RELATO: EL BALNEARIO

Hoy he vuelto a soñar con el…

balneario

Entra en el vestíbulo un poco azorada. Se siente insegura en las situaciones nuevas, en lugares en los que no ha estado nunca, como si se fuera a perder, o a equivocar… Recuerda que ahora está sola, que nadie la va a juzgar, que no va a escuchar ningún “te lo había dicho”.

–         Buenos días. Mi nombre es Alicia B. Tengo una reserva – se apoya en el mostrador mientras intenta lucir su sonrisa más radiante.

–         Buenos días Sra. B. Un momento y lo compruebo, ¿me deja ver alguna identificación? – le devuelve la sonrisa mientras alarga su mano hacía ella.

Alicia observa el hall, tiene esa decoración lujosa pero decadente de los viejos balnearios centenarios. Espera y desea que en las habitaciones hayan renovado un poco más el mobiliario que ahí fuera.

Está todo correcto, Sra. B. Habitación 311, tercer piso. Aquí tiene el horario y actividades detalladas del programa bienestar que ha contratado, junto con un plano de nuestras instalaciones y normas de uso – El amable recepcionista sonríe de nuevo al mismo tiempo que le alarga un tríptico de color dorado, junto con un par de hojas con un montón de enumeraciones que es incapaz de descifrar sin sus gafas de cerca – Si tiene algún problema no dude en preguntarnos. El botones la acompañará.

El botones se acerca hacia ella con desgana, quitándose uno de los auriculares del mp3 que le sobresale del bolsillo del uniforme. Coge su pequeña maleta y le hace un gesto invitándola vagamente a seguirle. Podría llevarla ella, no es demasiado pesada: ropa cómoda, algo de vestir por si hay que arreglarse y un par de libros. Por teléfono le habían dicho que albornoz, toallas, y cualquier producto de aseo lo encontraría a su disposición en la habitación. Y que cualquier otra cosa que necesitase no dudase en pedirla. Aquello la terminó de convencer.

Los ascensores son de madera, de los antiguos, con una flecha que indica en que planta se encuentran. Entran y el botones pulsa un gran botón dorado con el número tres dibujado en estilo modernista. Las puertas correderas se cierran. El traqueteo al ascender no es muy tranquilizador, pero sólo son tres plantas.

Nunca se hubiera imaginado en un balneario, haciendo una cura de salud y belleza. Pero su compañera de viaje le había fallado a última hora y no le apetecía ir sola a ningún sitio. Así que cuando se tropezó con esta oferta, una semana de dieta, y vida sana, un nuevo método innovador, masajes depurativos, todo tan minucioso y profesional, pensó que era el destino ideal para desconectar de todo, y de paso perdería esos kilos de más con los que luchaba desde hacía años.

305… 306… 307… se da cuenta de que no se ha tropezado con ningún otro cliente del hotel desde que ha entrado.

–         Es Vd. la última en llegar a nuestro programa y están todos preparándose en sus habitaciones. – Parece que le ha adivinado el pensamiento – No se preocupe, le aseguro que saldrá como nueva dentro de una semana. Aquí está,  311.

El botones introduce la llave en la cerradura – “Qué raro, una llave, en estos tiempos… con lo cómodas que son las tarjetas magnéticas…” – Deja su maleta en el interior de la habitación y le sostiene la puerta mientras entra. Una ligera claridad entra a través de las cortinas echadas, pero no lo suficiente para ver la habitación. Se adelanta unos pasos y cuando se va a volver para darle las gracias oye la puerta cerrándose de golpe detrás de ella. Escucha la llave girar. No entiende. Intenta abrirla. Cerrada.

Se da cuenta de que no se ha quedado con la llave.

Se da cuenta de que no lleva el móvil. Se lo han pedido en recepción. Primer punto del programa de relajación: Desconectar totalmente del exterior.

Se da cuenta de que está asustada cuando se oye gritar a sí misma.

El botones se ajusta de nuevo el auricular mientras camina con desgana. “…Eat me, Drink me, This is only a game….”

“Tranquila, debe ser un malentendido, se habrá ido la luz” Se dirige hacia las cortinas y las abre nerviosamente. Unas desvencijadas contraventanas de madera impiden que entre la poca claridad que queda del día. Intenta abrir una de las ventanas pero no puede, la manivela no gira. Es inútil.

Espera a que sus ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación. Hay una cama en un rincón, con cabezal metálico, como en los hospitales antiguos. A su lado una sencilla mesita con un cajón, también metálica, desnuda, sin lamparita, ni teléfono.

Camina hacia el centro y se golpea la espinilla con una silla. No la ha visto, es de madera, blanca, como la pared. Al lado hay una puerta cerrada. La abre y descubre un vetusto cuarto de baño: inodoro, una enorme pila con un grifo de bronce y una bañera desconchada.

Abre el grifo y se moja la cara. “Por lo menos tengo agua”.

Se sienta en la silla e intenta pensar.

La penumbra se va convirtiendo en oscuridad y a pesar de haber superado hace tiempo su miedo infantil a la ausencia de luz no puede evitar que se le encoja el estómago.

De pronto escucha un ruido, es metálico, como de tuberías viejas. Se va acercando, lo oye avanzar por el pasillo de fuera. Silencio de nuevo.

Se acerca a la puerta y empieza a golpearla. “¿HAY ALGUIEN AHÍ?” Escucha un grito lejano, como en otra planta. Retrocede y se queda en medio de la habitación. Mirando ya sin ver. La oscuridad la envuelve.

Vuelve a tropezar con la silla y cae. Se golpea la cabeza contra la cama. Un dolor pulsante le indica donde le saldrá el chichón. Se levanta tanteando la pared y se sienta en la cama. Escucha mil ruidos sin oír realmente nada. A veces le parecen susurros, otras veces conversaciones al otro lado de la puerta. Se oye llorar a sí misma, ya no sabe si está despierta.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido, pero cree que han pasado más de dos días desde que la dejaron allí. Tiene hambre, sólo bebe agua, un agua rojiza que cae por el viejo caño del grifo. “Agua rica en hierro. Fuente de salud conocida desde hace siglos” rezaba la publicidad. Ha intentado abrir la puerta y la ventana varias veces. Lo único que ha conseguido son dos profundos arañazos y tres uñas rotas. Se siente débil, solo quiere dormir… pero tiene tanta hambre.

….

El conserje la mira con gesto de preocupación, detrás de él se asoma la cara inexpresiva del botones. Quiere hablar, pero no puede… vuelve a cerrar los ojos. Vuelve a oír conversaciones lejanas, casi susurros.

….

Le duele la mano, intenta moverse pero un pinchazo agudo en ella se lo impide. Abre los ojos y le cuesta enfocar la vista. Hay demasiada luz. Alguien ha abierto las contraventanas, hace sol fuera y la claridad inunda la habitación. Un bonito papel pintado de color marfil recubre las paredes. “Parecían blancas, con humedad…”. Mira a su alrededor. La mesita ya no está vacía, hay un pequeño maletín blanco, con una cruz roja. Es viejo, parece un botiquín. Un pequeño interruptor que no había visto antes está casi oculto detrás de la mesita. Alarga la mano para pulsarlo y se da cuenta de que tiene una vía en la muñeca izquierda. Sigue con la vista el tubo hasta el gotero que lentamente va introduciendo un líquido rojizo en su sangre. Se le nubla la vista. Otra vez está todo oscuro.

….

Está soñando. Alguien la está llamando pero no reconoce la voz. Cada vez suena más cerca. Intenta abrir los ojos, hay demasiada luz. Se siente aturdida.

–         ¡Señora! ¡Alicia! ¡Despierte! – intenta abrir los ojos. Se nota la boca pastosa, le cuesta tragar. Una mujer con  un uniforme blanco está inclinada sobre ella. Quiere mover la mano pero todo le pesa mucho, los brazos, los párpados… – Lleva durmiendo todo el día, debe despertarse. Ayer se desmayó después de los ejercicios y se golpeó la cabeza. – la mujer habla despacio, como si quisiera que entendiera bien lo que está diciendo – Menudo susto nos dio. Estaba muy débil, le hicimos una analítica y tiene anemia, no debía haberse apuntado al programa de adelgazar en ese estado.

Consigue llevarse la mano derecha a la cabeza, donde nota tirantez. Palpa el chichón. Intenta pensar pero solo recuerda oscuridad.

–         ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – le cuesta hablar. Nota como arrastra las palabras.

–         ¿En la cama? Desde ayer a las nueve de la noche más o menos. Cuando se desmayó la trajimos a su habitación y el médico la reconoció. Le recetó vitaminas y suero vía intravenosa. Ahora son las ocho de la tarde. Su estancia finalizaba hoy a las doce pero hemos querido dejarla descansar. – La mujer está recogiendo el gotero vacío. Se mueve de manera muy profesional, pero no parece una enfermera. 

–         ¡Ya ha pasado una semana! – Alicia se mira el dorso de la mano. Un pequeño punto indica donde estaba la aguja.

–         ¿Que rápido verdad? ¡Y estará contenta! Ha perdido ocho kilos, sus amigos no la van a conocer. Eso sí, debe seguir con las vitaminas que el médico le ha recetado y tomar un poco el sol, a ver si hacemos desaparecer esas ojeras. Es una pena que anoche se perdiera el cóctel de despedida.

Alicia se incorpora. Le da vueltas la cabeza. No recuerda los ejercicios. Ni la caída. Si el hambre… 8 kilos, no se lo puede creer. Se levanta despacio y camina hacia el cuarto de baño. Se mira en el espejo. “Sí que tengo mala cara. Pero hacia tiempo que no me veía tan delgada”.

La imagen en el espejo la ha animado. Se viste sin prisas. La ropa perfectamente doblada en el cajón de la mesita que introduce en su maleta. Tiene poco que guardar.

Pulsa el botón de bajada y sonría a la imagen que le devuelve el gran espejo del ascensor. En el hall enciende su móvil mientras revisan su cuenta. “Dos llamadas de mamá, y cuatro de la oficina. Qué  gran vida social tengo”.

Sale por la puerta giratoria y admira la gama de tonos rojizos que envuelven el sol, a punto de desaparecer en el horizonte. Está empezando a anochecer. El taxi está esperándola. Se acomoda y apoya la cabeza en el asiento. Todavía se siente cansada. Vuelve a mirar su mano, donde tiene el pinchazo, le molesta un poco. Mira su otra mano, antes no se había fijado. Tiene unos arañazos en la palma, parecen recientes aunque están cicatrizados. Gira la mano y estira los dedos, las dos manos juntas. En la derecha tiene tres uñas rotas. Están cortadas y limadas, pero le parece horrible el aspecto de su mano con esa diferencia de tamaño entre unas y otras. “Tendré que ir a la manicura en cuanto llegue a casa”.

Se estira en el asiento y su pierna tropieza con su maleta. Una punzada de dolor le ha hecho encogerse. Mira su pierna. Tiene un gran moratón en la espinilla que se está volviendo de color amarillo. Se frota la pierna y vuelve a sentir el dolor.

Gira la vista y mira por última vez el gran edificio de estilo modernista. La gran escalinata de la entrada, la cúpula central acristalada, las estilizadas ventanas. Le parece ver una sombra desapareciendo detrás de una de ellas, una contraventana se cierra violentamente. Se da cuenta de que todas están cerradas, no hay luz en ninguna de ellas… recuerda una habitación en penumbra… siente el dolor pulsante… se toca la cabeza y palpa el chichón… una silla… gira su mano y examina los arañazos… una contraventana… desesperación… oscuridad… está empezando a sentir angustia.

Toca el hombro del taxista. “Perdone, necesito que me ayude, creo que no iré a la estación…” Los ojos la miran con indiferencia a través del retrovisor. Separa la mano derecha del volante y se quita algo de la oreja. Sólo entonces ella repara en los auriculares. Música distorsionada suena a través del que ha quedado sobre su hombro. “Sweet dreams are made of this. Who am I to disagree?...” ¿Dónde he oído antes esta música? Recuerda un uniforme… manos frías que la sujetan… “…Everybody’s looking for something. Some of them want to use you…

SIN EQUIPAJE

No se atrevía a abrirla, estaba allí, en el rincón donde él la había dejado hace unos días. Marrón, vieja y gastada. Dijo: “guárrdamela” y se fue. Pero no había vuelto desde entonces y empezaba a corroerle la curiosidad.

Era extranjero, pero no sabría decir de donde por su leve acento, su casi perfecto castellano, quizás de alguno de esos países del Este de nombre impronunciable y casi imposible ubicación en el mapa mental que tenía de la vieja Europa. Desconocía su nombre lo que tampoco ayudaba mucho a la hora de asignarle un país. Pensó que cuando volviera a por la maleta se lo podría preguntar, en realidad no sabía mucho de él. Si es que volvía.

A mediodía cuando salió a comer y pasó por su lado la levantó, pesaba, pero no parecía que nada se moviera suelto dentro de ella, le parecía un peso compacto y sólido. No pudo evitar acercar la nariz y oler mientras por su imaginación pasaban imágenes de cuerpos mutilados y antiguas portadas de El Caso, aunque inmediatamente se sacó esas ideas de la cabeza, seguro que apestaría.

Al cabo de otros tres días arrastró la maleta hasta la trastienda, le daba miedo que algún cliente listillo se la llevará en un despiste suyo y que su dueño creyera que la había perdido, o vendido, o robado…

Allí descansó un par de semanas hasta que una noche antes de cerrar entró a guardar un par de cajas y la volvió a ver. Ya no se acordaba de ella. Pensó en cuanto tiempo estaría obligado a custodiar aquella misteriosa maleta sin que se le pudiera culpabilizar de negligencia. Total su relación con el dueño era meramente comercial, hacía un año que había abierto un locutorio enfrente de su pequeña tienda de electrodomésticos y de vez en cuando entraba en la tienda y le compraba pilas o algún cable, tampoco gran cosa, comentaban algo educadamente y se marchaba. Nada más.

La tumbó con cuidado en el suelo y examinó los cierres. No tenían ningún tipo de combinación, eran de los antiguos, a presión.

–         ¡Clack! ¡Clack! –

Se quedó mirándola, todavía cerrada pero con los pequeños cierres plateados abiertos, como señalándole, perpendiculares a su cuerpo. Cogió la tapa de arriba y la levantó despacio.

……

Hacía una semana que Juan, el de la tienda de electrodomésticos le había dejado aquella maleta. Entró como todos los días a tomar el primer café de la mañana pero en vez de pedirle un cortado largo le dijo “guárdamela” mientras le acercaba una vieja maleta de color marrón junto a la barra y se iba sonriendo. Y su tienda seguía cerrada.

Lo extraño es que Juan la entró como si no pesara nada y cuando él la intentó meter en el cuarto donde guardaba las cajas de bebidas tuvo que arrastrarla con las dos manos, como si estuviera moviendo su propio peso muerto…

 

ANIVERSARIO

La había conocido en una de las concentraciones que hace un año llenaban la plaza de palabras, esperanza y muchos colores. Trabajaba cerca y una tarde se decidió a verlo con sus propios ojos, para una noticia que podía ver en directo no iba a dejar que pasara de largo.

Primero se sintió intimidado por la multitud de gente que había, encontrarse solo entre tanto desconocido le intimidaba y no sabía muy bien donde situarse, así que dio un par de vueltas por la plaza y se asomó a unos cuantos puestos de información. Allí fue donde la vio por primera vez, sentada ante una mesa de picnic con unos cuantos folletos impresos sobre la responsabilidad de los bancos en la crisis. Su sonrisa le fascinó y su entusiasmo le cautivó.

Conectaron en seguida y estuvieron hablando durante horas. Aquella noche se quedó y a la mañana siguiente llegó tarde a trabajar. Miraba el reloj deseando que pasaran las horas para salir del trabajo y volver a la plaza. Esa semana fue intensa y agotadora, pero ahora, un año después, sentía que había encontrado por fin la compañera que siempre había querido tener.

Solo una cosa le restaba felicidad a este momento de su vida, no se había atrevido a llevarla a su casa, un céntrico loft que le parecía demasiado ostentoso así que se había alquilado un piso en al barrio viejo un poco más modesto. Y también estaba lo del coche, su hermano creyó que le estaba tomando el pelo cuando le llamó para pedirle su viejo Peugeot a cambio de su flamante BMW, pero no hizo preguntas, solo salió chirriando ruedas el día que se lo llevó.

Sabía que se lo tenía que contar, no podía seguir mintiéndole, se sentía tan culpable… Además, la excedencia de un año que pidió en el banco por motivos personales se le estaba a punto de acabar, y le había costado tanto conseguir esa plaza de director…

Ahora hacía una semana que se levantaba casi al amanecer, se ponía ropa de trabajo y salía despacio de la habitación, dándole un suave beso en la frente para no despertarla.

“Tendré que hablar con ella. A ver si esta noche… total, si me quiere tanto como dice lo comprenderá”

Bajó a la calle, si por lo menos estuviera en su loft podría bajar directamente al garaje en vez de tener que caminar dos  manzanas en busca del coche, más de una mañana entre el sueño y la falta de costumbre se había paseado medio barrio porque no se acordaba de donde había aparcado el día anterior.

Ella creía que había encontrado trabajo en una empresa de jardinería, de ahí los madrugones, “se empieza muy pronto”, le dijo, “a las siete tenemos que estar ya sacando las furgonetas con todo el equipo así que me tendré que levantar a las seis para no llegar tarde”. Ella trabajaba en una ONG que se dedicaba a la integración de extranjeros, enseñándoles el idioma y ayudándoles en todo tipo de trámites administrativos y jurídicos. Algunas tardes se tenía que quedar debido a la acumulación de trabajo, no ganaba mucho pero estaba tan involucrada y entregada, que eso no le importaba y por las noches le pedía que no le preguntara nada, que necesitaba desconectar, que era tan duro no poder ayudar más…

En realidad, desde hacía una semana a las siete de la mañana él estaba en su antiguo loft poniéndose uno de sus múltiples trajes chaqueta que cada vez le eran más incómodos y preparándose un café con tostadas. Le gustaba desayunar en su casa, sólo, viendo las primeras noticias del día sentado ante la brillante mesa de aluminio de la cocina que tanto echaba de menos cuando cenaban los dos juntos en aquella mini-mesita del piso del barrio viejo, con poco sitio y menos luz.

Imaginó, como había hecho el resto de los días de esa semana que llevaba alternando esa doble vida, lo cómodos que estarían allí los dos, que el amor y la sostenibilidad no tienen que estar reñidos con el bienestar. Puso la taza y el plato en el lavavajillas y se dijo que de esa noche no pasaba, ya pensaría como plantearlo a lo largo del día.

Mientras bajaba por el ascensor intentó poner cara de director de banco, porque durante su año de excedencia había vivido tan feliz que se le hacía muy cuesta arriba volver a su oficina todas las mañanas. Y más ahora, que los clientes le miraban como si quisiera estafarlos a todos.

En el banco no paró de darle vueltas, pero no sabía como enfocarlo. En el fondo sabía que lo que más le iba a molestar a ella, tan integra, honesta y desinteresada, era que le hubiera mentido, lo de menos era lo que tuviera o dejara de tener, sino que no había sido sincero con ella.

–         Perdona, está aquí otra vez la pesada de Riesgos, vino la semana pasada un par de veces pero como no te habías incorporado aún me la quité de encima, pero hoy la tendrás que atender. Te he dejado la documentación de los préstamos que quiere revisar encima de la mesa – La interventora se quedó esperando una respuesta ante su puerta.

–         Vale, dile que pase – Se ajustó la corbata en un gesto mecánico y se levantó del sillón para recibir a la compañera que venía de central. Siempre se sentía como un policía al que visitan los de asuntos internos cuando recibía una visita así.

Los dos se miraron sorprendidos. La primera reacción fue de incredulidad, luego sintió calor en sus mejillas, estaba tan enfadado con ella por haberle mentido que no podía articular palabra. Ella, tan integra, tan comprometida, tan sincera…

–         Hola Juan, me llamo Laura, soy la nueva responsable del departamento de Riesgos de esta zona.

Su frío tono era tan convincente que por un momento dudo que fuera ella. Luego se relajó, y mientras le ofrecía asiento y un café pensó que quizás no sería tan difícil sincerarse esa  noche. Todos tenemos secretos…

Relato: CAMBIO DE IMAGEN

Se miraba y no se reconocía. Aquel cirujano había hecho un buen trabajo. Quedaba algo de su yo anterior en su mirada, un toque de soberbia e ironía que gustaba mucho a las mujeres, pero había que ser muy buen fisonomista para relacionar su cara de antes con la de ahora, ni siquiera podría pasar por su propio hermano… primos como mucho.

Salió del lavabo y se ajustó la chaqueta, se palpó el bolsillo por décima vez para cerciorarse de que la cartera seguía allí, con su nueva y flamante documentación, repetía mentalmente su nuevo nombre como si fuera un mantra, tenía que conseguir identificarse con él hasta que ni en sueños le resultase extraño.

La sala de vistas estaba llena, casi todo el público sentado llevaba una camiseta negra con las palabras “QUEREMOS NUESTRO DINERO Y QUEREMOS JUSTICIA” estampadas en color blanco. El caso había salido en todos los canales durante varios días, no era usual que el director e interventor de un banco se unieran para realizar estafas y desfalcos en las cuentas corrientes de todos los clientes, así que cuando detuvieron al interventor y anunciaron la fecha del juicio no pudo evitar retrasar sus “pequeñas vacaciones” al Caribe, tenía todo el tiempo del mundo.

Ahora estaba allí, mirando al pobre y sudoroso Rodríguez flanqueado entre sus dos abogados, sin fuerzas para sostener la mirada desdeñosa que la testigo que estaba declarando en ese momento le lanzaba cada vez que acababa sus frases. Intento recordar su nombre pero no lo consiguió, él solo recordaba números de cuenta y saldos.

Era como estar en su propio entierro, oyó tantas veces su nombre que le extrañaba que nadie se girase y le señalase con el dedo. Sentía una mezcla rara de pudor y orgullo cada vez que le achacaban la autoría de toda la estafa multimillonaria. Reconocía que se le daba bien la gente, todos acababan confiando en él.

Miró el reloj, debía faltar poco para el segundo descanso, empezaba a tener hambre y tenía ganas de salir a tomar el aire, pero se sentía un poco incómodo caminando por los pasillos del Juzgado, se sentía observado y le entraba ese cosquilleo en el estómago que le hacía tener unas tremendas ganas de salir corriendo de allí.

–         José Salvador! José Salvador! José Salvador! ¿Don José Salvador?

Las caras que le miraban con curiosidad a su alrededor le hicieron recordar de pronto que ese era su nuevo nombre. Se giró hacia la voz mientras esbozaba su mejor sonrisa.

–         Si, si soy yo. Dígame

–         Acompáñeme fuera de la sala por favor – mi sonrisa se había diluido al comprobar que quien se dirigía hacia mi era un policía de paisano que estaba colocando su placa frente a mis ojos.

–         Se ha debido de equivocar, estoy aquí de público, no soy testigo ni nada – intentaba aparentar toda la calma y naturalidad del mundo mientras mi mente funcionaba a toda velocidad intentando descubrir si algo me habría delatado.

El hombre se inclinó hacía mi, sonriendo, y acercó su boca a mi oreja.

–         Acompáñame fuera hijo de puta, no me he confundido, llevo años buscándote y tengo tu cara grabada en mi cabeza, ahora me contarás porque te divertía tanto violar y matar a todas esas niñas, ¿o prefieres resistirte y que tenga que sacar la pistola?

Me puse en pie completamente desconcertado y caminé delante de él hacia la puerta de la sala, algunas personas nos miraban con curiosidad, supongo que mi cara descompuesta debía llamar la atención.

En la última fila la vi. La cirujana plástica que me había operado, la que me había dicho que lo dejara todo en sus manos, que me iba a dejar muy guapo y totalmente irreconocible. Lucía una sonrisa de triunfo tan oscura que hacía juego con la camiseta negra que llevaba.

De pronto sentí mucho frio.

 

Relato: TOURNEDÓ

Ya no puedo mirarla, desde la boda no aguanto ni su olor ni su presencia, me dan arcadas solamente de imaginarla cerca pero no puedo evitar sentirme atraído por ella, me sigue gustando.

Había ido al banquete sin ganas, era un compromiso de trabajo y ningún socio podía ir ese sábado, así que había desempolvado uno de mis mejores trajes y me había mentalizado para perder uno de mis escasos días libres. La ceremonia se celebraba en una Masía entre huertas, al aire libre, algo que últimamente está de moda entre los que no se quieren casar por la Iglesia pero no quieren renunciar al paseo entre flores a ritmo de marcha nupcial. Llegué poco antes de que acabara y me quedé por el final observando al resto de invitados.

El caso es que en mi invitación ponía que mi mesa asignada era la nº 12 y cuando me dirigí hacía allí me llevé la grata sorpresa de ser el único varón que iba a sentarse en ella. Cinco mujeres que rondaban la treintena, guapas y elegantes, saboreaban una copa de vino y reían, y aunque soy normalmente tímido enseguida me hicieron sentirme cómodo. Parecía que no iba a ser una tarde tan pérdida.

Empezaron a llegar las bandejas, entrantes de degustación de minúsculo tamaño y largo nombre, imposible de recordar. Me dí cuenta del hambre que tenía cuando me zampé la primera docena sin apenas notar peso en el estómago. Ellas seguían bebiendo, riendo y jugueteando con sus cubiertos y la comida. Aunque se acabaron entre alabanzas la Ensalada de jamón de pato y foie con naranja que a mí me pareció más bien escasa, casi ni tocaron el Crujiente de merluza, eso sí, las botellas de vino llegaban y se vaciaban casi al mismo tiempo, y mientras yo comía y sonreía, ellas seguían riendo.

Cuando sirvieron el Tournedó de Ternera Blanca con Salsa de Setas creí estar en el paraíso, nunca había probado un plato tan deliciosamente elaborado, mi cara de satisfacción y mis gemidos de placer gastronómico hicieron que todas me quisieran regalar sus platos con aquellos filetes redondos y coronados por una nube de salsa que ninguna de ellas iba a probar. “No nos cabe nada más… nos guardamos para el postre…” me decían riendo mientras empujaban sus platos hacia mí.

Y me los comí todos, los seis contando el mío. Luego vino el sorbete, y el postre, Esmeraldas de chocolate con láminas de rosquillas, y la tarta nupcial, las copas…

El domingo lo pasé entre la cama y el baño, vomitando lo que a mí me parecía un volumen tres veces superior al que había ingerido el día anterior. La cabeza me estallaba y los retortijones no me dejaban ni estar de pie. Realmente creí morir.

Ahora no puedo ni ver la carne, no solo la ternera, lo he intentado con cerdo, caballo, hasta pollo… en cuanto mis mandíbulas empiezan a masticar la textura fibrosa de la carne algo en mi interior se rebela y las arcadas me impiden continuar. Llevo días alimentándome de pseudo hamburguesas vegetarianas, de tofu y soja, para no desfallecer, porque odio la verdura, y el pescado, yo soy carnívoro, me gusta la carne.

Miro a través del cristal de la carnicería la precisión del cuchillo separando los filetes de la pieza de carne, casi puedo sentir el sabor del solomillo… y en mi cerebro se mezclan lejanas risas con una atroz nausea.

ORDEN

Miraba la punta de sus botas, negras y brillantes, y recordaba sus primeros días, recién aprobada la oposición, cuando andaba nervioso todo el día y con miedo de meter la pata, luego se fue acostumbrando a la dinámica diaria, le gustaba su trabajo, no era nada rutinario y se llevaba bien con sus compañeros. Sin embargo hoy iba sin ganas, frases de cuando estudiaba el temario para los exámenes le venían a la cabeza… “garantizar la tranquilidad pública”…

Esa mañana se había cruzado con su hijo mientras desayunaba, hacía días que no paraba en casa, acababa de cumplir los diecisiete y le había salido combativo, andaba metido en los movimientos antisistemas y se había unido a una plataforma de protesta en su instituto. Todo eso lo sabía por su mujer, porque la comunicación con él no era muy fluida desde que había empezado a salir por la noche, el creía que todavía era demasiado joven, su hijo, como todos los de su edad, se suponía ya lo suficientemente mayor para todo… se acordó de sus diecisiete y sonrió, siempre se repetía la misma historia. Le había dicho que tuviera cuidado, que el ambiente andaba muy revuelto.

… “respetar la ley y el orden”….

El furgón se detuvo violentamente y las puertas se abrieron. Mientras se colocaba bien el casco y las protecciones miró por encima de los escudos de sus compañeros, un gran número de jóvenes estaban sentados en el suelo, otros les insultaban y señalaban, recibieron órdenes claras: dispersar.

Empezaron a avanzar, los primeros en llegar estaban tirando de los chicos que estaban en el suelo, los arrastraban de una pierna, o del brazo. Los insultos arreciaban, un objeto voló delante de él y las porras empezaron a golpear. Los gritos no le dejaban pensar…

proteger y respetar las libertades y derechos fundamentales del individuo”…

Se acercó para ayudar a un compañero que estaba arrastrando a un chaval, el chico se resistía con todas sus fuerzas y estaba recibiendo golpes en las piernas, cuando llegó a su altura reconoció aquella sudadera roja, durante unos segundos dejó de oír gritos, recordó sueños que habían quedado enterrados bajo la rutina, el conformismo y la obediencia. Luego miró al chico y al policía, y sopesó la imagen que tenía delante.

No lo pensó, solo abrió la mano, cuando oyó el ruido de la porra al chocar con el suelo supo que no había vuelta atrás. Hacía tiempo que no sentía tan libre…

UNIDOS

Lo miraba de reojo, y le odiaba. Siempre lo habían hecho todo juntos, y nunca le había importado compartirlo todo con él, era su hermano, pero ahora, que observaba como ella le admiraba no podía evitar odiarlo.

De los dos su hermano había heredado los ojos almendrados y la sonrisa fascinadora de su madre, mientras que a él le había tocado la nariz ganchuda de su padre, pero hasta ahora no le había dado importancia porque nunca le había gustado ninguna chica y observaba los juegos y coqueteos de su hermano con discreción e indiferencia.

Hasta que llegó ella. Se llamaba Estrella y trabajaba en el hospital donde habían ido a hacerse unas pruebas, era tremendamente guapa, atenta y dulce, y siempre estaba sonriendo. Fascinado, la seguía con la mirada mientras ella trasteaba con los tubos y las jeringas, bromeando con ellos. Esa misma mañana mientras le sujetaba el brazo para extraerle sangre y buscaba esos ojos que le sonreían, sintió su corazón desbocado como si se le fuera a salir del pecho, se ruborizó pensando que ella debió notarlo a través de las pulsaciones, pero no podía contener su emoción.

Pero su hermano no podía evitar coquetear con ella, era una especie de competitividad extrema, siempre le tenía que demostrar que lo preferían a él. Anoche antes de dormirse se lo pidió, casi se lo rogó, que no la cortejara, que ni le hablara… y no le había hecho caso. Así que esa tarde se había negado a dirigirle la palabra, miraba obstinadamente la pantalla del televisor mientras se tomaba su cena e ignoraba su inacabable parloteo.

Un capricho de la naturaleza, es lo que les había dicho un médico cuando eran pequeños. Su madre los llevó a un famoso cirujano para que les ayudara, y lo único que recuerda de aquella visita era que mientras jugaban sentados en el suelo compartiendo la misma espalda, el doctor les miraba con una mezcla de admiración y miedo mientras repetía esa frase, no se puede hacer nada… es un capricho de la naturaleza.

La cirugía había avanzado mucho desde entonces pero ningún médico se atrevía, “compartís sacro, cóccix y parte del sistema digestivo, no sabemos si encontraremos más complicaciones una vez iniciada la separación, pero yo de vosotros lo pensaría muy seriamente, tenéis veinticuatro años y mucha vida por delante, podéis vivir todavía muchos años más…” vivir, aquello no era vivir, se lo hubiera gritado aquella mañana al médico que tan amable y académicamente les había estado estudiando desde hacía semanas, pero su hermano se le adelantó “nos lo imaginábamos doctor, pero teníamos que intentarlo, no se preocupe, hemos aprendido a ser felices así, verdad?” y le miraba sonriendo, siempre tan encantador y optimista.

Recordaba la historia de Chang y Eng, la descubrió un día navegando por Internet y no pudo evitar sentir empatía por Eng, que estuvo tres horas unido a su hermano muerto hasta que le sobrevino su propia muerte, algunos dicen que de miedo. Durante muchas noches se despertó sobresaltado y solo se tranquilizaba cuando su corazón se calmaba y sentía los latidos de su hermano a través de su cuerpo.

Ahora, tumbado en la cama pegado a él, oía su respiración profunda y relajada, y esperaba. Hacía semanas que no se tomaba la pastilla para dormir que les habían recetado años atrás, cuando ya les era imposible dormir de un tirón toda la noche por la incomodidad de no poder moverse.

Abrió el cajón de su mesilla con cuidado de no despertar a su hermano, y mientras tragaba todas las pastillas que había conseguido esconder pensó que le gustaría soñar por última vez que corría, como cuando se dormía de pequeño, solo y libre.

Cerró los ojos, se acordó de Estrella y sonrió.

 

SUEÑO

¡¡Madre mía!! Ya son casi las once y aún me falta por entregar la solicitud del master. Joder, joder, joder, y yo que creía que me daba tiempo de sobra y que me iba a escapar un rato. ¿Seré inocente?… donde está,… aquí.

Se quedó mirando las hojas manuscritas. Sus ojos pasaban rápidamente por los trazos apresurados, llenos de correcciones pero seguros. La mano izquierda pellizcaba su labio inferior mientras con el bolígrafo que tenía en la derecha aún añadía nuevas correcciones sobre el papel antes de pasarlo al ordenador.

Cogió la cazadora. Se disponía a salir y se volvió a acordar de ella. Últimamente apenas se habían visto y sabía que también ella estaba muy ocupada. Le había dicho, en las contadas ocasiones que habían hablado por teléfono, que tenía un montón de líos en el trabajo, pero por encima de esa sobrecarga, él sentía que algo no andaba del todo bien. No sabía muy bien porqué, pero últimamente parecía percibir una leve sensación de tristeza en su forma de hablar que no le dejaba tranquilo. Quiso quitárselo de la cabeza, y quitársela a ella también. Sólo un ratito pensó, y le pidió disculpas mentalmente por separarse de su eterna compañía. Pensó que si hubiese dormido un poco más, seguro que se sentiría más seguro y no se dispersaría tanto. Pero se sentía cansado. Había dormido tres horas escasas y a esas alturas de la mañana ya todo empezaba a espesarse más de la cuenta. Le pasaba de vez en cuando, ya hacía unas semanas que no, pero anoche volvió a ocurrir. Se acostó, se puso a leer un rato y luego dejó el libro e intentó dormir. Pero entonces ella se metió de nuevo en su cabeza. Estaba preciosa. Se acercó a sus labios y le besó. Era un beso suave, dulce y lleno de ternura, pero a la vez, le decía con ese beso todo lo que ella deseaba. Y entonces no pudo evitar sumergirse en un duermevela lleno de imágenes sexuales que le transportaban a otro momento y otro lugar. Y se marchó con ella, a su casa. Entró en el cuarto y la despertó con sus caricias. Ella le miró sorprendida y se abrazaron.

Hola – le dijo – te echaba de menos y no podía hacer otra cosa que no fuese venir a estar a tu lado, no podía hacer otra cosa que no fuese estar aquí mirándote.

¿Porque has tardado tanto? – su mano le acariciaba suavemente la mejilla, recorriendo de nuevo esos rasgos que sabía de memoria, que tantas veces había acariciado en su imaginación.

Lo siento cariño… – ella le puso un dedo en los labios y con la mirada le dijo que no importaba. Que ahora estaba allí, a su lado. Y era sólo para ella.

Sus labios se juntaron, suavemente al principio, como si se reconociesen. Besos dulces, lentos e interminables, hasta que las manos empezaron a buscar ansiosamente la piel del otro. Una mano que recorre una espalda, una lengua sobre un dragón, movimientos contenidos, una cadera que lentamente se abraza a otra en un vaivén acompasado y suave.

 

Amanece. Una tenue luz empieza a iluminar el cuarto. Siente frío, está desnuda. Contempla la almohada a su lado, vacía, la toca suavemente, como para cerciorarse de que no hay nadie a su lado. Se acurruca bajo las sabanas buscando de nuevo el sueño. Buscándolo de nuevo a él, aunque sabe que tardará en volver, cada vez más.

Relato: BUENO… ME TENGO QUE IR (O.K… I gotta go now)

Siempre que podía contaba esa anécdota. Nadie le creía pero él juraba por sus muertos que todo lo que decía era cierto.

Al finalizar el verano del año 2004 la empresa de seguridad para la que trabajaba le anunció que le trasladaban. Le faltaban pocos años para la jubilación y había hecho méritos suficientes para ganarse un buen destino. Desde el primer momento en que pisó las instalaciones que tendría que vigilar a partir de esa noche, le inundó una agradable sensación de paz.

Durante semanas no tuvo ningún problema, exceptuando las visitas de algunos intrusos que de vez en cuando intentaban colarse saltando la tapia que separaba las celebridades del mundo exterior. Solían ser curiosos que no respetaban los horarios en los que se podía entrar libremente y a los que bastaba con una amonestación y alguna amenaza de arresto para que se marcharan avergonzados.

Una vez el recinto cerraba al público aprovechaba para darse una vuelta por los jardines mientras observaba a los empleados de mantenimiento recoger herramientas y maquinaria. Sólo trabajaban a última hora de la tarde, para no estropear las fotografías de los turistas. Luego desaparecían.

A un lado estaban los estudios Paramount, con sus grandes naves y decorados a lo largo de todo el muro este. Por el lado contrario discurría Santa Mónica Boulevard, lleno de hoteles, restaurantes, clubs y mucha vida nocturna. Sin embargo, cuando empezaba su turno y llegaba al borde del gran lago artificial ya se había olvidado de que se encontraba en medio de una de las ciudades más grandes del mundo. Se sentaba en uno de los bancos y escuchaba el murmullo del agua, cerraba los ojos y se dejaba llevar por la misma brisa que agitaba las ramas de los frondosos árboles que le rodeaban.

Cuando todo el mundo se había marchado se encerraba en la garita de control donde vigilaba los monitores. Era un trabajo tranquilo así que cuando empezaba a aburrirse de observar las pantallas sacaba su revista de crucigramas y se dedicaba a intentar resolver los blancos, sus preferidos. Y nunca pasaba nada.

Hasta el 15 de septiembre. Se acordaba porque fue el día del cumpleaños de su mujer, habían cenado fuera y casi llega tarde. Esa noche, cuando empezó su primera ronda por el exterior, oyó música. Al principio creyó que venía de la calle, de algún coche aparcado al otro lado del muro, de alguna fiesta cercana… pero se oía desde dentro de los muros, al lado de la gran fuente. Y cuando se acercaba el sonido desaparecía.

Aguantó dos noches más. Escudriñaba los monitores pero en el exterior todo seguía tranquilo. Sin embargo escuchaba guitarreos a un ritmo desenfrenado, tonadas que le eran familiares pero que no reconocía porque parecían venir de muy lejos.

La tercera noche cogió su linterna y se dispuso a encontrar el escondite de los gamberros que parecían querer reírse de él.

Salió de las oficinas y se dirigió hacia el lago. Agarraba con fuerza la linterna mientras alumbraba donde pisaba, la música se oía cada vez con más claridad. Guiado por el sonido fue encaminando sus pasos hasta que creyó que en el próximo haz de luz descubriría a un grupo de jóvenes sentados en el césped con su equipo de música, riéndose de él, no entendía como no echaban a correr, debían verle llegar desde lejos. Empezó a inquietarse.

La piedra de mármol era tan negra que no la distinguió. Al caer la linterna iluminó una lápida cercana, había un extraño nombre “Dee Dee Ramone – september 18, 1952 – June 5, 2002” y un poco más abajo en letra más pequeña “Ok… I gotta go now”. Se volvió hacia la lápida que había provocado su caída, sobre el negro destacaban unas letras blancas: “JOHNNY RAMONE – October 8, 1948 – September 15, 2004”. La música le envolvía, no sabía si sonaba debajo de él, al lado… asustado alumbrada a su alrededor intentando ver algo, pero sólo escuchaba ese sonido infernal…

Un poco más lejos escuchó una voz que repetía rítmicamente “Hey, ho, let’s go!… Hey, ho, let’s go!…”

Soltó la linterna y echo correr. Nunca más volvió.

Dicen que en el Hollywood Forever Cemetery algunas noches se oyen lejanos sonidos distorsionados, una guitarra, un bajo y una voz… algo hace que suenen incompletos, como si estuviesen esperando… un batería.

 

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Este mes Joey Ramone habría cumplido 60 años por eso he decidido reeditar este relato que escribí para el Club de los Jueves hace casi tres años. Cualquier excusa es buena para volver a escucharlos…

 

Jeffrey Ross Hyman “JOEY RAMONE“, 19/05/1951-15/04/2001 descansa en el Hillside Cemetery de Nueva Jersey.

Douglas Glenn Colvin “DEE DEE RAMONE”, 18/09/1951-5/06/2002 y John Cummings “JOHNNY RAMONE“, 8/10/1948-15/09/2004 descansan en el Hollywood Memorial Cemetary. Los Angeles, California.

 

HALLOWEEN

A ella todo esto de Halloween le parecía una tontería, pero como todos se habían entusiasmado con la invitación de Juan, no se iba a quedar ella sola en casa el sábado por la noche por no disfrazarse.

Llevaba toda la semana comiéndose la cabeza con que disfraz le sentaría mejor. El lunes por la mañana solo pensaba en hacer un par de agujeros a una sabana e ir de fantasma. El miércoles ya se había animado y quería buscar algo con un poco de glamour. Se imaginaba a las demás luciendo escotes de Vampirella y decidió que no podía desentonar tanto. El viernes por la noche se la pasó ajustando el vestido de Morticia que había comprado al tamaño de sus caderas.

Faltaba poco para que la recogieran y se miraba y remiraba en el gran espejo de pie de su habitación. El vestido completamente entallado se pegaba a su cuerpo. Le gustaba el contraste entre sus caderas y la cintura, le hacía parecer más esbelta. Después se iba estrechando hasta que casi le impedía andar cómodamente. Tenía que dar pasitos cortos y con cuidado de no pisar los picos que el vestido arrastraba por el suelo. Le encantaban las mangas que acababan en un largísimo pico y el profundo escote en forma de V. La peluca negra y el maquillaje hacían que no se reconociera en el espejo, aunque le gustaba la mujer fatal que veía reflejada en él.

El timbre la sobresaltó. Su amigo Julio había aceptado disfrazarse de Gómez, lo que no le favorecía nada, parecía un triste funcionario con bigote, pero se abstuvo de decírselo y le dijo que estaba genial.

Subió al coche y empezó a sentir que el traje dominaba sus movimientos. Más que entorpecerlos los volvía lentos y elegantes. Julio le miró, y guiñándole un ojo arrancó el coche. Los dos estaban nerviosos. Juan era famoso por sus fiestas y era un honor ser invitado a una de ellas.

Al cruzar la entrada de la urbanización ya se oía la música. Cuando se acercaron un poco más reconoció la canción, mOBSCENE de Marilyn Manson. No le disgustaba pero siempre conseguía inquietarla.

Una de las características de las fiestas de Juan es que había “sorpresas”, nadie sabía como se las arreglaba, pero decían que sus famosos cócteles llevaban sustancias de siglas extrañas facilitadas por un amigo químico. Creía en la “felicidad universal”, aunque ella pensaba que no dejaba de ser una leyenda.

Precisamente su grupo de amigos estaba al lado de la barra en el salón principal. No paraban de servir combinados y el movimiento en esa zona era incesante. Se unieron a ellos y al cabo del rato ya no le importaba la estrechez del vestido en los tobillos.

Hombres lobo, vampiros, brujas y muchos zombies… todos bailaban a su alrededor. No sabía si se debía a los cuatro combinados que se había tomado, o a que no llevaba las gafas para no desentonar en el disfraz, pero empezaba a sentirse confusa y a verlo todo un poco borroso. Las caras se difuminaban delante de ella y no reconocía a nadie. Decidió salir al jardín a despejarse un poco.

Hacía frio, pero se recostó en una de las tumbonas y cerró los ojos. Necesitaba descansar la vista. Un grito lejano la sobresaltó. Se había quedado traspuesta. La copa que llevaba en la mano cuando se sentó se había derramado sobre la tumbona. Miró a su alrededor a ver si encontraba a alguien conocido pero seguía sin reconocer a nadie. Vio un bulto cerca de la piscina, era un tipo disfrazado de zombie que se movía rítmicamente sobre otro bulto. Esa chica va peor que yo, pensó. De pronto se dio cuenta que los movimientos que el zombie hacía no eran de pasión, parecía que la estaba mordiendo. Que bien hecho está ese disfraz… en ese momento se volvió hacía ella. Los ojos eran dos puntos rojos que la apuntaban mientras de su boca le colgaba una masa sanguinolenta que aún estaba unida a lo que parecía un tórax humano.

Se puso en pie de un salto. Algo le decía que aquello no era un disfraz. Y si lo era, no le gustaba nada. Nunca había soportado las películas gore, aunque supiera que eran de mentira.

Entro a la casa con el corazón bombardeándole los tímpanos. Solo en ese momento se dio cuenta del silencio. No había música. ¿Cuánto tiempo habré dormido? ¿Ya se ha acabado la fiesta?. Tropezó con una chica que estaba tirada en el suelo, no había mucha luz, formaba parte de la esmerada ambientación. Era una bruja con la que había estado charlando hacía un rato, una ex de alguien, no recordaba muy bien de quien.

Se iba a agachar a preguntarle si estaba bien cuando algo en su postura la paralizó. Su cuerpo no era normal, era demasiado corto, la recordaba más alta. ¡Las piernas! No las tenía, su cuerpo terminaba bajo la falda acabada en jirones de su disfraz.

Empezaba a ahogarse. Le faltaba el aire. Miró a su alrededor. No se atrevía a moverse. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra y se fijó en los cuerpos que estaban esparcidos por el salón. Era como si todos se hubieran desmayado en mitad de una canción, sólo que en algunos sitios no había personas, sino miembros desgarrados.

Escuchó un grito. Venía del piso de arriba. Era un grito de horror. Lo sabía porque era el que ella hubiera pegado si el pánico no la hubiera paralizado mientras esos puntos rojos se acercaban hacía ella, mirándola fijamente, hipnotizándola.

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El timbre de la puerta la sacó de sus recuerdos. Ahora se arreglaba para otra fiesta. De nuevo la daba Juan. Esta vez había que intentar imitar a los románticos ingleses de principios del XIX. Ella había escogido a Mary Shelley. Las ojeras y su tez extremadamente pálida le habían facilitado la caracterización.

Bajó las escaleras hacía el portal y empezó a notar la ansiedad que sentía últimamente antes de acudir a las fiestas, cuando Juan le mandaba un sms y le confirmaba que esa noche volvería a haber carne fresca.