sería genial que eso mismo pasase en España que me parecía un lugar monocromo y provinciano. Este año volví a Londres después de muchos años y me siguió fascinando esa mezcla de razas y religiones. Ir avanzando por el aeropuerto, hacía el control de pasaportes y ver funcionarios de uniforme con un turbante sij y barba afilada, mujeres atendiendo al público con velo cubriéndoles el pelo, un chófer negro con enormes rastas esperando a un cliente sosteniendo un cartel…

Lo que importa es la persona, no lo que lleve puesto. Si te atiende un hombre con kipá o sombrero y tirabuzones al modo ortodoxo judío no debería molestarte a menos que seas antisemita, o si lleva velo o turbante tampoco, a menos que tengas prejuicios racistas.

Debemos dejar de mirar desde nuestra óptica blanca, europea y occidental y no juzgar extraño, exótico, radical o peligroso todo aquello que es diferente a nosotros. No me gusta la palabra integración, tiene la connotación de la pérdida de la propia identidad cultural, prefiero tolerancia y diversidad.

Por supuesto, dentro de la categoría de velo no incluyo el burka o niquab que me parecen más un instrumento de tortura que un complemento religioso o estético.

Para los que no sepan, aquí hay un dibujo con los distintos tipos de velo (y seguro que no están todos)

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8 de marzo

Princesa-Leia