Mi padre y yo

De pequeña me gustaba que mi padre me acariciara cariñosamente la nuca. Lo solía hacer mientras mi hermana y yo hacíamos aplicadamente los deberes. En aquella época todavía tenía un poco de tiempo para ayudarnos en las tareas e intentar explicarnos las reglas de tres y los quebrados, aunque se empeñaba tanto en hacernos entender ejercicios que todavía no habíamos dado en el colegio que sus explicaciones nos resultaban demasiado farragosas. Y para que nos vamos a engañar, la enseñanza no era lo suyo.

Luego dejó de tener tiempo para nosotras, trabajaba mucho (como me suena esta escena) y además empezamos a volar solas. Pero todavía tenía puestas sus mejores esperanzas en nosotras (perdonar que hable en plural pero no puedo evitarlo cuando me refiero a mi pasado. Mi gemela y yo formamos un todo inseparable hasta los quince años).   

Su sueño era que acabáramos con éxito una carrera universitaria y nos dedicáramos a la abogacía, judicatura, notaría… sueño que no compartíamos ninguna de las dos. Acabamos el instituto, COU, el selectivo… y mi hermana escogió Bellas Artes y yo me decanté por Filología (quería ser traductora de inglés).

Ahí se le rompió el sueño, ya se había desilusionado hacía unos años: nuestra época hippy, esos amigos raros que teníamos, los novios que llamaban a casa y nunca llegaba a conocer… no éramos las chicas formales y serias que el hubiera deseado, y no entendía en que se había equivocado. Y siempre que tenía oportunidad nos martilleaba con los expedientes académicos de los hijos de sus amigos que habían acabado número uno de su promoción y que a nosotras nos tenía sin cuidado.

Y reconozco que le hicimos pasar una adolescencia realmente terrible. Rebelde e inconformista. No estaba preparado y había veces que estábamos semanas sin hablarnos. Ahora me pongo en su lugar y creo que yo no habría tenido ni la mitad de paciencia que él.

Luego vinieron buenos años para nuestras relaciones. Un buen trabajo, novio formal, mi primera empresa, su primer nieto… y cuando al final acepté su oferta de irme a trabajar con él en el despacho profesional que tanto esfuerzo le había costado levantar, su felicidad parecía completa. Parecía que por fin estaba orgulloso de mí, así que de vez en cuando me acariciaba la nuca con cariño.

Ahora ya no trabajamos juntos, se jubiló hace unos años y yo pasé a dirigir el despacho con un nuevo socio. No le gustó jubilarse, y tampoco dejar la mitad de su empresa en manos de un “extraño”. Desde entonces, nada le parece bien.

Y eso que me esfuerzo no solo por mantenerla como él la dejó sino por mejorarla, cada día, durante muchas horas de trabajo, muchas noches, durante horas de insomnio… pero no sirve de nada.

Sigo sin conseguir su aprobación. Y me conformaría con su silencio, hasta su indiferencia. Pero su continua crítica, su desaprobación  manifiesta… me pueden.

Ya no pido que me acaricie la nuca. Me basta con que deje de pisotearme la autoestima.

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6 Respuestas a “Mi padre y yo

  1. No soy la persona más indicada para dar consejos sobre relaciones paterno-filiales. Muy probablemente sea una de las menos indicadas, de hecho (al menos desde la perspectiva filial).

    Pero lo que sí te puedo decir, por lo (poco) que te conozco, por cómo has afrontado situaciones emocionalmente complejas, por cuánta importancia le das a tu papel de madre, por cómo te empeñas en dirigir tu vida acorde con tus ideas y tus principios, es que no debes dejar (tú!!!) que tu autoestima sea pisoteada. Porque tienes muchos motivos para mirar a quien sea, cuando sea, de frente y sin complejos.

    Y probablemente más pierde con todo esto quien no te acaricia la nuca.

    Un beso.

    • Veo que tus relaciones familiares son pelín complicadas también, y fijate tu para mi padre serías el hijo ideal, o yerno ideal o algo ideal, seguro. Cumples todas sus expectativas.

      A mi lo que más me duele es que le preocupen más las apariencias que el fondo, que no se sienta satisfecho con que sea feliz, que él mismo no sea feliz… Pero bueno, hay cosas que son dificiles de cambiar a determinadas edades.

      Muchas gracias por tus palabras, de verdad, me han llegado al alma. Mi autoestima se está recuperando. 😉

      Un gran beso Escocés.

  2. Mal negocio este de trabajar con tu padre. Yo lo sufrí durante demasiados años, y no tengo ningún interés en que mis hijos entren en la empresa. Mi mujer también dice que seria incapaz de trabajar conmigo, así que lo tengo bastante claro, a pelearme con los villanos y a disfrutar en casa.

    • Eso es lo mejor Xarbet, sino al final parece que en casa solo se puede hablar de trabajo, y no se dejan los problemas laborales que siempre los hay fuera de casa.

      Yo ya no trabajo con él, pero no puede evitar pasar de vez en cuando y repetir lo bien que lo hacía él y lo mal que llevamos el negocio. Y como no es verdad…. pues acabamos discutiendo… y yo disgustada porque por respeto no le puedo decir muchas cosas de las que pienso… pero en fin, que te voy a contar que no hayas pasado.
      Un beso.

  3. Muchas relaciones familiares (iba a decir todas, pero yo no conozco todas, todas) son complicadillas. Y es un difícil juego el de las autoestimas, yo creo que se heredan, por aprendizaje pero se heredan. Quizá la autoestima más herida es la del que necesita recordar que él es (o era) mejor y, para seguir sintiéndose más que sus hijos, insiste en ello. Y así transmite a la siguiente generación la inseguridad, el miedo a no ser lo suficientemente bueno, a no cumplir las expectativas. En nuestras manos está romper la cadena. Y tienes argumentos sobrados para hacerlo. ¡¡Suerte!!.

    • Me he quedado dándole vueltas a tu comentario y viendo inseguridades propias en actitudes de mi hijo, que siempre va buscando mi aprobación. Ya me ocupo desde que nació de que se sienta querido, comprendido y valorado. Sobre todo porque se lo merece. Espero que con el esa cadena quede totalmente cortada.
      Un beso y gracias por tu reflexión.

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